Solo le pido a Dios que África no nos sea indiferente

Solo le pido a Dios que África no nos sea indiferente

[En diciembre de 1996 Javier Vitoria escribió este texto que se publicó en Iglesia Viva y que hoy recuperamos a petición del autor en relación a las consecuencias del ciclón Idai en Mozambique y demás países ya que las cuestiones de fondo que platea siguen intactas].

Javier VitoriaPeriódicamente el estallido de una emergencia compleja -como el que se está viviendo en la zona de los Grandes Lagos– convierte África subsahariana en noticia. Este nuevo tipo de crisis humanitaria, que combina guerra civil, hambruna, desplazamientos de población y quiebra del Estado y se alimenta del exclusivismo étnico o religioso, la saca de “la sección de objetos perdidos” y la devuelve a la realidad. Todo por obra y gracia de los medios de comunicación social, especialmente de los audiovisuales. Durante un tiempo las crónicas de sangre y dolor, desahucio y muerte van y vienen a ritmo trepidante golpeando la sensibilidad de miles de personas. Una vez más debe cumplirse el ritual y centrar la atención de la audiencia en las consecuencias dramáticas de la crisis. Es necesario que África se desangre en público y en directo para que caigamos en cuenta de su existencia. Entonces -y sólo entonces- la cobertura informativa de cada desastre influye decisiva y directamente en la intensidad de la ayuda humanitaria de los países ricos. Este efecto se multiplicará en la opinión pública, si providencialmente el momento más agudo de la crisis coincide con el tiempo en el que los ciudadanos de la cultura de la satisfacción solemos sufrir el ataque anual de bulimia navideña. El clima creado será el propicio para que la ciudadanía responda con una generosidad sin precedentes a las demandas de las organizaciones humanitarias, y así se pueda cumplir mejor el objetivo inmediato de salvar vidas y aligerar el dolor de algunas víctimas. Para ello las cadenas de TV deberán convertir el ejercicio mismo de la solidaridad en una ceremonia de la confusión, tan lacrimógena como indolora y tan repleta de sospechosa verborrea como de estúpidos sentimentalismos.

Después el flujo de las noticias africanas se hace paulatinamente más débil. Los intereses del mercado de la información dictan las reglas de lo noticiable. África vuelve a desaparecer. El tiempo que estuvo en
el candelero de la información no ha sido capaz de aumentar un ápice el poder sociopolítico disponible de los africanos vulnerables para exigir el cumplimiento de sus derechos y la realización de políticas favorables a sus intereses. La difusión de las noticias del drama africano tampoco ha cuestionado seriamente la acomodada moralidad de la mayoría de los ciudadanos europeos y norteamericanos. La presión de los medios de comunicación no ha sido tan agobiante como para que los gobiernos de las metrópolis, que “civilizaron” (?) el continente africano, contribuyan ahora de modo sostenido a neutralizar los procesos socioeconómicos y políticos, moderar los conflictos étnicos y paralizar los mecanismos de despojo y empobrecimiento de los pobres africanos, que generan estas crisis humanitarias. Durante todo este tiempo casi nadie se ha tomado la molestia de explicar o entender las causas de sus largos procesos de su gestación.

Habitualmente los datos estadísticos de la pobreza africana se manejan de la misma manera. Sensacionalismo versus análisis. Se publican sus cifras mareantes, pero se silencian las preguntas
inquietantes sobre sus causas estructurales. ¿Por qué 215 millones de africanos tienen un ingreso menor de 1 dólar diario? ¿Por qué el 33% de su población es hambrienta? ¿Por qué África es el único continente en el que la proporción de hambrientos no ha descendido desde 1970? ¿Por qué parece inevitable que se pase de los 25’4 millones menores de cinco años con peso deficiente en el año 1990 a 34’9 millones en el año 2005? ¿Por qué…? La retahíla de preguntas se haría interminable.

Nosotros, mientras recurrimos a la alabanza del misionero o del cooperante para resaltar que todavía existen idealistas entre los nuestros, dejamos que la miseria de los otros (los negroafricanos) nos la expliquen desde los intereses blanco/euroamericanos. Y ya se sabe, sin demasiado rubor se les endosa a ellos la responsabilidad: su ineptitud económica, la ineficiencia de sus métodos agrícolas, la inestabilidad política, el primitivismo de sus costumbres, la presión demográfica, etc. habrían convertido África en especie de pordiosero universal. Su población, una amalgama de vagos e insolventes, solamente interesa a las ONGs.

Seguramente esto pueda resultar duro para nuestra sensibilidad, pero más cruel es el presente y el futuro del continente africano. Dejando a un lado el Magreb y Sudáfrica y su zona de influencia, prácticamente el resto de África resulta inútil para ese mercado que nos protege a nosotros. Y ésta es la única explicación plausible de que ellos sufran las consecuencias de un proceso progresivo de marginación de los flujos económicos. Durante la década de los ochenta la región ha pasado de recibir el 27% de las inversiones extranjeras en el Tercer Mundo a recibir el 14%. Como ha escrito S. George «si África desapareciera del mapa, el comercio internacional apenas lo notaría». Y no hace falta ser muy perspicaz para sospechar el futuro incierto que le aguarda en la sociedad global del mercado donde se ha impuesto como base de cualquier certeza el principio «mercado, luego existo».

En realidad las verdaderas causas estructurales del calvario africano son la herencia colonial, las relaciones económicas internacionales, las políticas nacionales corruptas (la cleptocracia) y discriminatorias, la degradación ecológica, los cambios en las relaciones de género, el impacto del SIDA y de otras enfermedades, el militarismo y la guerra, etc. Junto a la plétora de perdedores algunos
pocos son ganadores y por detrás del drama humano se trafica con intereses económicos y estratégicos, ambiciones políticas y armas. Ya podemos convenir que, a la hora de provocar una corresponsabilidad
internacional que detenga a tiempo estas catástrofes humanitarias, las imágenes televisadas de las víctimas de la hambruna o de las interminables columnas de desplazados no tienen más valor que las
palabras que indagan y divulgan sus razones profundas.

Solo le pido a Dios que África (el dolor de su hambruna, sus guerras y su futuro) no nos sea indiferente, ni demos su situación por definitiva. Existen factores y posibilidades que la pueden cambiar. Su futuro está dependiendo de que se cumplan las esperanzas que aún permanecen en medio del drama que la asola. Los negroafricanos están llamados a ser los artífices principales de esta larga marcha de África hacia la vida, que -como escribe F. Podga- la permita «dejar de ser la gran cuna de la muerte para volver a ser la cuna de la vida». Pero necesitan la colaboración decidida de los ciudadanos, las iglesias y los organismos gubernamentales de los países ricos.

África necesita algo más que la compasión y la ayuda humanitaria. Ésta incide en los efectos dramáticos de la crisis, pero no en sus causas. Dada la naturaleza del conflicto africano, la necesidad de vincular la actividad humanitaria y la política se ha hecho imprescindible para cualquier intento de solución (V. Fisas). Toda iniciativa compasiva debe reservar energías para la alianza con propuestas y resoluciones de solidaridad internacional estructural, que favorezcan y fortalezcan procesos a través de los cuales los habitantes del continente africano vayan ganando capacidad para protagonizar y llevar a cabo cambios positivos en su situación.

Se deberían aunar esfuerzos y estrategias personales y organizativas para favorecer y hacer posible una propuesta global sobre África subsahariana. Apoyada en una conferencia ad hoc y respaldada desde las Naciones Unidas, podría suscitar un proyecto al menos de las dimensiones de lo que fue el Plan Marshall para Europa, tras la Segunda Guerra Mundial. Los expertos sugieren un paquete de medidas que implican la condonación de la deuda -pequeña desde el punto de vista de los acreedores pero gigantesca para los deudores-, el embargo de armamento, una fuerte inversión en la agricultura local
y el medio ambiente, y un programa de lucha contra el SIDA.

A las iglesias les toca colaborar estrechamente en esta ingente tarea. A pesar de la valiosísima labor humanitaria y liberadora de muchísimos de sus miembros (hasta el precio de dar su propia vida), no pueden olvidar que están en deuda con África. Los cristianos europeos y americanos debemos salvación a los africanos. Durante demasiado tiempo nuestra religión sirvió de justificación a “la ideología colonial” y equiparamos nuestro proyecto evangelizador con el sistema económico-político-cultural de las potencias colonizadoras, que tanta perdición produjo en el continente africano. Ahora tomarse en serio la tarea de inculturación del Evangelio, esforzarse en la lucha por los derechos humanos y erigirse en defensora de los más débiles parecen los caminos más adecuados para que la Iglesia “pague la deuda externa” contraída con África.

Imagen extraída de: Pixabay

Per continuar fent possible la nostra tasca de reflexió, necessitem el teu recolzament.