Profunda-mente

Profunda-mente

Patricia Franco AndíaEn “la superficie” de nuestra experiencia están las circunstancias que nos toca vivir, nuestro esfuerzo y voluntad para encararlas, las opiniones que tenemos acerca de las situaciones y las cosas, todos nuestros pensamientos y creencias y sus correspondientes tomas de decisiones, de opción en los conflictos así como los posicionamientos políticos, ideológicos, religiosos. También el entramado de nuestas emociones, lo que decimos y la forma en que escuchamos, nos expresamos o reaccionamos, los distintos roles que representamos, nuestra imagen y autoimagen… En definitiva, todo lo que identificamos como nuestro “ego”.

Por abrumador que pueda resultarnos manejar todo esto, lo cierto es que más allá de ello es donde se situa la experiencia vital auténtica, aquella que asume que, descorrido el velo de lo aparente, de lo conocido, de lo repetido una y mil veces, surgirá el sentido del existir o, lo que es lo mismo, la dimensión profunda de la vida.

La puerta a esa dimensión profunda es nuestro presente, entendido no como una marca en el calendario, sino como la experiencia que estamos viviendo momento a momento. Presente no tanto en sentido temporal (pues el presente por sí mismo niega la existencia de cualquier “otro tiempo”) sino como presencia, como “un estar donde se está” que tampoco es lugar entendido en el sentido externo, sino que es hacerse presente fundamentalmente para uno mismo.

Lo único que sabemos de la vida a cada momento es que el vivir se produce en el presente. Vivir a fondo el presente significa hacernos conscientes de lo que tenemos entre manos ahora, aceptando lo que acontece sin juzgarlo y bajo la premisa de que “lo que es, es. Está siendo”. También significa integrar el pasado y curarlo. Las heridas no curadas producen en nuestro pensamiento la necesidad ficticia de rumiar ideas sobre los acontecimientos o personas que las produjeron y en nuestras emociones producen resentimiento que significa volver a sentir aquello que nos produjo dolor. Esto nos impide mantener nuestra atención puesta por completo en el momento presente que es aquel en el que la vida se está desplegando.

Podemos encontrar la alegría en la sencillez del vivir diario e integrar la satisfacción de necesidades y los placeres de forma natural, conscientes de que todo lo bello y satisfactorio del mundo está ahí para disfrute nuestro y de todos. Paradójicamente, a lo más profundo de nuestro ser no solo se llega a través de la meditación o la reflexión, o de la elaboración del dolor para evitar que degenere en sufrimiento, sino que también accedemos a las fuentes de vida más profundas a través de lo más externo de nosotros, a través del cuerpo y de nuestros sentidos puesto que ellos también forman parte de la totalidad que somos.

Vivir a fondo el presente no significa absolutizarlo. Todo lo que nuestro “ego” convierte en un absoluto, sea lo que sea, queda atrapado bajo su control y sus parámetros y por lo tanto es desprovisto de su verdadera naturaleza quedando reducido a una herramienta más al servicio de esa falsa identidad. Absolutizar el presente nos lleva a un nuevo callejón sin salida. Cuando nuestro “ego” decide apropiarse del presente y hacer de él su nuevo terreno de juego, cambiamos profundidad por placer inmediato o por los intentos de reducción rápida de todo lo que nos produce angustia. Cuando el afán de placer se convierte en la única meta, nos quedamos atrapados en aquellos objetos o situaciones que nos colman momentáneamente y, en buena medida, nos esclavizan. Cuando nuestra pretensión no es el placer pero sí la evitación del dolor tampoco podemos abrirnos a la experiencia que se despliega ante nosotros pues en ese caso es el miedo el que nos lo impide.

Vivir la vida con profundidad no es posible tomando tan solo la parte que nos gusta de ella, esto sólo puede hacerse en la superficie donde se desenvuelven los bailes de máscaras y los autoengaños. Las crisis, las travesías del desierto, las noches oscuras del alma -o como quiera que llamemos a esas etapas en las que aparentemente la confusión se apodera de nosotros- forman parte de nuestra experiencia más honda y, por ello, son una oportunidad para seguir creciendo en profundidad y compromiso con nuestro verdadero ser.

Así, a medida que vayamos profundizando en consciencia y conocimiento de quienes somos realmente -más allá de ese “ego”- descubriremos los espacios de libertad, amor y paz que hay dentro de cada uno y cada una de nosotras. En este camino también vamos a vivir contradicciones y a experimentar inseguridad, miedo, ansiedad…

Entrégate a esas emociones sin juzgarlas en el mismo instante en que las experimentes y luego déjalas marchar, no te aferres a ellas ni construyas historias a su alrededor. Forman parte del proceso de aceptar todos los aspectos de la experiencia real que nunca van a coincidir con la experiencia que habíamos proyectado. Si acoges esas emociones “difíciles” realizarán su función en lo profundo de ti y se irán porque no vienen para quedarse; su visita siempre es oportuna y en la intensidad perfecta para ti y, por supuesto, estás completamente a salvo.

Dos apuntes más que te ayudarán a ir hacia lo más profundo de ti mismo:

  • Dale autoconciencia a tu vivir o, lo que es lo mismo, no asumas la parte que crees conocer de tí como si fuera lo único que eres y puedes llegar a ser. Obsérvate como un testigo amoroso, mírate donde realmente estás que es más allá de de tu “forma” de ser y de tus ideas, emociones, percepciones, personalidad, imagen, etc.
  • Toma conciencia de los demás. Comprende que lo que ves de ellos y ellas sólo es una interpretación tuya que resulta de posicionarte como observador externo del otro, desde tu falsa identidad o “ego”. Sin embargo, al igual que ocurre en relación a tí, un universo lleno de riqueza se oculta detrás de lo que eres capaz de percibir a través de los “bailes de máscaras” y de los “juegos de rol” en los que participas. Todos, en la medida en que trascendamos el “ego” para entregarnos a los demás desde lo profundo de nosotros mismos, reconoceremos y disfrutaremos de la profundidad del otro y del vínculo mismo.

Imagen extraída de: Pixabay

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