Apostar por Europa

Apostar por Europa

Dolors Ollé. Tras una campaña marcada por la crisis económica, hecha en clave interna -el discurso sobre Europa ha estado muy ausente en estos comicios- los resultados del pasado domingo bien merecen cierta reflexión. La alta abstención en toda Europa (57,06%), ha favorecido los buenos resultados de los grupos políticos euroescépticos extremistas y alternativos, que se han visto así sobrerrepresentados; se ha producido un giro hacia el centroderecha en detrimento de los socialistas y las izquierdas, aunque no de los verdes, que ven ampliado su peso y su influencia en la eurocámara, ocupando el cuarto lugar, gracias a los buenos resultados en Alemania y Francia, también hay que destacar un peligroso avance de la extrema derecha en muchos estados europeos. El crecimiento del voto euroescéptico o de lo que directamente muestra desinterés por la construcción europea, ha generado análisis que hacen prever que el proceso de integración europea sufrirá un cierto retroceso. La ratificación del tratado de Lisboa se complicará y se ralentizará. Y un dato importante: en el conjunto de España el voto en blanco se convierte cada vez más en protagonista electoral: en España 220.000 personas expresaron así su descontento con la manera de hacer política. Donde más decimales tuvo esta forma de desafecto fue en Cataluña: el 3% de los ciudadanos rechazan todos los partidos y no se resignan a la abstención porque quieren hacerlo notar.

Este rápido balance me lleva a las siguientes reflexiones:

La abstención ha ido creciendo pero no es algo actual: desde la primera convocatoria para elegir diputados europeos por sufragio universal y directo, en 1979, las tasas de abstención han sido altas. Y es en gran parte porque los ciudadanos de los diferentes Estados de la Unión no se sienten representados por el Parlamento europeo ni perciben los retos de unas elecciones de este tipo. Es fácil buscar culpables y verlos en los partidos o en la desidia de una opinión pública cada vez más divorciada de la clase política y alienada. Ciertamente hay una responsabilidad grande en la política que hacen los partidos y que ha propiciado una campaña y un voto en claves internas, pero no todo se debe a ello ni a la escasa implicación ciudadana: hay que recordar los déficits democráticos de la UE, pese a que esta es la organización internacional más “perfecta” en su diseño de las existentes.

Y es que el Parlamento Europeo no es un verdadero Parlamento en el sentido que tiene un Estado de Derecho, porque no tiene sus funciones. Así, el papel del Parlamento, aunque creciente, es limitado y su actuación poco visible para los electores. Aunque legisla, no tiene derecho a la iniciativa legislativa, no ejerce ningún control sobre los ingresos presupuestarios y sólo tiene influencia marginal sobre los gastos, no ejerce la función de control sobre el Consejo Europeo que es el órgano que de verdad gobierna y tiene un papel limitado en las elecciones de los Comisarios y del Presidente. Con estas características, no es extraño que su actuación sea poco “legible” por los electores de cada Estado de la UE. Esto nos lleva a la consideración de que el Parlamento Europeo sólo tiene futuro en la perspectiva de una construcción democrática europea, la cual está desde hace tiempo paralizada.

Por otra parte, no toda abstención es desidia del electorado. Hay abstenciones por convicción, en parte por lo que acabo de decir. Y, además, necesitamos una reflexión sobre la subida del voto en blanco, en especial en nuestra casa y que seguro traslucen el desencanto e incluso el voto de castigo a una manera de hacer política que no lleva a ninguna parte: tenemos una buena prueba en la chapucera campaña electoral última y en los spots publicitarios de gran parte de los partidos, llenos de demagogia barata y manipulación de la opinión pública.

Estos resultados son, pues, un toque de atención. Si la clase política no hace otros planteamientos, que tengan en cuenta el bien de la colectividad -en este caso de Europa, pero podríamos decir lo mismo a nivel estatal, de las Comunidades Autónomas, local- por encima de los intereses personales y de partido, nos iremos sumergiendo cada vez más en una crisis de legitimidad y saldremos perdiendo todos, porque en el mundo de la globalización, para poder hacer frente a los retos que tenemos planteados los Estados se ven incapaces: sólo podremos afrontar los nuevos retos desde instancias supraestatales, lo que debe conllevar la cesión de importantes cotas de soberanía por parte de las entidades estatales. Urgen, pues, políticas europeas basadas en el consenso, la cesión de soberanía, el principio de subsidiariedad y la solidaridad. Y esto no es otra cosa que decir que hoy más que nunca hay que reemprender con ilusión el proceso de construcción política de Europa para que ésta tenga voz y capacidad de decisión en el escenario internacional. Necesitamos una Europa democrática que colabora en la gobernanza global, lo que nos es imprescindible para que podamos vivir en democracia en las instancias más cercanas, estatales, locales. Necesitamos una Europa cohesionada que sepa combinar la libertad y el progreso con el reforzamiento de su dimensión social. Y también una Europa que respete y valore la diversidad como la expresión del aspecto esencial de su historia y de su personalidad, que no aspire a una uniformización sino que apueste a fondo por la convivencia fraternal de identidades diferentes. Esta es la lección dolorosamente aprendida en siglos de conflictos para imponer hegemonías y que Europa puede ofrecer al mundo como ejemplo de compromiso con el diálogo y colaboración.

Pero las instituciones europeas sólo tienen sentido si hay una verdadera voluntad de vivir juntos y por eso es importante tener un imaginario colectivo estimulante. Europa no se hace sola: el proyecto europeo necesita que los ciudadanos se hagan suyos. Por eso sólo si somos capaces de ilusionar a una nueva generación de europeístas, el proyecto europeo podrá prosperar. No podemos perderlo de vista.

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