Ley natural

Ley natural

Anna Ortín. [Filosofia i pensaments errants] Hace unos días, el cardenal de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, fue entrevistado en el matí de Catalunya Ràdio. La primera parte de la entrevista se centró en la crisis económica. Sin profundizar demasiado, destacó, entre otras cosas, la urgencia de volver a situar a la persona en el centro de la economía. Opiniones que yo, al menos, suscribiría, pero que estaban algo faltadas de erudición. El cardenal no me despierta gran simpatía, pero tampoco ninguna antipatía significativa. En el panorama lastimoso de los obispos catalanes, tiene ese rol incómodo de ser demasiado abierto para  los conservadores, demasiado cerrado para los progresistas. Y así nunca hace nada al gusto de todos, excepto para aquellos que fluctúan en medio con esa mentalidad conciliadora que aún no sé si sigue los imperativos del Evangelio o los obvia para evitar mal ambiente eclesial.

En la segunda parte de la entrevista llega el momento estelar de cualquier jerarca: se plantea el tema de la homosexualidad. Y otra vez con el argumento de lo natural y lo artificial. Nos dicen que la homosexualidad es una actitud cultural degenerada, y que lo natural es la unión entre hombre y mujer. Ahora, la novedad de la Iglesia consiste en añadir que todos somos hijos de Dios, y que a todos se nos acoge por igual, pero que hay comportamientos inaceptables. Como si esta afirmación, por elevarse pretendidamente de lo terrenal, no fuera un eufemismo de la misma falta de respeto. Ciertamente, no se puede negar que hombre y mujer se acoplan físicamente a la perfección, y así llevan a cabo una función vital para la especia humana. Pero de este hecho puramente fisiológico se extraen demasiadas conclusiones teológicas y metafísicas. No sé si la experiencia humana de la transcendencia no encontraría mejores maneras de expresarse que esta especie de lírica cosmológica tan casposa. Y aquí se ve el progreso de la Iglesia, que aún nos repite, con palabras más o menos actualizadas, el estropicio (reconocido) de la Humanae Vitae.

El tipo de razonamiento que condena la homosexualidad parte de tres supuestos. El primero, que es lago adquirido culturalmente o artificialmente. La prueba de esto remite al segundo supuesto: que lo natural es solo la unión de hombre y mujer por la finalidad procreadora que tiene. Y el conjunto se entiende a partir del tercero, y más profundo de todos: debemos seguir la ley natural porque es sinónimo de la ley de Dios. Es la ley que Dios ha depositado en el mundo como traducción de su voluntad. Esto, sin ir más lejos, es la clásica falacia naturalista. Pero bueno, probemos de admitir que, efectivamente, es necesario seguir la ley natural y que las disposiciones biológicas naturales determinan qué debemos y qué no debemos hacer. Aquí llego a mi perplejidad. ¿No es este un discurso demasiado abrumador para una ética como la del cristianismo? Me explico. Esto de seguir a por todas la ley natural no es mucho decir por  parte de una ética que fundamentalmente se dedica a anunciar imperativos contra naturales? ¿No es mucho decir por parte de una ética que proclamar con voz clamorosa la defensa de lo más antinatural, la defensa del débil?

Ya decía Nietzsche que la moral cristiana es contra natura, pues violenta la ley de la naturaleza según la cual sobreviven los más fuertes y hábiles. Parece que la doctrina e dictamina que para unas cosas debemos seguir la naturaleza, y para otras, ir contra sus leyes. Supongo que se percibe lo absurdo del asunto. Claro, y decidir qué queda a cada lado no puede ser más arbitrario. Depende del momento histórico, y de intereses concretos. Pero estaría bien que la Iglesia oficial descubriera que todas estas afirmaciones no son más que piedras sobre el propio tejado, y que hay pocas descalificaciones argumentativas peores que una petición de principio. Para la moral sexual hemos de seguir la naturaleza, para la moral social, no. ¿Resolverá la Iglesia esta arbitrariedad? Casi prefiero que no, pues tal y como están las prioridades de la jerarquía, veremos antes el olvido del débil, es decir, el darwinismo social, que la superación de la tradición.