Reyes Mate: El tiempo, tribunal de la historia

Reyes Mate: El tiempo, tribunal de la historia

Josep Cobo[La modificación] El otro día, Reyes Mate impartió una conferencia en Cristianisme i Justícia sobre los diferentes modos de vivir el tiempo. No es una cuestión menor. Hay un tiempo profano, el que se impone como fatalidad, como el eterno retorno de lo mismo, una concepción de tiempo que, según Reyes Mate, hunde sus raíces en el antiguo gnosticismo, y un tiempo sagrado o, en términos bíblicos, apocalíptico, aquel en el que irrumpe lo absolutamente nuevo o imposible, lo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. La diferencia entre ambas concepciones del tiempo no obedece propiamente a un interés especulativo, sino que arraiga en el sufrimiento indecente de tantos hombres y mujeres. El tiempo como simple sucesión de los días conduce al nihilismo, cuando menos porque nada nuevo cabe esperar más allá del simulacro de lo nuevo, a saber, la novedad. Aquí Dios, el Dios que interrumpe la continuidad de lo histórico, ha sido sustituido, como vio Niezsche, por una evolución sin propósito. El tiempo apocalíptico sería, en cambio, el tiempo de la redención. Como es sabido la palabra apocalipsis significa tanto revelación como catástrofe, aunque hoy en día, en tanto que no sabemos qué hacer con la primera acepción, nos quedemos tan solo con la segunda. Quienes hayan seguido la obra de Reyes Mate sabrán que uno de sus temas, quizá el tema, es precisamente el uso político de la memoria de las víctimas del pasado. Esto puede soprendernos. Pues tendemos a creer que la memoria de las víctimas del pasado acaso sea un asunto moral o, si se prefiere, personal, pero no estrictamente político. ¿Acaso el horizonte de lo político no es la justicia, al menos para quienes poseen un mínimo de sensibilidad por quienes no cuentan? Aquí quizá convenga aclarar qué significa esto de la memoria de las víctimas del pasado. Pues no se trata únicamente de recordar, como quien rememora algunos episodios de su infancia, sino tener presente o, mejor dicho, traer al presente el sufrimiento de quienes murieron injustamente antes de tiempo. En este sentido, la memoria es un memorial, un hacer memoria y, en última instancia, un mandato: no olvidemos la deuda que tenemos pendiente con aquellos a los que se les arrancó la vida en nombre del progreso. Desde este punto de vista, la memoria de las víctimas constituye —o debería constituir— el centro de gravedad de lo político. Si estamos ante una exigencia política, y no meramente moral, es porque no puede haber una sociedad justa donde los hombres y las mujeres que la integran no se encuentren sujetos al imperativo que brota de los genocidios de la Historia: nunca más. De lo contrario, las víctimas serán únicamente el coste que tuvimos que asumir para alcanzar un cierto bienestar. O este imperativo posee la fuerza del tabú o no habrá otra justicia que la ficticia, aquella que se asienta sobre un montón de cadáveres inocentes. Y aquí podríamos preguntarnos si puede haber algún tabú que no repose sobre un cierto temor de Dios.

En cualquier caso, como perfectamente viera Walter Benjamin, aunque también Carl Schmitt, no hay política que no amague, en el fondo, una teología política. O por decirlo con otras palabras, las cuestiones últimas de la política son las que plantea la teología política. Ciertamente, dichas cuestiones no son para Walter Benjamin las mismas que para Carl Schmitt. Para este último, la pregunta fundamental es la pregunta por el origen de la soberanía. Para Walter Benjamin, en cambio, la pregunta que hace saltar por los aires cualquier confianza en el progreso y, en definitiva, en la revolución, es la pregunta mesiánica por excelencia, a saber, qué vida pueden esperar las víctimas del pasado. Y en nombre de qué o de quién. La diferencia entre ambos es, en el fondo, una diferencia entre sensibilidades. La preocupación de Carl Schmitt es la preocupación burguesa por el orden. La de Walter Benjamin, en cambio, fue aquella que no dejaba de interrogarse por la viabilidad de la redención. Pues, o hay redención —y una redención que alcanza a las víctimas del pasado— o el destino de una humanidad sin memoria es el nihilismo, aunque se vista con los oropeles de la ilusión. De ahí que la posibilidad de que se detenga la deriva histórica hacia el nihilismo pase por la interrupción apocalíptica de un tiempo sin final. Pues desde la óptica de una eternidad sin Dios, aquella en la que un millón de años es apenas un comienzo, no hay diferencia, salvo la sentimental, entre las cámaras de gas y la sonrisa de un niño. La esperanza creyente vive del asombro, pero también del escándalo. Asombro y escándalo, de hecho, van de la mano. La existencia de quien cree no se sitúa solo ante el asombro que provoca lo extra-ordinario, y aquí lo extraordinario no es el fenómeno paranormal, sino la excepción de una vida que nos ha sido dada desde el horizonte de la contracción de Dios, sino también, y quizá sobre todo, ante lo irreparable. Y lo irreparable —la vida que perdieron las víctimas inocentes del pasado— es lo que no admite una reparación simbólica, acaso la única que podamos ofrecer desde nuestro lado. Ni siquiera donde estuviéramos sujetos al imperativo del nunca más. Es en nombre del don que cabe esperar lo imposible, lo que el mundo no puede admitir como posibilidad, a saber, que el verdugo no pronuncie la última palabra. Dicho de otro modo, la esperanza creyente apunta a la imposible posibilidad de Dios, algo en lo que no podemos creer donde tan solo confiamos en nuestra capacidad de transformación, incluso donde esta se supone garantizada por una divinidad tutelar. Como dijo Reyes Mate, desde el punto de vista del progreso siempre hay tiempo por delante. Y en este sentido, la fe en el progreso sería una secularización de la concepción gnóstica del tiempo, la cual no hace más que estirar el presente ad nauseam. Pues para el gnóstico, la redención se encuentra fuera del tiempo. En el presente histórico nada nuevo puede acontecer. Por contra, para la esperanza apocalíptica no queda tiempo por delante. Cuando menos, porque la catástrofe, literalmente, la caída del cielo sobre nuestras cabezas, revela todo progreso como farsa. Como subrayó Reyes Mate, la utopía no es una respuesta al sufrimiento. Pues la utopía es un límite asintótico, algo así como el horizonte de una esfera. Tan solo la redención puede responder al clamor de las víctimas. Y la redención es un aquí y ahora, la interrupción que no se encuentra precedida de ninguna anticipación histórica y que, por eso mismo, irrumpe como signo de un futuro absoluto que, como tal, no está enteramente en nuestras manos. Ahora bien, el aquí y ahora de la redención es el aquí y ahora del perdón de nuestras víctimas, las que yacen abandonadas en las cunetas del pasado y el presente a causa, cuando menos, de nuestra indiferencia. Se trata del perdón que divide el presente en dos, en un antes y un después cualitativamente distintos, y ante el que tan solo cabe responder. Pues no responder es ya una respuesta. Cristianamente, el sujeto de la redención es el que clama por la redención, aquel en el que Dios se reconoce. No es casual que, bíblicamente, aquellos capaces de Dios sean, de hecho, los muertos, los que no parece que cuenten ni siquiera para Dios, aquellos que ya no tienen vida por delante.

Quizá la existencia no tenga sentido. O mejor dicho, quizá el sentido no sea para el hombre. La cuestión no es si hay o no sentido, sino si hay valor. Pues un sentido es un encaje y para quien existe no hay encaje que valga. Esto es, el todo no es el todo para quien nunca termina de encontrarse en donde está. Dios en los cielos seguiría siendo un misterio. Sin embargo, precisamente por eso mismo, el presente se encuentra cargado de un valor infinito, el valor de una vida que nos ha sido dada como milagro. Hay más valor en el resto —en lo que, habriendo sufrido un desgaste, sigue ahí fielmente— que en la novedad. Hay más valor en lo rescatado del olvido o la muerte que en lo que pretende sustituirlo en nombre del progreso. De ahí la importancia de la memoria passionis, por decirlo a la manera de Metz. Pues memoria es fidelidad. Y fidelidad es responsabilidad, un tener que preservar de la extinción lo que nos ha sido dado desde el horizonte de la nada. Como si no hubiera nada más sagrado. Quien permanece bajo un tiempo mesiánico —y el cristianismo no deja de ser un mesianismo— es necesariamente un conservador. Pero un conservador que no busca la repetición de un pasado, de hecho irrecuperable, sino preservar en el seno del presente, el clamor que impide el cierre inmanente de la totalidad. Pues para el cristiano no hay otra trascendencia que la de un porvenir absoluto en nombre de lo que fue en un principìo, antes de los tiempos. De ahí que la reflexión de Reyes Mates del otro día, aunque no se realizara explícitamente en clave cristiana, nos hicieran caer en la cuenta de que no hay otra alternativa al nihilismo que la redención. Tertium non datur.

Imagen extraída de: Wikipedia

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