Hambre: vergüenza humana, cólera divina

José I. González Faus. Vida Nueva. Hace ya más de 35 años, resumí la reflexión teológica que estaba intentando realizar en una estrofa de Atahualpa Yupanki: “hay cosas en este mundo – más importantes que Dios – que un hombre no escupa sangre – ‘pa’ que otros vivan mejor”. Versos que se cargan de energía en un mundo donde tres mil millones de seres humanos escupen sangre, mientras tres o cuatro millones de multimillonarios viven cada vez mejor.

Versos que, además, merecen una doble exégesis:

Desde el punto de vista de lo que D. Bonhoeffer llamaba “una noción general de Dios”, la estrofa es cierta. Desde el punto de vista de los que creen en Dios tal como se reveló en Jesucristo, la estrofa cobra intensidad porque (como escribí ya entonces) “es Dios mismo quien nos hace saber que hay cosas en este mundo más importantes que Él”. Y que toda búsqueda de Dios que se aparte de ese camino, sólo encontrará un ídolo.

Pero si Dios mismo nos hace saber eso, Su revelación nos lleva a cada uno de nosotros a proclamar lo mismo: “hay cosas en este mundo, más importantes que yo: que un hombre no escupa sangre…etc”. Hay una cosa más importante, mucho más importante que la ida a la luna, que el progreso tecnológico, que el triplete del Barça, el oscar de Penélope, o el sueldo inmoral de 25 millones de dólares de Fernando Alonso…

Si Dios existe, y es así como se reveló en Jesús, cabe imaginar lo que sentirá de nuestro mundo. Y tras el día mundial para la erradicación de la pobreza, no estará de más recordarlo, al menos por una vez, tras el vergonzoso fiasco de aquellos objetivos del milenio, que sólo se proponían reducir el hambre asistencialmente a su mitad en un plazo (creo que) de cincuenta años, y que al poco tiempo se declararon fracasados. Fracaso muy previsible si se hubiera recordado la frase de Gandhi: “la tierra produce lo suficiente para satisfacer nuestras necesidades; pero es absolutamente insuficiente para satisfacer nuestros caprichos”. Y nuestro sistema económico pretendía satisfacer esa necesidad primaria del hambre, dedicándose a producir para los caprichos de los ya satisfechos.

El cristiano podrá comprender, a la luz de lo dicho, la seriedad de la profunda afirmación de K. Barth (según muchos el mayor teólogo del s. XX): todo hombre a lo largo de su vida, lo sepa o no lo sepa, se ve confrontado con “el significado absolutamente transformador del hecho de que Dios existe”. Y quien no sea creyente, pero se considere hombre de buena voluntad, percibirá que esa enseñanza de Barth conduce necesariamente a la que, también por aquellas fechas, proclamaba E. Mounier: en el futuro (que ya ha llegado) los hombres no se distinguirán por si creen o no en Dios, sino por cómo se sitúan ante las víctimas del planeta.

Si las cosas son así, y yo creo que son así, me permitiré terminar con un par de interpelaciones.

La primera se dirige a los medios de comunicación. He dicho otras veces que la mayor responsabilidad de los medios hoy no está sólo en cómo tratan sus temas, sino en los temas que eligen tratar. Así pues, admirados Iñaki Gabilondo, Carles Barcino y otros: ¿cuándo van ustedes a comenzar sus noticieros diciéndonos con pesadumbre: hoy han muerto de hambre en la tierra más de 10.000 personas? Porque se trata de una cifra muy superior a las que puedan arrojar los accidentes de tráfico o de trabajo, o la violencia de género, o los muertos en cualquier terremoto. Y, ante esa desproporción, valen las palabras que Jesús dirigió a los que él llamaba fariseos-hipócritas: “aquello había que hacer, sin olvidar esto”. Es además un cifra que todos tendemos a olvidar cuanto antes, y por eso necesitamos que nos la recuerden.

La segunda interpelación se dirige a los cristianos: gran parte de los mártires que cosechó el cristianismo en el pasado siglo, lo fueron por haberse situado al lado de las víctimas de la tierra (obispos como Romero y Angelelli, Ignacio Ellacuría y sus compañeros, el secretario de Casaldáliga que cosechó una bala que iba dirigida al obispo…). No se entiende pues cómo los cristianos hemos apagado los ecos de aquella canción que hace treinta años nos llenaba las bocas con sus endecasílabos demoledores: “Su nombre es El Señor, y pasa hambre – y clama por la boca del hambriento – y muchos que lo ven pasan de largo – a veces ocupados en sus rezos… Está enfermo, está hambriento está desnudo – pero Él nos va a juzgar por todo eso”.

La Biblia comenzó a partir de una supuesta voz de Dios que decía: “he oído el clamor de mi pueblo”. Se cerró con otra voz que, desde la fe recobrada en Jesús, escribía: el clamor de los salarios que habéis defraudado a vuestros jornaleros llega hasta el cielo (carta de Santiago 5,4.5). Pero hoy por lo visto, y como escribió hace años Lipovetsky, ese clamor no llega a nuestros oídos porque los tenemos tapados por unos auriculares que nos conectan con alguna de las últimas chucherías electrónicas.

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