El último de los últimos

José Eizaguirre. Hace unos días fui invitado a un colegio para hablar a los alumnos de la campaña de cuaresma “Cuarenta días con los cuarenta últimos”. Se trata de un pequeño colegio -una clase por curso- situado en un barrio popular de Madrid, con una altísima proporción de población sudamericana, en el que cada día siguen puntualmente la campaña, gracias a los materiales que han puesto por los pasillos y que los alumnos ven al pasar (otra cosa es que los lean).

En la última clase repetí el esquema preparado: “Las Naciones Unidas estiman anualmente lo que entienden por desarrollo humano de cada país y le asigna un número de puntos, entre cero y mil. De esta manera, podemos poner a todos los países en fila, ordenados según los puntos que tienen, y fijarnos en los cuarenta últimos de la cola…”. El primer país es Noruega (943 puntos)…  España ocupa el puesto nº 23 (878 puntos)… Y así, deteniéndonos en algunos otros, llegamos a la República Democrática del Congo, el país que ocupa el último puesto, el número 187, con tan solo 286 puntos.

El diálogo con los alumnos gira en torno a esta enorme nación, a la que dedicaremos el último día de la cuaresma, el próximo Domingo de Ramos. Y hablamos de la paradoja que supone que el país más grande de África y probablemente el más rico en recursos naturales, sea el último en “desarrollo humano”. Y hablamos de la rapiña de grandes empresas y de otros países que se aprovechan de la desastrosa situación de la R. D. Congo. Y hablamos, cómo no, del coltán y de nuestros teléfonos móviles.

-Pero nosotros no podemos hacer nada por remediar esas cosas- objeta Alejandro.

-Es verdad, pero cada vez que cambiamos de teléfono móvil estamos de alguna manera contribuyendo a que esas cosas sigan pasando -respondo-. Por eso si podemos evitar cambiarlo, mejor. ¿Tú cuántos años tienes, Alejandro?

-Quince

-¿Y cuántos teléfonos móviles has tenido a lo largo de toda tu vida?

-Cuatro.

En este momento la tutora interviene para preguntar a la clase si esa cantidad es algo extraordinario por parte de Alejandro o los demás también han tenido un número de móviles similar. Todos asienten reconociendo que ellos también rondan esa cifra…

No se trata de preguntarse ahora si en un colegio de mayor nivel cultural el número hubiera sido distinto. Pienso que el consumismo inconsciente, como deseo, mentalidad y actitud, es algo que nos afecta a todos. Por eso es tan importante empezar por ser conscientes de las repercusiones que tienen nuestros hábitos de comportamiento.

Querido Alejandro (que no te llamas Alejandro), déjame dedicarte este pequeño relato escrito pensando en ti y en tus compañeros. Se titula “La gota de pus”:

Unos días antes se había cortado en la palma al extraer a mano el mineral en bruto. Simon apenas tenía nueve años, pero ya acumulaba varios de experiencia en la mina de coltán, ese mineral gris que tan importante parecía y del que decían que era la causa de tantas desgracias en la región de Ituri. En las condiciones en las que trabajaba junto con otra docena de niños como él, era impensable pensar en una cura, de modo que Simon no dijo nada y la herida se le infectó. Esa mañana, una gota de pus se mezcló con el precioso mineral.

Más tarde el coltán se enriqueció con gotas del sudor de Gilbert, Odong, Raymond y otros compañeros adolescentes, mientras acarreaban las canastas de hasta setenta kilos. Para cuando llegaron al camión, varias gotas de sangre se habían añadido a la masa de tierra, coltán, pus y sudor. Sangre de los compañeros muertos y de los familiares brutalmente asesinados sin saber muy bien por quién y por qué.

Unos kilómetros más hacia levante, el camión cambió de manos, a la vez que también lo hacían unos pocos billetes verdes que nunca vería Simon. Con los nuevos propietarios, sobre la carga, viajaba Alice, que padecía desde el año anterior una fístula vaginal, resultado de una violación múltiple por parte de los contrabandistas. Desde entonces, no podía contener la orina y unas gotas se le escurrieron, mezcladas con rabia e impotencia.

Al otro de lado de la frontera con Uganda ¨Ctras un nuevo intercambio solapado de billetes¨C, la mercancía completó un cargamento que viajaría en avión hasta Malasia, donde refinarían el coltán, limpiándolo de impurezas, sudor, sangre y orina. Pero por algún motivo la gota de pus siguió aferrada al mineral, de modo que cuando lo utilizaron para fabricar el teléfono móvil impregnó toda la circuitería.

Unas semanas después, a muchos kilómetros de distancia una niña inocente abría con ilusión el regalo que tanto esperaba. Pero al encenderlo torció el gesto: “Papá, a este móvil le pasa algo raro; en vez de pedirme el código PIN me pide el código PUS.”

http://davidvalpalao.blogspot.com.es/2011/01/sangre-en-nuestros-moviles-el-conflicto.html

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