Iconos de Adviento para prepararnos en la espera de Dios

Iconos de Adviento para prepararnos en la espera de Dios

Xavier Quinzà, sjLos iconos son unos cuadros que se utilizan en las Iglesias orientales para hacernos presentes los misterios divinos. No pretenden “representar” lo que pasó, sino adentrarnos en el misterio que queremos contemplar. Están pintados sobre superficies brillantes y reflejan la presencia de Dios y su encarnación en este mundo nuestro. Nos hacen sentir otra dimensión para lo real. Nos incluyen en otro mundo: el de Dios y su amor siempre presente.

Para nosotros, en este momento de la preparación a la Navidad, son una llamada a ver la realidad que vivimos, lo cotidiano de nuestra vida, con mayor profundidad. A hacernos caer en la cuenta que tiene una densidad diferente, que debemos vivirla con los ojos puestos en algo que está detrás. El “ojo mágico” que hace años llenó nuestros kioskos es un buen ejemplo de lo que quiero decir.

¿Por qué hablar de iconos del Adviento?

Porque estamos a la espera de la Navidad. Y, en realidad, toda nuestra vida es una constante espera. Nuestro corazón alienta desde el deseo, desde la ilusión de algo mejor e inédito. De algo luminoso que le dé transparencia, que aligere la rutina de lo conocido y sabido. Estamos “a la espera”, siempre… Y eso es lo importante, no perder la ilusión de algo nuevo en la vida.

Durante muchos años la humanidad ha estado esperando la novedad del Mesías, porque siempre ha sido consciente de que algo no marchaba bien. Las cosas no son como deben ser. Ni las relaciones personales, ni el amor, ni la amistad, ni la sociedad, ni nada… El pecado es una metedura de pata constante, una contaminación que deja a medias la realidad y hiere la ilusión y el deseo de hombres y mujeres.

1r Icono: Todo empezó en el Paraíso

Los hombres, desde siempre, soñamos con una tierra ideal. Una tierra fecunda y agradecida que dé frutos abundantes y donde corra libremente el agua de la vida. Y en la figura de Eva -¡el primer icono del Adviento!- se representa esa imagen. La mujer es la cuna de la vida: acoger el amor y dejarlo fluir sin retenerlo nunca es la vocación más importante. Pero esto es una ilusión. No hay paraíso sin serpiente, es decir, sin egoísmo, que mata el amor y lo pervierte. Por eso, desde el comienzo se nos anuncia otra figura: María, que vencerá al enemigo radical y se alzará incontaminada para recordarnos que todo puede cambiar, que hay esperanza para la humanidad caída.

2º Icono: El vientre seco de Sara

El segundo icono que podemos contemplar en la espera de la Navidad es el de Sara. Abraham, su marido, la ha sacado de su casa y su familia y la ha embarcado en una aventura larga, larga. En el desierto (¡es un símbolo, además de un escenario!) se encuentran impotentes para dar cauce a la corriente de la vida. Miran las estrellas y no pueden contarlas, desean una descendencia numerosa y no se ven capaces de cumplir el milagro de la vida. La esterilidad es la condición de una humanidad que sigue esperando pero que no puede hacer nada más que eso: esperar… Y el milagro se cumple en ella. Unos peregrinos visitan su tienda y les anuncian la próxima llegada de un sucesor. Pero ella desconfía y se ríe detrás de la cortina de la tienda. Y también aquí se nos anuncia otra figura: María, la que se fía de Dios, la que se goza no en su potencia maternal sino en su pobreza de virgen.

3r Icono: La doncella de Jerusalén

Ahora nos trasladamos a un palacio real. Es el tercer icono del Adviento. Un palacio lujoso pero amenazado. La ciudad está siendo sitiada por las tropas asirias y apenas hay esperanza para los habitantes de Jerusalén. El rey se atormenta, porque la dinastía peligra, y todos esperan un milagro. De pronto surge un profeta, Isaías, que anuncia un futuro mejor y distinto. Hay que confiar en Dios y no en las propias fuerzas. Y, pese a las reticencias del rey y de su corte pronuncia una profecía: la doncella quedará encinta de un futuro rey mesías y libertador. Y esa será la señal que anuncie una restauración y una nueva esperanza de futuro. Y el nombre de la criatura es simbólico: Emmanuel, es decir, Dios con nosotros. El será la señal para el rey Acaz. Una señal muy débil, muy misteriosa, pero cargada de futuro. De nuevo un guiño para nosotros. María, muchos años después será la doncella que nos traerá al salvador del mundo.

4º Icono: El anuncio más sorprendente

Damos un salto grande en el tiempo: de la remota a la próxima espera. Y este icono es una primera señal de la cercanía de Dios a nuestra tierra. Por fin se ha cumplido el tiempo y se ha saldado la deuda de la humanidad. El Espíritu de Dios vuelve a fecundar la tierra como en el principio del mundo. Y esta vez se abalanza sobre una joven de un pueblo perdido de Galilea. María es de aquellos a quienes la larga espera no ha corroído la esperanza del corazón. Pero ella tiene sus planes y el anuncio más sorprendente se detiene ante las preguntas de una mujer. Ser madre del Mesías es un honor inmenso, pero que no le hace perder la cabeza. Y se quiere clarificar sobre la demanda. Al fin el “sí” es la aceptación humilde a la más inaudita declaración de amor.

5º Icono: Isabel: la sabia ancianidad

Isabel es una mujer anciana que sabe esperar y que no desconfía de Dios. Pero su marido es un “entendido” que cree poder asegurar lo que Dios quiere y piensa y dice. No se da cuenta de que las palabras no son lo importante para la espera, sino la fe humilde y confiada. Y, cuando se le revela lo que va a suceder, no puede dar crédito al mensaje y se queda mudo. Ella sí, ella sabe, desde su esterilidad, que nunca se apaga la llama de la vida, la simiente de la fecundidad. Porque para Dios no hay nada imposible. Y cuando la vida echa raíces en su vientre seco se mantendrá oculta a las miradas de todos. Y recibe a María, su pariente, y siente el gozo del Espíritu como una presencia saltarina en su vientre. “Dichosa tú, que has creído…”.

6º Icono: María piedra de escándalo

La dicha de María duró bien poco. Porque quedarse embarazada en el tiempo de los desposorios no era lo normal, y, además, estuvo fuera del pueblo, en casa de Isabel los primeros meses. A su vuelta se encuentra con que José, su prometido tiene serias dudas sobre si debía o no recibirla en su casa, es decir, aceptar como suyo, con todas las obligaciones, lo que era de la Vida de Dios. Y, al parecer, María calla y confía. Ha sentido de tal forma la desmesura del amor de Dios sobre su vida, que confía todas sus inquietudes en sus manos. Unos sueños sacarán a José de su embarazosa situación y le convencerán del misterio en el que se le invita, modestamente, a entrar. Al aceptarla en su casa, José da el “sí” a María y también al misterio de Dios en su propia vida.

7º Icono: Belén ¿por qué no es acogida la vida en nuestra casa?

El evangelista Juan dirá que cuando Dios nos quiso traer la Vida, “vino a su casa y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Y este nuevo icono que ahora contemplamos nos lo presenta muy bien. Cuando ya se han calmado las zozobras y se espera la llegada del niño, otras circunstancias vienen a complicar las cosas. Un censo organizado por las autoridades obliga a José y a María a ponerse en camino más de doscientos kilómetros, en situación precaria. Más de diez días de viaje en el final del embarazo. Y otra vez a preguntarse qué quiere Dios de ellos, por qué esta nueva situación tan extrema. La llegada a Belén, su lugar de origen familiar, tampoco es más agradable. De puerta en puerta, porque no hay lugar en la posada y al final acogidos en un establo de animales. Allí se le cumplirá el tiempo y allí dará a luz a su hijo primogénito, suyo y de Dios, para la salud de toda la humanidad que no ha querido recibirlo.

8º Icono: Malos presagios para la vida que empieza

Este icono tiene como protagonistas a Simeón y Ana. Después de los malos presagios de Simeón, interviene esta señora mayor que no ha dejado nunca de creer en la fuerza de Dios como renovación y acicate para arreglar nuestras cosas. Era una jovencita cuando se casó, pero la dicha sólo le duró siete años y ahora tenía ochenta y cuatro. Cuando estuvo casada se dedicó a su marido, pero, probablemente no tuvo hijos y no quiso encerrarse entre paredes y lamentos por la felicidad truncada. Salió a la calle, se dedicó al servicio de Dios y de los que esperaban su venida. Ahora tiene el gozo de poder reconocer en el pequeño que María lleva en brazos al salvador del mundo. Y eso le cambió la vida. En adelante se hizo discípula de ese niño y “hablaba de él a todos los que esperaban la liberación de Israel” (Lc 2,40). Y “su madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello” (Lc 2, 52).

Imagen extraída de: Pixabay

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