Laicos con espíritu… agnósticos y ateos también (I)

Laicos con espíritu… agnósticos y ateos también (I)

Rosa Ramos“El viento sopla donde quiere, y oyes su voz,

pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.

Así es todo el que nace del Espíritu” (Jn 3, 8).

En los agnósticos y en los ateos también sopla, late y alienta el Espíritu haciendo gala de su libertad.

Vean este texto del cantautor uruguayo, don Alfredo Zitarrosa (1936-1989):

“Hago falta… yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy… Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera… Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado… falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo… los ojos míos en la contemplación del mañana… mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”. Guitarra negra (fragmento).

Vivo en un país  de larga trayectoria laica. Estamos cumpliendo 100 años de la Constitución por la cual se separaron Estado e Iglesia, tras varias décadas de disputas. Uruguay, siendo un país tan pequeño, es famoso por varios motivos, entre ellos resalta su laicidad, para algunos laicismo. No vamos a entrar en ese tema –al menos hoy-.

La laicidad uruguaya tiene sus aspectos negativos. La ignorancia y la prescindencia religiosa son algunos. La falta de cuestionamiento sobre las ultimidades, asimismo el desamparo y la orfandad de muchos ante las situaciones límites, son otras carencias generadas por tantos años sin formación religiosa, o de la reducción de ésta a lo privado, en un país donde las instituciones públicas aún son fuertes.

No obstante, los uruguayos no religiosos han cultivado otras formas de trascendencia, de acogida del Misterio. Diría que han acogido al Espíritu aún ignorándolo, porque el Espíritu de Dios se hace presente de mil formas y se revela con distintos nombres, y sin nombres también.

Zitarrosa, si bien fue bautizado e hizo su primera Comunión, luego se consideró agnóstico y perteneció al Partido Comunista, lo cual no fue obstáculo para ser alcanzado por el Espíritu. En el caso del texto completo de Guitarra negra recitado por su autor (casi 17 minutos), del que cité sólo un fragmento, el Espíritu se hace carne en su recitado grave y toma los muchos nombres de un pueblo, lugares, acciones, historias, resistencias, recuerdos, temores y dolores profundamente humanos, y hasta del dolor de las vacas cayendo en el matadero, de las mariposas de vida efímera y de los perros…

En el fragmento elegido, el Espíritu se hace carne en la profunda espiritualidad -no diferente ni yuxtapuesta, sino una-, identificando, animando, dando vida, a la profunda humanidad del autor. La reconocemos como Solidaridad, Fraternidad, Presencia en la dolorosa ausencia, Dolor del mundo y de los hermanos.

“Hago falta…” dice el autor, y cuántas reminiscencias bíblicas de los profetas del Antiguo Testamento podemos reconocer allí: “Heme aquí”, dirá el joven Samuel al Señor, siguiendo la indicación de Elías; “Envíame a mí”, dirá Isaías aún sabiéndose impuro; Moisés que había huido, siendo ya mayor y tartamudo, viendo la zarza descubre que aún arde su corazón por el llamado de Dios a liberar a su pueblo.

En los Ejercicios de San Ignacio una de las contemplaciones nos lleva al diálogo intratrinitario que constata al ver el dolor del mundo que hace falta una Presencia, y asistimos a la decisión divina: “vayamos y hagamos redención”. “Hago falta”, ¡qué profundamente evangélica esta convicción! “Hágase”, dice María en el Evangelio. También ella notará la falta del vino que podría malograr la fiesta de bodas en Caná, e interviene.

Cedo a la tentación de citar otro fragmento de Guitarra negra: “Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos… Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas…”.

Pareciera que en Zitarrosa, este ateo con Espíritu, la guitarra es el templo, el altar, más aún, el corazón de Dios donde entregarlo todo, y hacerlo con delicadeza exquisita. Este canto no es irreverente, es oración, la oración de un pueblo laico con espíritu. En su libertad el Espíritu ha encontrado en este Uruguay un modo de animarnos a sentir y ser con y para los otros.

“Como no sabes cuál es el camino del viento, o cómo se forman los huesos en el vientre de la mujer encinta, tampoco conoces la obra de Dios que hace todas las cosas” (Eclesiastés 11, 5).

Guitarra negra

Imagen extraída de: Pixabay