¿Cuándo comienza y acaba el invierno eclesial?

¿Cuándo comienza y acaba el invierno eclesial?

Víctor CodinaPara designar el cambio de la Iglesia del Vaticano II a la Iglesia postconciliar, algunos autores hablaron de “involución eclesial”, “restauración”, “noche oscura” o “vuelta a la gran disciplina”; pero prevaleció la imagen del “invierno eclesial” de Karl Rahner. Desde entonces la climatología entró en la eclesiología: la alegre primavera eclesial que había comenzado con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II (1962-1965), se convirtió después del Vaticano II en invierno eclesial. ¿Cuándo comienza y acaba este invierno eclesial? Nos limitaremos a dar algunos datos que deberán ser enriquecidos y completados.

Según J. Comblin la primavera eclesial conciliar solo duró de 1965 a 1968, cuando Pablo VI publicó  la encíclica Humanae vitae: aquí ya comenzaría el invierno eclesial. Ahora se ha sabido que Pablo VI, tras años de consulta, había redactado una encíclica favorable al control artificial de natalidad, pero temiendo la reacción de muchos sectores eclesiales, hizo marcha atrás. Con la Humanae vitae comenzó un quiebre entre el magisterio y los fieles, y descrédito y abandono de muchos de la Iglesia. Sin embargo, no podemos olvidar que también en 1968 Pablo VI inauguró la profética Conferencia de Obispos Latinoamericanos de Medellín.

Para otros, una fecha clave del inicio del invierno eclesial fue 1972, cuando surgió la revista Communio (Von Balthasar, Ratzinger, De Lubac, Lustiger, Wojtyla…) como réplica crítica a la revista Concilium que había sido iniciada por algunos grandes teólogos del Vaticano II como Rahner, Congar, Schillebeeckx, Küng…

Una gran mayoría cree que la elección del Cardenal polaco Karol Wojtyla, Juan Pablo II, en 1978 fue la que marcó el cambio decisivo de rumbo eclesial. Junto a su profunda experiencia cristiana, al éxito pastoral de sus viajes misioneros por todo el mundo y a su lucha contra el comunismo, Juan Pablo II promovió una Iglesia doctrinalmente segura y fuertemente amurallada, en la que el cardenal Ratzinger fue su gran colaborador.

El Sínodo extraordinario de 1985 convocado por Juan Pablo II a los 20 años del Vaticano II, evaluó positivamente el Vaticano II, pero no así el postconcilio: sustituyó el concepto de Iglesia Pueblo de Dios por el de Cuerpo de Cristo y promovió una relectura del Vaticano II más en continuidad con la tradición anterior que con en el aggiornamento renovador de Juan XXIII.

A partir de estos años se consolida una progresiva recentralización eclesial y debilitación de las Iglesias locales, nombramientos de obispos conservadores, pérdida de autonomía de las conferencias episcopales, retrocesos en liturgia y ecumenismo, reforzamiento de la Congregación de la Doctrina de la fe presidida por el Cardenal Ratzinger, crecimiento de  movimientos laicales de tipo espiritualista y tradicional, conflictos con voces proféticas de la Iglesia (congregaciones religiosas, censuras a más de 100 teólogos/as), exclusión “definitiva” del ministerio ordenado femenino, empobrecimiento de los ministerios laicales, proclamación del Catecismo de la Iglesia católica, etc.

¿Cómo explicar este cambio eclesial? La primavera conciliar, luego de siglos de congelamiento eclesial, causó aludes, avalanchas e inundaciones: hubo exageraciones y abusos, disminuyó la frecuencia sacramental, muchos abandonaron el ministerio y la vida religiosa. Y se comenzó a atribuir al Vaticano II todo el proceso de descristianización que desde tiempo atrás se estaba gestando; aumentaron voces conservadoras, como la del obispo Marcel Lefèvbre. La minoría que en el Vaticano II había quedado marginada, enarbolaba ahora las banderas de la tradición antimodernista, antiliberal, antiprotestante y anticomunista.

En este contexto Pablo VI, a pesar de su gran aporte al Vaticano II y de sus luminosas enseñanzas pastorales en Populorum progressio y Evangelii nuntiandi, acabó su pontificado sumamente angustiado. Juan Pablo II finalizó sus días decrépito y dejó una Iglesia un tanto paralizada. Benedicto XVI que había sido el mentor teológico de Juan Pablo II, siguió el rumbo pastoral de su predecesor, con gran bondad y honradez pero sin su carisma, sus encíclicas teológicas apenas llegaron al pueblo. Su histórica y ejemplar dimisión en febrero de 2013 se debió no solo al debilitamiento de sus fuerzas físicas sino seguramente también al sentimiento de fracaso de un pontificado demasiado centrado en la defensa de la verdad frente al relativismo moderno. Los escándalos sexuales del clero y los escándalos económicos de la banca vaticana, precipitaron su dimisión. Fue el momento más crudo del invierno eclesial.

En marzo de 2013 Francisco heredó una Iglesia cansada, envejecida, desacreditada, triste y sin ilusión.  Y  aunque el nombramiento de Bergoglio al comienzo produjo sorpresa y desconcierto en muchos que antes lo habían conocido, pronto se vio que comenzaba un profundo cambio de rumbo eclesial: el paso del dogma y la moral al kerigma y al encuentro alegre con el Jesús del evangelio, a la misericordia del Padre y al dinamismo insospechado del Espíritu. Hay reforma y novedad: una Iglesia en salida, alegre, sinodal, con ventanas y puertas abiertas, hospital de campaña, con olor a oveja, cuidado de la casa común, una Iglesia donde los pobres, pequeños y descartados ocupen un lugar preferencial, como había soñado Juan XXIII, crítica al sistema económico que mata, “la realidad es más importante que la idea”, etc. Aparecen gestos pastorales de profundo simbolismo: abrazos a enfermos, visitas a Lampedusa y Lesbos, nombramientos de otro estilo de pastores, abolición de la pena de muerte, etc. Es el final del invierno eclesial y el comienzo de una nueva  primavera, aunque algunos sectores nostálgicos acusan a Francisco de tercermundista, comunista, de no saber teología e incluso de herejía.

Una reflexión final. Dios escribe recto través de renglones humanos muchas veces muy torcidos. Los santos no son siempre ejemplares en todas las virtudes, como escribe Santo Tomás de Aquino y repite el Papa Francisco. El Espíritu del Señor es paciente, no hace huelga, dirige incansablemente la historia de la Iglesia y de la sociedad hacia el Reino, desde abajo y desde dentro. Lo único que se nos pide ahora es no volver la vista atrás, sino consolidar esta incipiente primavera eclesial que prolonga la de Juan XXIII y del Vaticano II. Y mantener despierta la esperanza, pues la Iglesia es un permanente Pentecostés, del cual el Vaticano II fue un momento estelar.

Imagen extraída de: Pixabay

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