Grietas en el muro XX: No se quejan

Grietas en el muro XX: No se quejan

Tere IribarrenNo se quejan, vienen a renovar el permiso para poder recibir alimentos una vez al mes de lo que manda a la parroquia el banco de alimentos.

El banco de alimentos manda semanalmente las cosas más variadas, algunas de primera necesidad -a veces olvida lo que es primera necesidad para una madre joven con un bebé de 3 meses-.Traen alimentos variados que deben sobrar por los supermercados, pues algunos tienen pasada la fecha de caducidad.

Nosotros nos quedamos tranquilos cuando hacemos por lo menos este gesto de caridad.

No se quejan, se han conformado con lo que la injusticia humana les ha deparado.

Los niños aprenden la sumisión, es normal recibir lo que les dan, lo que a veces no necesitan, lo que no eligen, lo que a nosotros nos sobra. No se quejan porque han perdido la memoria de lo que les pertenece por derecho: una vivienda y dignidad.

No tienen voz para pedir, para protestar, para decirle al mundo nuestro que el sistema que crea tantas personas así, es un sistema enfermo.

No se pueden quejar, no pueden exigir, pero están cerca de nosotros y tienen nombre, y sonrisa, y familia.

Somos nosotros al atardecer, después de haber mirado rostros callados, serenos, sonrientes, podemos hacer teoría y podemos empequeñecer nuestras pretensiones o recordar las historias entregadas porque desean ser escuchados queridos, comprendidos.

Y dejan ir el corazón como alas que vuelan:

¿Quieres venir a mi casa? Vivo cerca de ti, me gustará enseñarte a los demás niños, estarán contentos de verte.

Hoy vengo a decir que he encontrado un trabajo de limpiar casas, no vendré a buscar alimentos, veo que otros los necesitan más…

La  situación ha ido empeorando, hay más familias que necesitan ayuda y menos ayuda para repartir. “¿Qué hacer?”, nos preguntamos cada día, “¿cómo arreglar una situación que desborda las previsiones?”.

El corazón dice que debemos estar con ellos, acompañarlos, dejar que entren en los criterios de nuestra vida, en nuestros modos de pensar y actuar. Es algo, pero es poco.

La cabeza grita la indignación: ¿saben los que hacen las leyes a cuántos dejan no sólo en la cuneta sino en la antesala del comedor al que no pueden entrar, porque de la cocina no llega nada?

“Mire, hoy tenemos una sopa de pan con un engaño para los niños”.

“Los pañales de la niña los tenemos que comprar, dicen que no nos toca a nosotros tenerlos a mejor precio, y en casa ninguno tenemos trabajo”.

Los servicios sociales repiten hasta la saciedad que no tienen, que no pueden, que no dan abasto.

Y de pronto te vienen a la memoria esas diatribas de los padres de la Iglesia y de los profetas de nuestra historia que gritan, denuncian, imploran:

¿Cómo juzgará la historia a una generación que tiene todos los medios para alimentar la población del planeta y que se autoexcusa para no hacerlo en una ceguera fratricida? ¿Qué paz pueden esperar los pueblos que no ponen en práctica el deber de la solidaridad? ¿Qué desierto sería un mundo en el que la miseria no encontrase el amor que da la vida?… La solidaridad no encontrará su medida justa si cada uno no toma conciencia de su necesidad… La solidaridad no es un sentimiento superficial y vago por los males que sufren tantas personas cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de trabajar por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos de verdad responsables de todos.

Los gobiernos no oyen estas voces, los ciudadanos están cegados por una crisis que no han buscado, los bancos acumulan dividendos y ganancias, las grades fortunas no llegan a los lugares donde se mira y se ve la necesidad, las iglesias están preocupadas por su deterioro y por campañas de cristiandad, por las liturgias ampulosas y masivas. Son los signos de una seria involución.

En las iglesias locales hay un eco de esa necesidad. Emociona ver cómo gentes sencillas, a las que les falta lo que a otros nos sobra ponen en el altar paquetes de arroz, de pasta, botellas de aceite, ellos son los que saben lo que es lo necesario, porque también ellos lo necesitan.

La voz de Jesús de Nazaret sigue presente, inquietante. El “tuve hambre y me diste de comer” sigue siendo el grito dela Buena Noticia, el mensaje que tenemos que actualizar,  la señal del Reino, la comensalidad en la mesa y la entrada en a la casa de todos.

¿Veremos a los pobres sentados a esa mesa? ¿Estaremos  nosotros sirviendo a los que hemos dejado en la antesala del banquete?

Imagen extraída de: A mi manera

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