De ramos y cenizas: estética teológica de la vida humana y eclesial

De ramos y cenizas: estética teológica de la vida humana y eclesial

Juan Pablo Espinosa ArceY marzo ha llegado queridos lectores. Volvemos a retomar nuestras actividades de estudios, de trabajo y pastorales. Y con marzo llega también la Cuaresma, este tiempo especial con el cual nos preparamos a la celebración de las Fiestas Pascuales en la próxima Semana Santa. Con esta Cuaresma, también comienzan a fraguarse las esperanzas de un tiempo nuevo para la Iglesia, un tiempo que todos deseamos. El camino se nos abre hacia el futuro, pero debemos tener la voluntad común de recorrerlo. Y una de las imágenes plásticas que nos permite entrever dicho sentido de conversión, purificación y novedad es la ceniza. La ceniza es un signo propio de la Cuaresma cristiana, la cual se nos impone en la frente como recordatorio que somos polvo, que somos frágiles y vulnerables.

Esto es interesante, porque nuestra sociedad del rendimiento, en la que se expulsa a lo distinto, la cultura de la aceleración y de la producción-acumulación, va eliminando progresivamente los sentidos de fragilidad y vulnerabilidad. La nueva cultura instaura una “estética”, una sensibilidad de lo “pulido” (Byung-Chul Han), del estatus y del poder. Pero, y ese creo es el gran mensaje de la Cuaresma, la vida humana nos recuerda constantemente que la vulnerabilidad tiene un elemento positivo, un sentido redentor, una repercusión que humaniza. No hay auténtica vida humana sin vulnerabilidad. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han dice que “a toda experiencia profunda, a todo conocimiento profundo, le es inherente la negatividad de la vulneración” (La expulsión de lo distinto, 2017). Tenemos experiencias profundas tanto de nosotros mismos, como de los demás, del medio ambiente que nos rodea y sustenta y también de Dios. Y que cuando conocemos, dicha experiencia conlleva la vulnerabilidad, expresada en la conciencia de que “somos” gracias a otros. Sólo en el encuentro real, concreto, alegre y doloroso, podemos entendernos como seres humanos. Y estas experiencias se condensan en la ceniza de la Cuaresma. Por ello es una experiencia estética y teológica, humana y eclesial.

Ramos que se queman para hacer cenizas

Una primera cuestión: la ceniza que se nos impone al comienzo de la Cuaresma es producto de los ramos bendecidos en la Semana Santa del año anterior y que son quemados. Es una lógica interesante, por cuanto los ramos que hemos utilizado para aclamar al Señor Jesús como Rey del mundo y de nuestra vida son quedamos, reducidos al polvo, a la nada. La victoria nos parece desintegrarse con el fuego. La ceniza, resultado final de la quema de los ramos, nos abre una perspectiva nueva: debemos reconocer que la vida posee una vulnerabilidad y una fragilidad connatural. Somos débiles, y esa debilidad se entiende cuando vemos y experimentamos el “no poder” del otro. Gracias a ese espacio de comunión que se abre con los demás, comunión que no se sustenta en la autosuficiencia, en el poder, sino que se entiende desde una alteridad dolida, desde una ruptura, podemos comprender qué significa quemar los ramos y hacer ceniza. En los ramos aclamamos la victoria de la vida sobre la muerte y en las cenizas recordamos que la muerte, que nos es propia, no termina en el vacío, sino que se abre a la resurrección, a la plenitud. Hay en las cenizas un sentido de memoria de que la vida tiene la última palabra.

Las imágenes de la Cuaresma como son el ayuno, la limosna y la oración y, por supuesto, la ceniza, nos abren la posibilidad de comprender que nuestra humanidad y nuestra vida eclesial están sustentadas en una comunidad de personas. El ayuno se practica para que otro tenga qué comer; la limosna permite que otro tenga sustento; la oración ayuda a los que están tristes y buscan contención; la ceniza nos recuerda que Dios es el que nos salva. En términos de Byung-Chul Han, entendemos que “el otro es una fórmula redentora” en cuanto me libera del encierro de mi ego, de mi autosuficiencia, y que por ello tenemos que experimentar “la conversión al otro” (La expulsión de lo distinto, 2017). Por ello es estética teológica, porque es una sensibilidad que nos hace abrir de par en par las puertas de nuestra vida y dejar que la palabra del otro impacte en mi escucha, que su voz resuene en mi silencio, que la presencia de Dios anidada en la figura de mi hermano me desdibuje, desbarate mis seguridades, mis aparentes seguridades. El ramo queda convertido en ceniza. Ni siquiera el ramo tiene la seguridad de durar. Eso es la vulnerabilidad y la fragilidad humana.

Con las cenizas caminamos un tiempo nuevo

Quisiera proponer un texto que nos ayude a meditar nuestra condición vulnerable, nuestro “ser cenizas” durante esta Cuaresma. Está tomado del libro de Job en el capítulo 2. La figura bíblica de Job es llamativa, porque da cuenta de la imagen del justo, del que pide explicaciones a Dios a causa de su dolor y sufrimiento. Luego de que Job pierde familia y tierra, llegan tres amigos a visitarlo, Elifaz de Temán, Bildad de Suaj y Sofar de Naamat, los cuales “se enteraron de todas las desgracias que le habían ocurrido y vinieron cada uno de su país. Acordaron juntos ir a visitarlo y consolarlo. Lo miraron de lejos y no lo reconocieron. Entonces se pusieron a llorar a gritos; rasgaron sus vestidos y se echaron cenizas sobre la cabeza. Luego permanecieron sentados en tierra junto a él siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (Job 2,11-13). Lo llamativo de los amigos de Job es que realizan los ritos del duelo judío y oriental: rasgar vestiduras, usar cenizas, pero, sobre todo, guardar silencio. La importancia del silencio en una cultura del ruido; el lugar de la escucha que antecede la palabra. Con las cenizas Elifaz, Bildad y Sofar comienza a vivir un tiempo nuevo con Job. Los tiempos de la ruptura, de la vulnerabilidad, de la ceniza, son momentos especiales donde se vive la paciencia.

Byung-Chul Han, y a propósito de la paciencia, declara: “la actitud responsable del oyente hacia el otro se manifiesta como paciencia. La pasividad de la paciencia es la primera máxima de la escucha. El oyente se pone a merced del otro sin reserva. Quedar a merced es otra máxima de la ética de la escucha. El ego no es capaz de escuchar” (La expulsión de lo distinto, 2017). En esta Cuaresma, y en el comienzo de un tiempo nuevo para la Iglesia y para nuestra vida, hemos de aprender a vivir la estética de la paciencia, la estética de la ceniza, la ética de la escucha, el ponernos en sintonía del otro. Sólo así seremos una verdadera comunidad de oyentes, de cristianos respetuosos de la vulnerabilidad del otro, de su fragilidad que es nuestra propia fragilidad, la fragilidad del ramo que se convierte en ceniza.

¡Buen camino cuaresmal!

Imagen extraída de: Pixabay

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