Para los inquietos (de dentro y de fuera)

Para los inquietos (de dentro y de fuera)

José María SeguraPara los inquietos. Para ellas y para ellos escribe Teilhard ¡allá por 1927! Un libro de casi cien años, pero de honda actualidad. A través de sus líneas descubrimos a un Teilhard fascinado por la inmensidad y belleza del universo, “apasionado con su tiempo”, que escribe, como quien ha recorrido el camino, a quienes inician el peregrinaje de descubrir a Dios “en lo más secreto, en los más consistente, en lo más definitivo del mundo”. Un místico enamorado del Dios-encarnado-en-la-materia, un apasionado por la “santa materia” que le revela la omnipresencia de Dios.

El medio divino, repleto de destellos poéticos, es un ejercicio de diálogo de un hombre de fe con el mundo, que se adelanta en 50 años al postconcilio, a ese diálogo poliédrico del agiornamiento (fe-ciencia, fe-razón, fe-cultura, etc.) y que responde, ahondando, a la cuestión de fondo de la relación Dios y mundo: “¿Cuál de los dos se hará adorar más hondamente?”.En la vivencia de Teilhard no hay solución a la tensión entre acción humana y divina, pasión humana y acción divina y viceversa: “Tal vez nos imaginábamos que la Creación hace mucho tiempo que se acabó. Es un error, porque continúa perfeccionándose”. Y es querido por Dios que la acción del ser humano sea parte de ese perfeccionarse, de esa “ontogénesis”. Para Teilhard, Dios “nos espera a cada instante en la acción, en la obra del momento”.  No hay contradicción entre acción y contemplación, pues en virtud de la encarnación “nada hay profano para quien sabe ver”.

El medio divino habla a quienes se encuentran descolocados entre su fe y su compromiso, quienes sienten sobre ellos la acusación que Teilhard pone en boca de un “incredulto” de ser “desertores y falsos hermanos”, aquellos que sufren el cristianismo como una carga suplementaria a la vida cotidiana o como una promesa de un cielo que enajena. Nada más lejos de la vivencia de Teilhard: “Dios encarnado no ha venido a disminuir en nosotros la responsabilidad magnífica y la espléndida ambición que hacernos nosotros”. Su estilo evocador, de quien dibuja, más que escribe, nos permite atisbar retazos de su experiencia mística: “A quien despliega convenientemente sus alas al soplo de la tierra, una corriente le fuerza a salir cada vez más a alta mar”. El cristiano está llamado a dejarse llevar, a “desasirse” por ese “gran soplo del universo” que “le empuja”. No se trata del activismo (la acción por la acción) sino de contribuir a la ontogénesis del Cristo cósmico, que es indisociable del camino de realización del propio ser humano.

Para el ojo ignaciano, resuenan continuamente en las páginas de este libro aquel misticismo de la realidad de Ignacio de Loyola[1], por ejemplo cuando se refiere a la relación del cristiano con las cosas “en dependencia absoluta de la presencia de Dios en ellas”, a la búsqueda de la luz de Dios en “el cristal de los seres”, o cuando explica que encuentra a Dios mismo en “la Vida que brota en mí, en esta materia que me sostiene”,  Teilhard que busca y es hallado por el creador en sus dones: “hallo algo todavía mejor que tus dones: te hallo a ti mismo, que me haces participar de tu ser y que me moldeas.”

Aquel latido místico que explica magistralmente Juan de Dios Martín Velasco, lo expresa Teilhard como un perderse en Dios. Como “hallarse preso de lo que pensó apresar” que resuena a Santa Teresa de Jesús, es la pasividad de crecimiento de quien es encontrado por Dios: “Me recibo mucho más que me hago a mí mismo”.

Una aportación novedosa de Teilhard es lo que llama las “pasividades de disminución”. Estas son por un lado las “internas”, las congénitas, y por otro, las externas, que son los “obstáculos” accidentes, enfermedades sobrevenidas. En el fondo son diversas manifestaciones del “mal” que es la muerte, como “el resumen y la consumación de todas nuestras disminuciones”. ¿Cómo superaremos esta disminución que parece tener la última palabra? “Superemos la muerte descubriendo a Dios en ella. Y lo divino se hallará con ello instalado en nuestro propio corazón, en el último reducto que parecía poder escapársele”. No se trata de negar el mal o de espiritualizarlo, se trata de combatirlo, se trata de reducirlo al mínimo, sabiendo que en esa lucha y al final de esa lucha, nos abandonamos a nuestro Padre del cielo mientras reconoce que “el mal será siempre uno de los misterios más inquietantes del universo”. La resignación, para ser cristiana, pasa por la resistencia activa: “mientras la resistencia sea posible se alzará el cristiano… contra aquello que merece ser apartado o destruido”. ¡Lo dice Teilhard! Así el cristiano encuentra a Dios en su esfuerzo de resistir al mal, “a través del Mal; a Dios, que está más profundo que el Mal”.

Teilhard reconoce que el abuso de expresiones como inmolación, sacrificio, expiación, han terminado por producir la impresión de que “el reino de Dios sólo puede establecerse en medio de un pesar y yendo siempre a contracorriente de las energías y aspiraciones humanas… nada hay menos cristiano que este panorama”.

La última parte, la que da nombre al libro, es quizá, la más evocadora. Parafraseando a San Pablo (¿expresando su propia experiencia mística?) escribe Teilhard: “Nos hallamos de tal modo rodeados y traspasados por ella”, la Presencia Divina, que no queda espacio en que arrodillarnos ante ella, “ni siquiera en el fondo de nosotros mismos”. Es la Presencia que sostiene a las cosas en su ser más íntimo y más real, “el punto último en que convergen todas las realidades”, de Dios que se le manifiesta infinitamente próximo y a la vez extendido por todas partes nos deja esta imagen el místico-filosofo-científico Teilhard de Chardin: “Precisamente, porque es el centro, ocupa toda la esfera”.

Teilhard es mucho para expresarlo en un post. Termino de releer El medio divino con la seguridad de que apenas he captado una parte y, sin embargo, deja esa sensación que te embriaga al ver un cuadro bonito, o escuchar una buena pieza de música, y sentir como esa porción de universo que eres, resuena… y sonríe por dentro. ¿Será algo así la “sonrisa del universo” a la que se refiere Teilhard?

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[1] “Colirio para un mundo que no quiere ver”.

Teilhard

Imagen extraída de: Wikipedia

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