Haití, un nuevo terremoto

Tere Iribarren. Cuando nos enteramos de la reciente tragedia nos quedamos sin palabras.  1.  Algunos datos: “El terremoto se da hacia la 5.45 pm, epicentro a 14 kms de Puerto Princepe. Además de varios edificios públicos, incluyendo Palacio Nacional y oficinas de la Minustah-ONU, ¿Quien cuantificara el desplome doloroso de casuchas maltrecha en estado de indigencia e intemperie que no han sido alcanzada por cámara algunas?. Hablamos de las viviendas en los cinturones miserables tan frágiles “ellas” como el suelo-solar donde se construyen (quebradizo y accidentado), éstas, que progresivamente se van desplomando-hoy 13-1-2010 tienen sus moradores y moradoras deambulando en las calles después del impacto horroroso del fenómeno catastrófico.” ( Noticia recibida)

Estamos acostumbrados a un mundo plagado de crueldad por terremotos, tsunamis e inundaciones, y por lo que hacemos los seres humanos: Hiroshima hace más medio siglo, la  República del Congo, Afganistán e Irak y un largo etc…

Los datos aún no son precisos, pero se habla de alrededor de 100 mil muertos, más miles de desaparecidos, número que pudiera doblarse si brotan epidemias. La zona del terremoto es la más pobre del planeta. Como toda catástrofe el terremoto de Haití ofrece una radiografía de nuestra realidad: el contraste insultante entre los seres humanos.

El primer mundo tiene recursos, conocimientos y tecnología para minimizar las consecuencias de las catástrofes en los países pobres. El terremoto de El Salvador del 2001 ocasionó unas 1.150  víctimas, y los expertos dijeron que en Suiza sólo hubiera habido 5 o 6 muertos.

En definitiva, lo que es bien sabido, pero cuidadosamente ocultado, vuelve a salir a la luz en el terremoto de Haití: los pueblos pobres son los que siempre cargan mayoritariamente con los males de este mundo. En lenguaje cristiano “son los que completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”.

Habrá mucha gente que  actuará según la advertencia del evangelio: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha”. Mucha solidaridad permanecerá anónima, y será la más valiosa y humana.

2.  Algunas reflexiones

Dejo hablar a  Maruja Torres en el País del 14 de  enero:

“Una nueva cabronada de la Naturaleza ha dejado un país devastado y a una comunidad internacional que se vuelca para enviarle ayuda. Devastar y volcarse son dos verbos en trance de devaluación, a causa del uso y abuso. Pues no sólo la madre tierra se sacude de vez en cuando para machacar a los más parias entre sus ocupantes. El primer mundo también ayuda, con sus invasiones, sus expolios, su echar una mano a los gobiernos corruptos y su necio y nulo entendimiento de las realidades locales. El mapamundi está nimbado de chinchetas que señalan los vertederos de la historia creados por la mano humana, y los esparadrapos que la misma mano ha permitido aplicar, en vano intento de contener la hemorragia.

Conozco Haití. Sus montañas azul violáceas, su paisaje seco y, sin embargo, dulce. Su olor a miseria, a fango podrido y a leña quemada. Sus cuarterones enriquecidos con la corrupción y la explotación de sus compatriotas. La dignidad de sus intelectuales asfixiados. Haití, tan cerca de Estados Unidos y de África.

Abajo del río Grande, fueron los primeros americanos en independizarse, los primeros en abolir la esclavitud. Habían sido víctimas del colonialismo atroz de los franceses y luego, durante gran parte de su historia, lo fueron de los delirios de grandeza y de la crueldad de sus propios caudillos. De cuando en cuando, Estados Unidos mandaba a sus tropas a defender la democracia y afianzar a algún cacique.

La devastación de Haití no viene del terremoto. Mucha mierda se ha volcado sobre la mitad occidental de la isla La Española, desde hace demasiados años.

Y eso no se arregla con paños calientes.

3. Nuestras preguntas

Ante las catástrofes y el mal en el mundo  muchos han cuestionado a Dios a lo largo de la historia. “¿Puede Dios evitar el mal, quiere evitarlo?” Con el terremoto de Lisboa de 1775 Voltaire se hizo muy en serio la pregunta. Y no bastan respuestas simples, baratas. En la novela del genial Dostoiweski, “Los hermanos Karamazof”,   Ivan dice que mientras sufran niños inocentes no le interesa Dios ni su cielo, aunque en él se repare el sufrimiento de esos niños.

Y vienen a la mente las palabras de Job: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?… ¿Quién encerró el mar con doble puerta cuando del seno materno salía borbotando?” (Job 38, 4.8). La imagen de Dios todopoderoso, siempre y en todo,  milagrero, a nuestro servicio, se rompe y sólo se mantiene la imagen de un Dios como el misterio hacia el que caminamos con humildad y en oscuridad.

Y en medio del dolor me vienen también a la memoria lo que leí en Jon Sobrino en otros tsunamis ya olvidados: “Mi fe en Dios debiera estar hecha de varios elementos: el primero es la indignación por causa del sufrimiento humano. El segundo es el momento utópico de esperanza de que Dios -con o sin poder para superar el mal- tenga poder para mantener al ser humano en su esperanza, “a pesar de todo”, y en su praxis de “revertir la historia”. Por último la decisión a practicar la justicia y la ternura, y a caminar en la historia con Dios, humildemente, en oscuridad y con protestas, pero caminando siempre”.

Y no acaban las preguntas  ¿Qué estamos haciendo mal ¿Qué está fallando en nuestro mundo tan tecnificado?  ¿Somos indiferentes ante estos países desposeídos y expoliados de  olor a miseria, a fango podrido y a leña quemada?                            .

Ojalá el terremoto de Haití nos afecte. Si no es así, pronto se perderá en un horizonte distante y sin semblante, y la humanidad seguirá como hasta ahora. Pero si nos hemos dejado afectar en serio, entonces la humanidad a lo mejor se va abriendo hacia un camino de fraternidad.  ¿El terremoto de  Haití nos convertirá, nos hará “otros”, y podremos ser “hermanas y hermanos”?

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