¿Radicales?

¿Radicales?

Veus. Josep M. Lozano. Si hay algo que me sulfura y que me provoca desconcierto y malestar es constatar como, desde hace ya bastante tiempo, se ha consolidado el uso del calificativo radical para referirse a las personas que llevan a cabo actuaciones violentas. Tertulianos, informadores, articulistas y editorialistas hablan alegremente de los radicales cuando los protagonistas de la información son, lisa y llanamente, violentos. Además, y muy a menudo, radical pasa a ser un adjetivo que acompaña a sustantivos tales como los jóvenes o el nacionalismo, (o a los aficionados al fútbol) contaminándoles de tal modo que los acaban coloreando de manera indeleble, y quizá no siempre de manera inocente.

Tanta apelación a unos supuestos grupos o personajes radicales más parece un eufemismo o un subterfugio para evitar llamar a las cosas por su nombre: violencia, o cualquiera de sus equivalentes directos. Como si el pudor, o quizá simplemente el miedo, provocara unas exquisiteces retóricas que no tienen justificación. Estamos ante un caso de apropiación indebida del lenguaje que no es meramente semántica, sino que deteriora nuestra capacidad de entender la vida y de situarnos en ella.

Si consultamos su etimología lo primero que leemos sobre radical es “perteneciente a las raíces vitales”, y posteriormente encontramos variaciones sobre la referencia a las raíces y, por extensión, a los principios o los fundamentos, y a los cambios de carácter transformador vinculados a ellos. Si me meto en estos berenjenales es porque, desde mi punto de vista, no estamos en último término ante una cuestión meramente filológica –no es éste mi oficio- sino ante una cuestión de un notable calado cultural y social. Cuestión que tampoco se corresponde con el sentido político dado al término en sus distintas tradiciones, ya sea la inglesa (proceso político de renovación de la vida civil y del ordenamiento político), la francesa (movimiento reformista fiel a los principios de la gran revolución de 1789), la italiana (republicanismo democrático de izquierdas), o la latinoamericana (formaciones políticas populares de centro izquierda).

Creo que ser radical en algunas cuestiones y con relación a ciertos valores es una actitud legítima y muy seria, que puede desembocar en compromisos ciertamente arriesgados. Compromisos que a menudo implican sufrir violencias, y no precisamente generarlas. Compromisos que, históricamente, han llevado a muchas personas a sacrificar sus propias vidas, y no a sacrificar la vida de los demás.

Insistamos una vez más. El radicalismo es una actitud personal madurativa que sostiene los compromisos que configuran lo que hacemos con nuestra propia vida (y no lo que hacemos con la vida de los demás), pese a que no resulten conformistas o complacientes con lo establecido. Porque, al fin y al cabo, si hablamos de radicalismo, de lo que se trata es de conectar con raíces vitales, y no con raíces mortíferas. En definitiva, orientar la propia biografía en el marco de un proyecto al servicio de la vida, y no al servicio de la muerte. Lo que está en juego y lo que nos interpela cuando hablamos de radicalismo es cultivar nuestras raíces vitales, y arraigarnos en lo que nos hace vivir, aunque esto nos lleve a transformar nuestras maneras de vivir.

Por eso me temo que quizá tampoco sea casual esta confusión –plenamente entronizada- entre radicalismo y violencia. En una sociedad donde abunda lo ligero, y no precisamente en los estantes de los supermercados, también resulta más cómodo asociar el radicalismo a la violencia destructiva, para así poderlo expulsar de nuestros horizontes legítimos o posibles. Porque ciertas preguntas verdaderamente radicales perturban nuestras comodidades. Y ciertas opciones auténticamente radicales desenmascaran nuestras renuncias y nuestras dimisiones. Quizá lo que en verdad está ocurriendo, consciente o inconscientemente, es que para protegernos de la fuerza interpeladora del radicalismo preferimos -¡vaya paradoja!- legitimar en su nombre la destrucción, y así nos ahorramos compartir la respuesta a la auténtica pregunta radical: ¿dónde están mis raíces vitales?

¿No será la depauperación semántica del radicalismo, en el fondo, el síntoma de que hemos optado personal y colectivamente por la comodidad de no preguntarnos por nuestras raíces? Sólo podemos vivir con autenticidad si estamos plenamente enraizados en lo esencial de nosotros mismos pero, claro está, hacernos esta pregunta ni se nos ocurrirá si ser radical es algo connotado negativamente en nuestros flujos mediáticos. Por decirlo al estilo de Bauman, parece que en los tiempos que corremos es mucho mejor ser líquido que ser radical. Claro que a veces nos lamentamos de que en nuestra sociedad hemos perdido el norte. Pero, ¿no habrá una relación entre estar desnortados y estar desarraigados? ¿No hay una conexión directa entre crisis de valores sociales y crisis de raíces personales?

Estas no son preguntas inocuas. Ni son preguntas ausentes en nuestra sociedad. Son preguntas que emergen contínuamente en los contextos más insospechados. Aparecen cuando miramos más allá del espejo de nuestra cultura de la satisfacción. Aparecen en la aceptación y el respeto ante el testimonio de quien vive de acuerdo con una ética de la autenticidad y sin exhibicionismos. Aparecen en el desolador vacío que se percibe cuando buscamos la respuesta de alguien que nos hable desde la experiencia de cultivar sus propias raíces vitales y, en su lugar, sólo encontramos discursos institucionales manufacturados y enlatados. (Recuerdo que cuando estudiaba química en el bachillerato -materia en la que era un desastre- uno de los pocos conceptos que me interesó fue cuando oí hablar de los radicales libres: una de las pocas veces que un término químico me pareció cálido y me hizo soñar; ¿dónde están hoy los radicales libres?).

Y si no somos capaces de abordar radicalmente aquellas cuestiones que más nos afectan vitalmente, al menos no seamos cómplices de una rendición y tengamos el valor de llamar a los violentos y a la violencia por su nombre. Y dejemos a los radicales en paz.

Si sólo nos queda la palabra, al menos no nos dejemos robar las palabras.

www.josepmlozano.cat

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