José A. Zamora. La crítica de la orgía consumista que año a año se produce con motivo o con la excusa de las fiestas navideñas pertenece tanto al habitual paisaje de esta celebración como el exceso de consumo mismo. Supongo que es un elemento más del potente mecanismo social que hace acompañar esta apoteosis de desigualdad y despilfarro de los ricos del mundo con innumerables muestras de presuntas solidaridades y buenas acciones, también de reflexiones críticas, para que de esa manera la orgía se celebre sin mayores interferencias. Entonar una llamada a la mesura, por razones religiosas, dietético-sanitarias, solidarias y, cada vez más, ecológicas, se ha vuelto un ritual tan usual como quizás inútil. Estamos demasiado acostumbrados a contemplar sin solución de continuidad las imágenes de algunos de los muchos excluidos que sirven los programas del nuevo género de pornografía social modelo «callejeros» y las imágenes de la publicidad que financia esos programas invitando a seguir con los excesos del consumo.

En realidad, los ritos navideños tradicionales de matanzas de animales cebados y acopio de reservas elaboradas de los mismos, de producción y consumo de repostería rica en calorías, de ingesta de alcoholes o de expresiones más o menos públicas de cánticos y danzas, hace tiempo que dejaron de tener una relación directa con la necesidad de enfrentarse corporal y anímicamente a un invierno hostil y lleno de amenazas para el sostén de la vida de individuos y grupos, sobre todo en una sociedad como la nuestra aquejada de sobrepeso y presa en una campana acústica omnipresente que impone todo el año con disciplina férrea la ideología de la alegría de vivir. Los residuos de folclore que siguen siendo movilizados en estas fechas y que tienen tan poca relación con el acontecimiento religioso como el «caganer» con el portal del Belén, poseen un valor en todo caso marginal y sólo permiten un respiro pasajero a cierto sector artesanal que vive gracias a mercadillos y eventos nostálgicos subvencionados por los poderes públicos, cuando no se han convertido ellos mismos en comercializadores de producciones industriales que simulan lo artesanal con perfección china.

Si no nos dejamos arrobar prematuramente por la música de los villancicos y el chispagueo de las luces, el grueso del consumo va por otros derroteros. Esto es, va por los mismos derroteros que el consumo que se ha vuelto habitual fuera de las fechas navideñas. Es más, la lógica unificadora de la multiplicación del beneficio ha ido eliminado las diferencias estacionales o peculiaridades regionales, de modo que todo está disponible en todos sitios y todo el tiempo. En las Navidades consumimos de lo que consumimos el resto del año y el resto del año podemos consumir también lo típicamente navideño. Quizás lo único que cambie en estos días sea la intensidad, la cantidad y el envoltorio del consumo. Si algo tiene de específico el consumo navideño es que le proporciona al consumo habitual un carácter especialmente celebrativo y contribuye de manera decisiva gracias a ese envoltorio brillante y deslumbrante a regenerar el mito de la riqueza absoluta y de la prosperidad interminable, del que tanto necesita el productivismo capitalista actual. Se ha convertido en la gran fiesta del capitalismo consumista.

Todas las sociedades han soñado con estados de abundancia y derroche, proyección invertida de la necesidad sentida y real, pero han sido las sociedades capitalistas del período posbélico las que han hecho creer que esto era alcanzable y sostenible para el conjunto de los individuos. Crecer sin límite se ha convertido en una especie de supuesto incuestionable de nuestra civilización, hasta el punto que se habla de crecimiento sostenible como si se tratara de crecimiento sostenido. Tiene razón el más conocido defensor del decrecimiento, Serge Latouche, si es crecimiento, no puede ser sostenible. El problema de la orgía consumista de las Navidades es que contribuye a investir al consumo, convertido en matriz civilizatoria por antonomasia, con un halo mítico embrujador y a juramentar a los individuos con un sistema económico que persigue sus objetivos de maximización del beneficio y acumulación del dinero sin miramientos ecológicos, sociales y psíquicos. Ni los ecos de los más afectados por crisis, ni los de los secularmente excluidos del festín de los ricos, la inmensa mayoría de la humanidad, por cierto, y menos aún las voces que intentan hacer audible el grito sordo pero dramático de un ecosistema al borde del colapso, podrán atravesar el ruido ensordecedor de estos días, que incluso invade las calles e invita a olvidarse de todo, también de uno mismo, y a sumergirse en la corriente del consumo navideño mecidos por un sueño de riqueza absoluta. Creo que fue W. Benjamin quien definió el capitalismo como un profundo sueño que había invadido Europa. También él sabía que se trataba de un sueño que produce monstruos.

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