“Es imposible creer sin haber muerto alguna vez”

“Es imposible creer sin haber muerto alguna vez”

Xavier Quinzà Lleó“Es imposible creer sin haber muerto alguna vez…”. La frase es de una creyente contemporánea: Dorothee Sölle. Ella misma nos cuenta cómo, tras dejarla su marido, sólo podía contemplar dos salidas: “¡O que él vuelva, o que yo muera!”. Y cómo, en una capilla románica, escuchó la tercera y definitiva: “¡Te basta mi gracia!”. Sin condescendencias, el Señor le descubrió el sentido de la cruz en su vida como un nuevo espacio de gracia. Y, por eso, confiesa que, como ella misma, tras su lucha con Dios, todo cristiano cojea, como Jacob.

El hecho es que el amor ferviente de Dios tiene en el mismo corazón de la fe una marca que le urge a hablar y denunciar las nuevas pobrezas. Aunque ello sólo llegará a ser posible, cuando nos aprestemos a descubrir ese punto de fractura en el que la fe se toca con la muerte. Creer siempre es una forma de morir, tanto a las certezas de uno mismo, como al egoísmo de un corazón estrecho o resentido, porque sin despegarse de sí mismo el amor no puede ser la lumbre de la fe.

Lo que necesitamos a aprender el doble movimiento de la respiración del amor: acoger y despedir. Acoger el amor, como el aire, para recibir el hálito de vida. Despedir el amor, como el aire, para no ahogarnos. Cuando nos cerramos en nosotros mismos nos separamos del Dios amor. Entonces sentimos la tentación de crisparnos contra nosotros mismos, de defender nuestra inviolabilidad como propiedad nuestra y excluir a los demás.

Sólo el desprendimiento nos salva. Por el anonadamiento y el despegarnos de nosotros mismos, estamos llamados a comprender que esta inviolabilidad significa el poder maravilloso de convertir todo nuestro ser en una ofrenda, que podemos despojarnos de ella comunicándola. Así vamos aprendiendo el doble movimiento de la respiración del amor.

La fuerza de la redención reside en la más perfecta comunión. Aquel que se hace uno con el que sufre, que se pone en su lugar, que comparte y alivia su sufrimiento, es el único capaz de redimir. A Jesús se le conmueven las entrañas ante el pequeño que sufre y le devuelve su apoyo, fortaleza y compañía. Y no pide nada a cambio: todo en Él es pura gratuidad y compasión.

Jesús redime aliviando el dolor, pacificando, haciéndose uno con los sufrientes, con los leprosos, con los pobres, con los afligidos. Entrando en comunión con ellos es como genera nuevos ámbitos de vida, nuevas energías de sanación. Como el siervo humilde, que no vocea por las calles ni apaga el pabilo vacilante, sino que asume y guarda silencio, que se hace comunión, abandonado como está en las manos amorosas del Padre.

Ese punto de fractura de nuestra vivencia de la fe, esa cojera de quien emprende una lucha amorosa con Dios, es lo único que nos legitima para luchar contra cualquier forma de pobreza.

Imagen extraída de: Landeskirche Hannovers

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