Jaume Tatay: “La cumbre del clima de Durban era la crónica de una muerte anunciada”

Entrevistas. Catalunya cristiana. [Jaume Tatay es jesuita y miembro del grupo de trabajo de Cristianisme i Justícia sobre “Ética y sostenibilidad”].

La reciente celebración en Suráfrica de la Cumbre Mundial sobre el Clima ha vuelto a reavivar el debate sobre los efectos devastadores que las actuales políticas económicas tienen sobre el planeta. De nuevo, sin embargo, políti­cos y ecologistas siguen sin ponerse de acuerdo. Éxito para unos, fracaso para otros. Recurrimos al jesuita Jaume Tatay, ingeniero de montes y licenciado en Teología, para que nos aclare un poco qué ha sucedido en Durban del 28 de noviembre al 11 de diciembre.

¿Qué primeras conclusiones ex­trae de la reciente Cumbre mundial sobre el Clima celebrada en Suráfri-ca? mientras la UE se congratula por los acuerdos obtenidos, las onG se muestran escépticas incluso de­cepcionadas y denuncian la falta de compromiso. ¿Éxito o fracaso?

La cumbre del clima de Durban era la crónica de una muerte anunciada: la del protocolo de Kyoto. Los objetivos fijados en 1997 en Kyoto no se han conseguido, ni siquiera a nivel europeo. Al contrario, las emisiones de CO2 no han dejado de incrementarse, año tras año. Importantes países emisores, como EE.UU., India o China, nunca llegaron a ratifcar el protocolo de Kyoto. Sin embargo no todo son malas noticias. En Durban se alcanzó un acuerdo para el establecimiento de un Fondo Verde que ayude a los países en desarrollo a reducir la deforestación. Una cosa parece clara también después de Durban, el cambio no vendrá de la mano de los gobiernos. Se hace cada vez más urgente una ac­ción global liderada por la sociedad civil y el mundo empresarial.

¿Cree usted, como aseguran al­gunos expertos, que el problema del cambio climático es el gran reto ecológico del siglo XXi?

Ciertamente es el más complejo, por su carácter global y sus implicaciones. Pero no es el único. Frenar la defores­tación, la pérdida de suelo, el colapso de la biodiversidad o la sobrepesca son sólo algunos de los grandes retos que tenemos sobre la mesa. Todos están relacionados con el modo como los seres humanos vivimos y nos relacionamos con los ecosistemas que nos rodean. El cambio climático es uno de los efec­tos, el más extremo quizás, del nivel insostenible de consumo y la gestión desordenada de los recursos naturales por parte de los seres humanos.

¿Cómo explica la falta de com­promiso y de responsabilidad de los principales países contaminantes de Co2: China, india, EE.UU….?

En mi opinión los sistemas políticos —tanto democráticos como totalita­rios— no están diseñados para tomar decisiones a largo plazo sobre posibles consecuencias negativas de sus políticas económicas, por muy probables que éstas sean. Los gobiernos están enorme­mente condicionados por lo inmediato y por programas diseñados a corto y medio plazo.

¿Hay alternativas reales a las maneras de producir impuestas hasta ahora?

Las alternativas ya se están generan­do en la sociedad civil y en las empresas. Los gobiernos pueden y deben apoyar el impulso generado «desde abajo», pero no esperemos que tomen la iniciativa.

En general, ¿seguimos sin ser conscientes de la gravedad del efec­to invernadero? ¿Podríamos hablar de «catástrofe» ecológica?

Las personas no experimentamos «el clima», a nivel global, experimentamos «el tiempo», a nivel local. Es una cues­tión de escala. Quizás por eso es difícil hacerse una idea de las implicaciones de un cambio climático. El consenso en la comunidad científca es muy amplio: los efectos de un incremento de temperatu­ra pueden ser devastadores en muchas partes del mundo, especialmente para las poblaciones más empobrecidas.

Ciertamente los países pobres son los que, de nuevo, acaban sa­liendo peor parados… ¿Es también el problema ecológico consecuencia de la crisis moral y ética de la post­modernidad?

Me atrevería a decir que es el fru­to de un conjunto de factores que se remontan a la revolución industrial europea y, probablemente también, a la concepción occidental del ser humano. La modernidad, con todas sus luces, olvidó que la persona es un nudo frágil de una inmensa red de relaciones de la que todos los seres vivos forman parte. La exportación cultural del «modelo de hombre occidental», de su estilo de vida y de consumo, ha hecho que el proble­ma adquiera dimensiones globales.

Según usted, uno de los «logros» de la Cumbre es la puesta en marcha del Fondo Verde para el Clima acordado en Cancún que debe ayudar a los países en desarrollo a hacer fren­te a los estragos del cambio climá­tico… Sin embargo, ya hay quienes lo consideran insufciente.

Opino lo mismo. Es una buena noticia. Es un paso importante en la dirección adecuada, pero por sí solo no resolverá los graves problemas a los que nos enfrentamos.

Casi al mismo tiempo que se celebraba la Cumbre de Durban, el Senado de Brasil aprobaba un po­lémico código forestal que atenta gravemente contra la ya degradada selva amazónica. ¿Es un ejemplo más de la inconsistencia y poca ef-cacia de estas cumbres internacio­nales? ¿Hay interés real por salvar el planeta?

El interés es real, tanto en el norte como en el sur. Todos estamos en el mismo barco y a nadie en su sano juicio le interesa agujerear el barco en el que viaja. Pero como pasa con la mayoría de problemas, la percepción es muy distinta según el lugar donde uno se sitúa. El reto consiste en buscar solu­ciones y alternativas viables, e insisto en afrmar que no vendrán sólo «desde arriba», desde los gobiernos. Sólo una alianza entre los distintos actores en juego, los consumidores del norte, los productores del sur, las empresas, los medios de comunicación, las religiones y los gobiernos podrá resultar efecti­va. Pero no nos engañemos, invertir las actuales tendencias de consumo y sobreexplotación de los recursos natu­rales implica reducir el consumo, revisar nuestro modelo energético y, en defni-tiva, vivir de un modo más sostenible y austero. Éstas son exigencias incómodas a las que tenemos que enfrentarnos. Su respuesta exigirá sacrifcios para todos, especialmente para los habitantes del norte.

Desde el Papa hasta Cáritas in­ternacional, pasando por intermón oxfam y otras muchas entidades de inspiración cristiana, han alzado su voz en favor del planeta con motivo de la Cumbre mundial sobre el Cli­ma. ¿Cómo valora la implicación de la iglesia en la causa ecológica?

En las últimas décadas la Iglesia católica, junto con otros muchos movi­mientos religiosos en todo el mundo, ha tomado conciencia de los graves problemas asociados a «la causa ecoló­gica». Esta problemática ya ha entrando en el discurso y en los programas de las grandes religiones, también la católica. Juan Pablo II, en la Jornada Mundial de la Paz de 1990, advirtió que la crisis ecológica no es únicamente un proble­ma técnico, también es «un problema moral». Benedicto XVI ha ido más lejos al afrmar: «La Iglesia tiene una res­ponsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público» (Caritas in veritate, n. 51). La reconciliación con la creación es parte de la misión de la Iglesia y condición de posibilidad de un desarrollo humano integral. Sin embar­go, aunque la lucha en favor del planeta se percibe como una exigencia moral de la fe cristiana, en la práctica resulta difícil afrmar que las instituciones y los ciudadanos católicos muestren una mayor implicación que otros grupos en la solución del problema. Esto no es sólo una sana auto-crítica, es una invitación a tomar el testigo lanzado por el actual Papa y liderar el cambio de dirección necesario para construir una civilización más responsable, justa, solidaria y soste-nible. La iglesia tiene el capital moral, la motivación y los recursos para resolver, junto a otros, los graves problemas a los que nos enfrentamos. Pongámonos en marcha.

http://www.seipaz.org/organizacion.php?opc=2&area=infraTrabajo
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