10 horas con el padre Rogelio

10 horas con el padre Rogelio

Voces. Jordi de Miguel. [Altaïr Magazine] Rogelio Cruz se encadena las manos.

Rogelio Cruz da siete vueltas al Congreso de la República Dominicana.

«Yo voy a entrar por donde se sale y a salir por donde se entra», declara al finalizar la ronda.

En la espera, la voluptuosa voz de Rogelio Cruz acompaña el barrido por las paredes de su despacho (hay retratos de Hugo Chávez, el Ché y Óscar Arnulfo Romero): «¡No! ¿Pero tú estás loco?» «Esa fiscal, maldita corrupta…» «Al Procurador le vamos a hacer un show que ni sabe.» Todos los periodistas aman al Padre Rogelio. Los locales, porque sus declaraciones airadas son una fuente inagotable de polémica. Los foráneos, porque en ellas se revelan las costuras de un país que ignoran las postales. Por eso —y porque de personajes de este calibre habría que aceptar casi todas las propuestas—, no hay que dudar si al terminar la entrevista Rogelio te ofrece un tour por los lugares que le han dado fama a su figura de sacerdote rebelde.

Del viaje de diez horas que nos espera, sólo sabemos que la primera parada es María Auxiliadora, el popular barrio de La Vega donde más proyectos desarrolla su fundación. A pesar de ello, la visita es fugaz: vistazo a las nuevas viviendas que se están entregando; ojeada al huerto urbano que crece en la sede y saludo en la escuela que la fundación ayudó a ampliar. Con el zumbido de su timbre emprendemos la vuelta al asfalto. La gente del barrio se acerca a Rogelio. Rogelio se mete en las casas. «¿Cómo dice “coño” delante del Padre?» «¡Pero si usted es el primero que lo dice!»

«Éste es un pueblo religioso. Yo puedo decir cosas y tomar ciertas actitudes porque soy cura. Si no, ya me hubieran sacado de circulación.» Todo el mundo lo conoce ahora por liderar la lucha contra la minería a cielo abierto, pero las actitudes ciertas del Padre Rogelio comenzaron a ser noticia a mediados de los 90, durante su estancia en el barrio de Cristo Rey, en la capital, Santo Domingo. Allí, en los callejones levantados sobre un antiguo vivero de plantas ornamentales de la familia del dictador Trujillo, su parroquia, afirma, desarrolló 23 proyectos sociales que reactivaron la autoestima de una comunidad azotada por el tráfico de drogas y la inseguridad.

«En Cristo Rey hicimos algo que el gobierno y el poder eclesiástico nunca entendieron: hicimos la revolución.» Según el Padre, fueron el cardenal López Rodríguez y el entonces presidente Hipólito Mejía —quien tras una marcha llegó a calificar al Padre Rogelio como «el Mao Tse Tung de la República Dominicana»— los que en 2003 intercedieron ante la Santa Sede para expulsarlo. «Me querían llevar a España, pero al final me mandaron al campo. ¿Y qué hice? Organizar a los campesinos. Al año también me sacaron de ahí, porque estaba jodiendo mucho.» No era la primera vez que expulsaban al Padre de sus labores: veinte años atrás, en Guatemala, once razones lo apartaron del seminario. Que recuerde ahora: no querer cortarse el pelo ni usar sotana, no entender la doctrina de la Iglesia, jugar al fútbol y compartir tragos con los muchachos de la comunidad.

Pasajes de la vida de Rogelio Cruz:

El Padre Rogelio, pagando una factura de 14.427 pesos con monedas de 1 y 5.

El Padre Rogelio, liderando una marcha contra el alza del precio de los combustibles a lomos de 80 burros («60 fueron incautados»).

El Padre Rogelio, protagonizando la comedia Los 10 mandamientos dominicanos, en beneficio de su fundación.

El Padre Rogelio, llevando a 90 ancianos de Cristo Rey a conocer el mar.

El Padre Rogelio, salvado por un grupo de viejitas de ser lanzado desde el segundo piso de la Oficina de Bienes Nacionales.

El Padre Rogelio, crucificándose frente a la sede de la transnacional minera Falcondo.

El Padre Rogelio, mediando en un secuestro con un millón de dólares en la mano.

 

Allí donde lo mandaron sopla una brisa fresca y cierta sensación de irrealidad. Como el propio Rogelio, Los Limones es el reverso de una postal disímil: en sus dos calles desiertas, no retumba la música ni azota el calor. Detrás, al pie de la Cordillera Central, queda la frondosidad de La Vega. Más al Sur, a 130 kilómetros, hierve la capital.

—Yo, como sociólogo, sé cómo meter a la gente en los procesos sin que se dé cuenta.

—¿Y eso está bien?

—Si es para utilizarla no, pero si es para que se libere, sí.

Cuesta imaginarla en este paraje, pero también Los Limones tuvo su revuelta. Entonces el blanco de la ira popular fue una empresa arenera que llegó a la zona para engullir tierra y que no la abandonó hasta que, bidón en mano, el Padre y sus feligreses amenazaron con quemar las excavadoras. En la última década, la creciente actividad extractora en playas y ríos del país no sólo ha puesto en riesgo su sostenibilidad ambiental, sino que también ha dejado al descubierto una cruda realidad: con apenas diez millones y medio de habitantes, la República Dominicana es el mayor productor de cemento per cápita del continente, pero su déficit habitacional alcanza ya los dos millones de viviendas.

De nuevo en ruta, Rogelio Cruz insistirá que no quiere ser «la voz del pueblo». Él prefiere explicarse como un hombre sencillo que tan sólo obedece a su curiosidad: «Yo me he metido en las entrañas del monstruo para ver qué es lo que el monstruo tiene en las entrañas, sin esperar que nadie me cuente. Claro que también lo he hecho por una necesidad existencial: he descubierto que la fe me abre a otros aspectos de la vida». En su día, esa curiosidad lo llevó a estudiar tres carreras (Filosofía, Educación y Sociología) en busca de un método para sus «pequeñas revoluciones» y, aunque finalmente lo halló, siempre se interpuso la política para abortarlas. Tal vez por eso, tras la experiencia de Los Limones, decidió fundar su propio partido en la ciudad que ya avistamos.

No es una ciudad bonita. A pesar de su proximidad a las concurridas playas de Samaná, Nagua no tiene más encanto que el de ser bastión del Movimiento Político, Cívico y Religioso Se Puede, un niño travieso que apenas inquieta en Santo Domingo, pero que en esta pequeña capital de provincias incordia a los grandes partidos desde que en 2010 lograra una concejalía bisagra en su ayuntamiento.

En un país con uno de los mayores índices de desconfianza hacia las instituciones públicas (un 78,1% en percepción de corrupción, según las últimas encuestas), las acciones a pequeña escala del Movimiento Se Puede buscan generar impacto inmediato entre la población: se lleva luz al barrio Universitario Viejo y al de Las 40; se organiza una brigada para limpiar el Río Drago; se fleta «La Guagua del Pueblo» para que los trabajadores disfruten de un día en Playa El Diamante; se le construye una casa a la señora Gladys Peña junto a la capilla. «Nosotros hacemos política, pero una política social», dice el Padre. «Hace poco los concejales se aprobaron 50.000 pesos para vainas. El nuestro no quería aceptarlo, pero yo le dije que organizara un acto público y entregara el dinero a las cincuenta familias más pobres de Nagua. Devolvimos al pueblo lo que es del pueblo, de todos modos se lo iban a robar.»

Desde nuestro encuentro matinal en la Parroquia de Santo Domingo Savio, el Padre Rogelio se muestra como un tipo vivo y sagaz que huye de ingenuidades. Lo mismo se puede decir del Grupo Sacerdotal Hélder Cámara, el puñado de curas dominicanos que agitan la opinión pública colocándose al frente de marchas por la justicia social. «Nosotros», afirma Rogelio, «desarrollamos otro tipo de espiritualidad: la espiritualidad de la resistencia». «¿Y en qué consiste?» «Yo te perdono, pero no te olvido la vaina. Eso es perdón. Lo otro es pendejá

De regreso a La Vega, todo adquiere un tono de pérdida. Rogelio conduce cansado, pero todavía le quedan fuerzas para hablar: de su nacimiento por los pies y de la paliza que lo mandó al seminario; de las multas que le perdonan y de la vez que agredió a un agente. Sobre aquel famoso mochilazo, corroborará lo dicho en la prensa local: que en la bolsa llevaba dos móviles, la Biblia y el No a la violencia de Gandhi, y que las piedras estaban ahí por si acaso. «Yo soy salesiano y el sistema de nosotros es preventivo.»

Poco más hasta llegar. Rogelio no baja del coche porque a las seis debe oficiar misa a la aristocracia local. Dice eso, rezonga y se va.

Sin gorra parece otra persona, casi triste.

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Fotografías: Fran Afonso

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