SIDE

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José Ignacio González Faus / La Vanguardia, 23 de marzo de 2009. Cada vez parece más claro que tenemos un Síndrome de Inmunodeficiencia Económica (SIDE). Desde comienzos de la modernidad, los teóricos de la sociedad nos dicen que el egoísmo no funciona en las relaciones sociales pero funciona muy bien en la economía. A corto plazo pareció que tenían razón, y creamos ingentes riquezas a base de comercio de esclavos, expolio de otros pueblos y opresión de trabajadores. Tanto que la palabra negocio cambió de significado: en el latín de los romanos significaba trabajo (“in otio et in negotio”, conocido refrán que se traduce: en el descanso y en el trabajo). Hoy significa enriquecimiento muy superior al trabajo invertido. Son los milagros económicos del egoísmo.

Pero con frecuencia el negocio de hoy se convierte en desastre para mañana. Dicen que tenemos crisis para largo; y seguramente toda Europa soportará huelgas y algaradas como las pasadas de Grecia. Los gobernantes no conocen más salida que esperar a que pase el ciclón y que la economía “vuelva a la normalidad”. Para que no se diga, toman algunas medidas que se parecen más bien a aquello de dar complejos vitamínicos a los infectados de sida. Y su mayor aspiración es estar en el poder cuando pase la crisis porque entonces se lo atribuirán a sí mismos, y eso será un gran rédito electoral. Nadie se plantea cómo habría que construir la sociedad para que no vuelvan más terremotos o para que estos no la afecten; aunque salgamos de esta crisis tendremos otra en unos años, y nuestro sistema económico no tiene defensas contra este virus. En Valencia, tras la riada de 1956 se puso en marcha un proyecto a largo plazo que acabó desviando el curso del Turia y evitó nuevas inundaciones. En economía nadie piensa en algo parecido.

Economistas conscientes hablaban desde hacía años de “capitalismo de casino”. Es la encarnación de lo que cabe calificar de “economía del atraco”: el atraco de los que esquilman, y el atracón que prometen a los esquilmados. La fuente de riqueza ya no es el trabajo, sino el consumo: aunque estemos en el paro y no podamos pagar la hipoteca, los gobernantes nos piden “consumir para salir de la crisis”.

Pero el consumo no es más que el abuso del uso. Parece pues que toda la salud de nuestra economía reside en malgastar y derrochar. Gastar en lo que no necesitamos pero nos hacen creer que necesitamos; malgastar en cosas que no nos hacen felices, pero nos han hecho creer que nos harán felices; derrochar en cosas que son de menos calidad de lo que nos habían dicho, pero nos permiten presumir…

Nuestro sistema económico está montado sobre el engaño y no es más que una globalización del clásico “timo de la estampita”: te vacían los bolsillos con una promesa sólo entrevista y, al abrir del todo el maletín, ves que sólo la primera capa era de billetes; el resto son recortes de diario o estampitas. Ahora no son estampitas sino hipotecas de alto riesgo o inversiones en bienes que se revalorizan por sí solos, incluso aunque todo el mundo haga lo mismo. Y encima nos exigen “recuperar la confianza”. ¡Muy idiotas hemos de ser para volver a fiarnos de quienes nos timaron de ese modo! Pero lo malo es que lo somos. Lo saben los grandes timadores y esperan a que pase el temporal para volver a intentarlo. Entonces dirán que la economía se ha “normalizado”… Nos conocen y saben que volveremos a dejarnos seducir.

Según algunos (como D. Lapierre), este contraste entre nuestras necesidades y nuestras pretensiones estuvo ayer en la raíz de la epidemia del sida. Y hoy parece estar en la raíz del SIDE. Quizá por eso no deberíamos culpar tanto a los poderes políticos, con muy poco poder en lo económico. Es curioso que se produzca una indignación general contra el juez Tirado por la sentencia que dejó libre a un violador y que nadie se irrite ante la impunidad de todos los que dejan en libertad a los violadores del dinero ajeno: esos grandes señorones que, a lo mejor, rezan de vez en cuando aquello de “danos (sólo) el pan que necesitamos para hoy”, y luego se vana buscar el que no van a necesitar nunca.

¿De qué nos quejamos, pues? O mejor: ¿quién tiene derecho a quejarse? Hace más de 40 años, H. Marcuse habló de la “creación de falsas necesidades” como cimiento de nuestra economía. El reverso de nuestra adicción a lo innecesario es la legión de famélicos que puebla el planeta, al lado de la legión de obesos. Y la legión de aquellos de los que san José de Calasanz escribió hace 400 años: “Son la mayoría de la población” y “ellos con sus fatigas sostienen al mundo”. Luego tranquilizamos nuestra conciencia progre criticando al Vaticano por ese absurdo de prohibir el preservativo para evitar el contagio del sida. Pero los vaticanos económicos son aún más intolerantes a la hora de permitir que se le ponga preservativo al capital.

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