La educación de niños y niñas refugiados: una intervención que salva vidas

La educación de niños y niñas refugiados: una intervención que salva vidas

Nieves Fernández y Valeria Méndez de Vigo. [Religión Digital]Los Estados miembro de las Naciones Unidas (ONU) aprobaron, el pasado 11 de julio, el último borrador del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular y se espera que, a la vuelta de verano, se concluya el del Pacto Mundial para los Refugiados. Ambos se adoptarán oficialmente en la cumbre que tendrá lugar los días 11 y 12 de diciembre en Marrakech.

En la Declaración de Nueva York, suscrita en la Cumbre de la ONU del pasado año en la que se acordó la celebración de los pactos, la comunidad internacional expresó su compromiso de garantizar el derecho a la educación de las niñas y los niños refugiados. El borrador final del Pacto Mundial para las migraciones incorpora la educación de manera transversal en todos los objetivos y le dedica un apartado específico, el 31 f): “proporcionar una educación de calidad inclusiva y equitativa para los niños y jóvenes migrantes, así como facilitar el acceso a las oportunidades de aprendizaje permanente […]”.

La importancia atribuida por los Estados a la educación de niñas y niños migrantes y refugiados llega en un momento crucial. Así lo reflejan los datos contenidos en el último informe de ACNUR. Registra 68,5 millones de personas desplazadas forzosamente en el año 2017-dos millones de personas más que en 2016-, cifra récord por segundo año consecutivo. Señala, además, que el 52% de la población refugiada del mundo son niños, niñas y jóvenes menores de 18 años.

Como consecuencia, el derecho a la educación de estos menores es en muchas ocasiones vulnerado: según ACNUR, las niñas y los niños refugiados tienen cinco veces más probabilidades de estar sin escolarizar que los no refugiados. Solaf, de 13 años, refugiada siria en Líbano ha visto su aprendizaje interrumpido: “Ahora mismo estoy en cuarto grado, aunque debería estar en un curso más, pero cuando llegamos aquí a Líbano no había colegios hasta que abrió este […] Estuve casi tres años sin ir a clase y me dio mucha pena, se me olvidó todo lo que había aprendido antes”.

Y eso que la educación es un derecho que no se suspende durante las crisis humanitarias, ni en situaciones de refugio o desplazamiento forzoso. “La educación es un derecho, vengan de donde vengan, sea más fácil o más difícil […]. La educación es esencial para todos, especialmente para las personas refugiadas. ¡Cómo no van a necesitar educarse! ¡Como todas las personas! ¡Por eso la educación es un derecho!”, señala Maya Yakooub, que trabaja en el Jesuit Refugee Service (JRS) en Líbano.

Pero, además, es una intervención que salva vidas. La educación tiene un componente sanador esencial que devuelve a las niñas y a los niños procedentes de países en conflicto armado la estabilidad y la normalidad y que atenúa los traumas derivados del conflicto. Así lo señala Samuel Shukuru, de 13 años, desplazado en Goma (República Democrática del Congo): “Volver a la escuela a estudiar y estar con mis amigos ayuda a que me sienta normal otra vez. Me ayuda a olvidar la guerra y el sufrimiento por no estar en mi casa, en mi pueblo”.

Y, dado que la media de años que un refugiado o desplazado pasa en esa situación es de 17 -lo que equivale a un tiempo superior al periodo educativo de una persona-, garantizar el derecho a la educación es esencial para promover su dignidad humana y evitar la pérdida de generaciones enteras. “Lo más importante es que sientan seguridad y amor, que puedan soñar y que quieran perseguir sus sueños, en eso es en lo que trabaja el JRS, porque sin sueños el país no se arregla, es importante que vuelvan con ilusión a su país”, señala Ahmad, profesor sirio en el Líbano.

Desde Entreculturas y JRS, asumiendo los cuatro verbos en torno a los que el papa Francisco propone los 20 puntos de acción que deben guiar la adopción de los pactos globales -acoger, proteger, promover, integrar-, lanzamos la campaña “4 words to open the world” (4 palabras que abren el mundo), con ocasión al día mundial del refugiado, el pasado mes de junio.

Tal y como figura en nuestro documento de posicionamiento, queremos influir en los Estados para que, de cara a los pactos globales, coloquen por fin el derecho a la educación de las niñas y los niños refugiados en primer término. También queremos contribuir a generar una cultura de hospitalidad en las sociedades de acogida. Sin la voluntad de los Estados y el firme compromiso de las sociedades, no se podrá garantizar una educación de calidad, inclusiva y equitativa que devuelva a los menores refugiados la posibilidad de un presente y un futuro dignos.

Imagen extraída de: Religión Digital

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