Abrazar a un musulmán

Abrazar a un musulmán

J. I. González Faus“Necesito abrazar a un musulmán”. Esas palabras del padre del pequeño Xavi (muerto en el atentado del día 17), junto a la foto del abrazo con el musulmán que llora, rebosan tesoros de humanidad que necesitamos saborear.

El bien siempre tiene más peso y más entidad que el mal: una pepita de oro  vale más que un montón de basura. Un gramo de bondad pesará siempre más que un kilo de maldad: pues la bondad es inmortal y la maldad es perecedera por autodestructiva. Y en aquel abrazo, o en la necesidad de darlo, había más de un gramo de bondad.

En teología se habla de la autonomía del mundo: en contra de lo que quisieran muchos beatos baratos, Dios no interviene en la marcha de las cosas para arreglarlas a nuestro gusto; sólo interviene en nuestro interior para ayudarnos a afrontar las cosas. Como Jesús en Getsemaní: que no salió de allí liberado de lo que se le venía encima, pero sí con fuerza para asumirlo.

Si queremos redimir el 17A hemos de procurar sacar lo mejor de cada uno. Es humanamente inevitable que haya reacciones mezquinas, y las hubo (aprovechar el atentado para culpar a quien no piensa como yo; o para ponerse medallas nacionales o hacer juicios de intenciones sobre informaciones que se han dado, -y debían darse-…): pero ésa es nuestra pasta humana. Y en esa noche de nuestra vulgaridad, brillan como estrellas bien nítidas las palabras del padre de Xavi: “necesito abrazar a un musulmán”, y el rostro lloroso del imán que le abrazaba. Pocos sabrán ya que, cuando la pasada guerra de independencia de Argelia, un militante del FLN que había sido bárbaramente torturado por la policía francesa, pidió al salir de la cárcel escuchar un rato de música occidental, “para poder reconciliarse con Europa”. En esas reacciones, y sólo en ellas, late nuestro mejor futuro. A ellas puede ayudarnos un par de aclaraciones: una más religiosa y otra más socioeconómica.

a.- Cuando se planteó el problema de la pluralidad de religiones en la tierra, se lo quiso resolver simplistamente con el eslogan: “todas las religiones coinciden en Dios”. Pero parece evidente que el dios de los asesinos del Daesh no es el Dios del imán de Rubí, ni el de los cristianos: evoquemos la frase del gran novelista peruano José Mª Arguedas: “el dios de los señores es distinto”… Sería más exacto decir que todas las religiones coinciden en la búsqueda de Dios, o de espiritualidad: pues Dios es alguien que, aun después de revelado (si es que se ha revelado), sigue siendo Aquel al que “nadie ha visto nunca” (Juan 1,18); aquel de quien decía Tomás de Aquino que el único nombre que podemos darle es el de Innombrable; y de quien enseñó un concilio medieval: “nunca diremos de Él nada con tanta verdad que no contenga más mentira”. Aquel del que sólo sabemos que nos ama y, desde su amor, nos invita a confiar en su Misterio.

En esa búsqueda, y sólo en ella, pueden coincidir las religiones. Y esa busca llevaría a preguntarnos cómo tratamos a los amados de Dios que son los seres humanos, sobre todo los condenados de la historia.

b.- El verdadero conflicto no está hoy entre cristianos y musulmanes, sino entre occidentales y árabes; y no es bueno que lo religioso sirva para enmascarar esa otra cuestión. A propósito de un escrito anterior más largo (Pasión de Barcelona, pasión del mundo) y que circuló por ahí en whatsapps y demás, me escribió alguien más metido que yo en el mundo de lo económico, que una de las causas que nos vuelven odiosos (y que yo no mencionaba) es que los occidentales necesitamos el petróleo que está en los países árabes y obligamos a éstos a plegarse a nuestras exigencias; que la distribución de los beneficios del petróleo es descaradamente desigual en favor nuestro, y que ya en un memorial del nefasto H. Kissinger, en 1974, EEUU reclamaba “las riquezas minerales del tercer Mundo para sí y sus multinacionales”. Y me remitía a la “web” de la OPEC donde hay un gráfico titulado: “who got what from a liter of oil” (qué saca cada quién de un  litro de petróleo)…

En este mundo imperialista y vengativo, el padre de Xavi necesitaba abrazar a un musulmán; como yo necesito que me abrace un musulmán, necesito abrazar a Raquel, la profesora de los chavales terroristas de Ripoll, aunque no la conozco y aunque sea sólo digitalmente: porque nuestro espíritu tiene dimensiones para las que el cuerpo resulta ya impotente. Quizá todos necesitemos abrazarnos pero precisamente ahora. No cuando el Barça gane un partido o tonterías de ésas.

Que se abracen pues un texto musulmán y otro cristiano: “Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas… porque profeso la religión del amor y voy a donde me lleva su cabalgadura. Pues el amor es mi credo y mi fe” (Ibn Arabí). “Si alguien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano al que ve, es un mentiroso” (1ª Jn, 4, 12-21).

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Imagen extraída de: La Vanguardia