Retos económicos del 2019

Retos económicos del 2019

Manfred NolteLa preocupación no es sino una forma de presteza, la que consagra nuestro Código Civil cuando habla de la “diligencia propia de un buen padre de familia”. Y no ya de una diligencia cualquiera sino una de carácter exigente, superior a la estándar o simple media. Preocuparse es, en consecuencia, una regla de conducta.

Nos preocuparemos de nuestros hábitos y costumbres, para hacerlos más productivos y saludables. Nos preocuparemos de nuestras inversiones y también de la hora a que deben volver a casa nuestros hijos. Nos preocuparemos de a quién contratar y a quién despedir. La condición humana, si es genuinamente responsable y constructiva, no es sino un largo compendio de preocupaciones. Así que debemos preocuparnos de los aconteceres económicos del año recién comenzado, pero nunca para caer en manos del desánimo o la impaciencia. Preocuparnos ‘de’ antes de preocuparnos ‘por’.

Habrá que comenzar por lo más urgente e inmediato, la disyuntiva del Brexit, que no es otra que la modificación de calendarios o una anarquía indeterminada. Mañana martes se somete a votación el acuerdo de divorcio en el Parlamento británico y todo indica que será rechazado por una mayoría aplastante. La Cámara ya ha exigido a Theresa May que en tal circunstancia deberá presentar un plan B. Lamentablemente no hay plan alternativo aparente y se barajan las posibilidades de un nuevo referéndum, al tiempo que se solicita de Bruselas retrasar la fecha de abandono de la Unión fijado para el próximo 29 de marzo. El Reino Unido aún puede optar por el ‘remain’ (quedarse) pero su eventualidad es escasa. Los errores británicos en el desarrollo del Brexit han sido simplemente descomunales, y una salida no negociada tendría efectos caóticos para todas las partes afectadas.

En el mundo occidental, el común denominador es que la economía global registra una tasa de paro en mínimos históricos al tiempo que un proceso controlado de desaceleración. A partir de ahí surgen los distintos focos problemáticos como el contencioso comercial EE. UU.-China. Las recientes conversaciones conciliadoras entre ambas potencias dan pie a un cierto optimismo que sin duda prestaría estabilidad a los mercados y transparencia a los inversores. China atraviesa por una ralentización de su PIB lo que supone una seria amenaza para la economía global. Pero los dirigentes del país asiático se han movido con celeridad aplicando una serie de medidas orientadas a estimular la demanda y aumentar la liquidez del sistema que auguran un alto porcentaje de éxito al programa de revigorización económica.

La relajación financiera que ha espoleado la economía mundial se está agotando. El estímulo fiscal americano se irá diluyendo en 2019, y la FED seguirá reduciendo su balance y tal vez aumentando los tipos de interés. Las actas de la Reserva Federal americana anuncian una tregua en la escalada de los tipos a corto. Tal medida ha ayudado a estabilizar los mercados bursátiles mundiales, seriamente azotados en la recta final del 2018. Deberemos vigilar la curva de tipos a largo, de tal modo que no se sitúe de forma sostenida por debajo de la de corto plazo, síntoma que ha precedido a la mayoría de las ultimas crisis financieras. Similar interés representa el índice mundial de materias primas y en particular el precio del crudo. Sus desplomes no constituirían augurios favorables.

Alguna atención merecen los avatares de la política italiana. Y más si cabe, la trayectoria del gigante alemán. Su producción industrial retrocedió un 1,9% en noviembre pasado y registró la peor caída interanual desde el final de la crisis financiera. Existe una cierta duda entre inversionistas y poderes públicos para evaluar el alcance y duración de un momento de crecimiento anémico.

Se recorta el PIB en la Unión europea y cada décima de menor crecimiento en esta se traduce en otra décima de menor crecimiento en España, vía reducción de exportaciones. Draghi dejará de comprar nuevas emisiones de deuda pública española en los mercados secundarios lo cual repercutirá en un encarecimiento de nuestro servicio fiscal exterior. Todo lo cual redundará en la velocidad de crucero de nuestra renta que para 2019 se prevé del 2,2% frente al previsible 2,5% de 2018 y promedios ya registrados del 3% entre 2015 y 2017. La Ley de Okun explica que medio punto de recorte de PIB en nuestro país equivalga a decenas de miles de empleos que dejarán de crearse en 2019 consolidando nuestra tasa de paro estructural. Las cuentas exteriores que ahora presentan un ligero superávit pueden torcerse si la desaceleración se acentúa, augurando que habría que sustituir ahorro exterior por endeudamiento público. El turismo, por ejemplo, parece haber llegado a su cifra de saturación, pero la demanda interna, el consumo y la inversión parecen seguir firmes, aunque hay que vigilar la inversión en bienes de equipo, otro indicador adelantado de las crisis, por si su valor decae. Es de esperar que el buen juicio político presida la consolidación del déficit presupuestario. Será muy necesario como colchón para eventuales contratiempos. Y no parece lo más oportuno revertir políticas estructurales que se han revelado como altamente beneficiosas.

Llegado al término de aquello que debe ser objeto razonable de nuestra preocupación debemos preguntarnos cual es el objeto o propósito de dicha preocupación. La respuesta es triple: de una parte la obtención de un diagnóstico ceretro de los problemas económicos de nuestro entorno, alejado de pesimismos inmovilizadores o de frivolidades ingenuas; en segundo lugar una vocación proselitista que nos haga vehículos de transmisión veraces de lo que en cada momento acontece; y en tercer lugar para que la información más certera guíe nuestra conducta como inversores o consumidores utilizando la evolución del ciclo en favor de nuestros intereses y los de nuestro entorno.

Imagen extraída de: Pixabay

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