El eco de unas palabras

El eco de unas palabras

Dolors Oller. La noche del día 6 de noviembre de 1989, a 3 días de la caída del Muro de Berlín y a 10 días de su asesinato, estaba yo en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona escuchando el discurso de aceptación por parte de Ignacio Ellacuría del 6 º Premio Internacional Alfonso Comin concedido en aquella ocasión ala Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas». Recuerdo que al oír sus palabras, especialmente aquellas que hablaban de la «civilización de la pobreza», contemplé desde mi asiento, al fondo del Salón, a los asistentes, personas significativas de las izquierdas de la Cataluña de aquel momento y me pregunté si de verdad estaban en condiciones de entender lo que Ellacuría quería realmente expresar. El impacto que me causaron estas palabras fue tal que los días posteriores no paraba de recordarlas y el día 16, cuando me enteré por radio del asesinato de dos mujeres del pueblo y 6 jesuitas de la UCA de El Salvador, entre ellos su Rector, todavía me resonaban con fuerza.

Hacía algún tiempo que sabía de Ignacio Ellacuría: había leído algo de él y sobre todo la había oído alguna vez que había venido a Barcelona, interpelándome su pasión por construir desde pobres y con los pobres y oprimidos un proyecto de sociedad universal y solidaria. Poco después yo entraría a formar parte del equipo de Cristianismo y Justicia, empezando a escribir sobre temas sociales. El primer escrito que hice, sin embargo, por un medio de comunicación fue un sencillo artículo en Foc Nou en memoria, precisamente, de los Mártires de la UCA.

Ignacio Ellacuría ha sido y sigue siendo para mí un claro ejemplo de intelectual comprometido con la justicia, y con la construcción de una universidad libre y objetiva, pero no imparcial, al servicio de las mayorías pobres de su sociedad y de todas partes; el suyo es el testimonio de un cristiano que vive su fe encarnada en la historia de su pueblo y es capaz de articular teología y ciencias sociales. Es intelectual y hombre de fe capaz de apostar por «revertir la historia, subvertir y lanzarla en otra dirección». Porque ha optado por «hacerse cargo de la realidad (dimensión intelectiva); cargar con la realidad (dimensión ética) y encargarse de la realidad (dimensión práxica). Y al mismo tiempo, como añade Jon Sobrino, se deja cargar por la realidad (dimensión de gracia, de gratuidad).

La crisis económica en la que vivimos inmersos es de gran alcance: se ha expandido como una verdadera pandemia a través del sistema financiero, que es el ámbito económico más globalizado, y está atacando a los puntos más débiles de cada economía. Los factores que han hecho estallar la crisis no tienen que ver sólo con los mecanismos económicos; ha sido propiciada por una política controlada cada vez más por los mercados, por el poder puesto al servicio de los privilegiados y por el predominio y afán de lucro que en gran parte se ha apropiado del mundo de los negocios. Por eso podemos afirmar que la crisis económica que vivimos es también una crisis política, cultural (ética, de valores) y ecosistémica. Hay quien habla de una verdadera crisis de civilización.

En este contexto, y tras 20 años de ser pronunciadas, las palabras de Ellacuría sobre la «civilización de la pobreza» son más interpeladoras que nunca. Su actualidad es meridiana. La sociedad consumista generada en el Norte y presentada en el Sur como modelo a imitar está acabando con los recursos del planeta y expolia a poblaciones enteras. Los niveles de consumo que se dan en el mundo desarrollado no son sostenibles ni ecológicamente ni socialmente. Urge, pues, un proyecto global alternativo, que sólo puede salir desde los empobrecidos y excluidos, mirando desde sus ojos la realidad, edificando sociedades desde sus derechos y sus necesidades.

Jesús lavando los pies de sus discípulos en su última cena, nos señala el camino. Su gesto, resumen de toda su vida, es signo de humanidad nueva y de vuelco de los valores, que den lugar a estilos de vida diferentes, solidarios. Debemos apostar por ser, despojándonos, a imagen y semejanza y construyendo un nuevo tipo de relaciones. Y trabajar para buscar entre todos modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una nueva civilización.

Hay que tener presente que toda situación de crisis es un momento idóneo para preguntarnos hacia dónde queremos ir y para qué tipo de sociedad y de persona queremos apostar. Asimismo, es momento propicio para madurar individualmente y también de forma colectiva. Dicho en otras palabras: la crisis nos urge a pensar y plantear modelos de desarrollo alternativos sobre la base del análisis riguroso que vaya raíz de las causas de lo que está pasando y estimule la corresponsabilidad de los actores presentes en la dinámica social. Nos es más necesaria que nunca la valentía y la solidaria creatividad. La ausencia presente de Ignacio Ellacuría nos acompaña y nos fecunda.

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.