Joaquín Ruiz-Giménez

Joaquín Ruiz-Giménez

Santi Torres. Hacía años que había renunciado a cualquier presencia pública debido a su avanzada edad (96 años) y a la enfermedad de Alzheimer. Por eso, su muerte habrá sido una sorpresa: para todo personaje público una retirada del “escenario” es siempre algo parecido a una muerte anticipada. No ha sido así para sus familiares que han tenido con él un cuidado y una atención afectuosas hasta el último momento.

En un país que revive periódicamente, como una pesadilla, la inconciencia del frentismo su figura ha resultado siempre incómoda, de la misma manera que lo han sido todos aquellos personajes que en pleno franquismo supieron evolucionar (¡bendita palabra!) des de posturas inmovilistas hacia planteamientos liberales y democráticos. Fue realmente una lástima que fracasara en los años 70 un proyecto de centro inspirado en los principios demócrata-cristianos. La política española hubiese sido seguramente diferente de haber prosperado un programa muy parecido a aquello que representan hoy una buena parte de los partidos europeos de centro. Desaparecido el ambiguo proyecto de la UCD, el espacio fue ocupado progresivamente por los herederos de Alianza Popular, herederos directos de un reformismo que nunca llegó a condenar ni a romper con la dictadura. Y por eso hoy estamos como estamos, y la política española tiene un déficit de consenso, diálogo y democracia tan espantosos. Personajes que por su inteligencia y su capacidad política deberían de haber estado en el centro del liderazgo, quedaron marginados en la oscura periferia, si exceptuamos algunos escasos cargos que se les concedieron con un carácter más simbólico que real.

Como cristianos, la figura de Ruiz-Giménez representa también, en muchos aspectos, la encarnación de los ideales del Concilio Vaticano II, Concilio en el cual participó activamente como asesor. Su tarea política y social, la desarrolló siempre desde una identidad cristiana plena, hecho que lo convirtió en un testimonio reconocido (y a veces criticado) dentro y fuera de la Iglesia. En un momento donde esta misma Iglesia corre un riesgo evidente de sectarización, iniciativas como sus “Cuadernos para el diálogo” aparecen como un punto de referencia que no debería ser olvidado.

Su muerte se convierte pues, en memoria viva y en medio de un invierno eclesial y social tan acusado, en una especie de faro de referencia. El fracaso práctico de muchos de sus planteamientos, no los convierte en inútiles sino al contrario. Quizás en su coherencia y en su fidelidad está escondida esa victoria que es la que hace progresar de modo lento e invisible a todas las sociedades.

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