Mujeres, igualdad, sociedad e Iglesia

Mujeres, igualdad, sociedad e Iglesia

Amparo NavarroMe gustaría empezar con un relato del evangelio, una mujer, un vínculo con Jesús de Nazaret y una historia liberadora.

“Le seguía un gran gentío que lo apretaba por todos lados. Una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias, que había sufrido mucho en manos de distintos médicos gastando todo lo que tenía, sin obtener mejora alguna, al contrario, peor se había puesto, al escuchar hablar de Jesús, se mezcló en el gentío, y por detrás le tocó el manto. Porque pensaba: Con sólo tocar su manto, quedaré sana. Al instante desapareció la hemorragia, y sintió en su cuerpo que había quedado sana. Jesús, consciente de que una fuerza había salido de él, se volvió a la gente y preguntó: —¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le decían: —Ves que la gente te está apretujando, y preguntas ¿quién te ha tocado? Él miraba alrededor para descubrir a la que lo había tocado. La mujer, asustada y temblando, pues sabía lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. Él le dijo: —Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia” (Marcos 5, 24-34).

Se trata de una narración con un mensaje profundo y potente. Es el relato de una mujer que es la viva expresión del sometimiento e invisibilidad, de la sumisión en una sociedad que castiga a las mujeres por ser lo que son.

Una mujer enferma de hemorragias durante 12 años, de la que no conocemos ni su nombre y que tenía prohibido, por imperativo social y religioso, tocar y ser tocada. Su cuerpo era fuente de impureza y de pecado, de corrupción y de alguna manera de imperfección.

Era considerada impura y además causa de impureza para otros. Su ser era fuente de contaminación y de contagio. Se trata de una especie de callejón sin salida, donde no hay opciones ni expectativas, donde no hay escapatoria. Se trata de un “mal lugar sin posibilidades”.

Esta mujer encarna a los marginados y excluidos por una interpretación exclusivamente legalista de la Ley.[1]

Podemos hacernos una idea de hasta qué punto quedaban limitadas sus relaciones íntimas, sociales, laborales y religiosas (espirituales o de culto/ritual). Sin embargo, ella sabe que la acción que puede salvarla está claramente prohibida. Está convencida de que sólo una acción ilegal, indebida e ilícita puede salvarla y puede sacarla de ese “mal lugar sin posibilidades”.

La transgresión hace posible su liberación. De alguna manera se pone en peligro, pero es el riesgo necesario para entrar en una dinámica nueva y liberadora. Se trata de una desobediencia “profética” que favorece la emancipación de las propias dinámicas internas de silenciamiento.

Ante su miedo escoge la valentía, acercándose a Jesús para tocarle. Esto muestra la confianza en él y en sí misma. Su arrojo le devuelve la salud, le devuelve la energía y la fortaleza. Y Jesús reconoce su angustia y su valor devolviéndole la dignidad y dándole un espacio. La acción transgresora y desobediente la empodera. Jesús, acepta ser tocado y entra en la dinámica de sanación que la mujer inicia. La mujer es reconocida, aceptada, acogida y respetada.

El mensaje es este: el cuerpo de la mujer no es un espacio de peligro o de impureza. Por esto veremos a Jesús dejarse tocar de un modo absolutamente íntimo por mujeres. El cuerpo de las mujeres es para Jesús espacio sagrado.  Esta es la dinámica que hereda la comunidad primitiva, en la que las mujeres ocupan los lugares de servicio y también de responsabilidad y decisión.

¿Cómo avanzar en igualdad en la sociedad y en la Iglesia?

Necesitamos romper con estructuras de dominación y de subordinación y actuar desde esta valentía transformadora y proactiva de la mujer que sufre hemorragias del evangelio. Este es el camino para rescatar y defender de situaciones sangrantes a tantas mujeres. Una valentía transgresora que se compromete con la igualdad y la dignidad de las personas y que trabaja por dignificar a quienes han sido vulnerados.

La religión no es una abstracción, no nos aísla, no nos mantiene en el ámbito de las ideas. La religión no es una anestesia o un calmante. Nos es para el más allá, ni para otro momento sino para el aquí y el ahora. “No hay ningún pasaje en que la religión se vuelva opio del pueblo. Nada distrae hacia un más tarde, un más arriba, un más allá. Por ningún lado aparece un consuelo que vuelva a los consolados infieles a la tierra” (Dorothee Sölle).[2]

En estos momentos las cifras de pobreza son escandalosas: 1300 millones de seres humanos, según la ONU. Esta situación de pobreza y hambre en el mundo es la mayor demostración de falta de reconocimiento de los derechos humanos, y en este sentido, las mujeres son los rostros más vulnerados. Su vida discurre en una continua transgresión a sus derechos.

Como dice la campaña de Manos Unidas de este año “un tercio de las mujeres del siglo XXI no son como te las imaginas; ni independientes, ni seguras, ni con voz”. Ante este drama, la mujer se está movilizando a nivel planetario. Con movimientos que dan soporte a otras mujeres, que acompañan, que visibilizan, que dan reconocimiento y devuelven la dignidad. El desafío es convertirnos en consuelo, en alimento y también en grito. “Mirad algo nuevo ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Isaías 43, 19).

¿Qué hacemos en la Iglesia?

A finales del siglo XIX comienza en Estados Unidos un movimiento que asentó las bases de la teología feminista. La “Biblia de las mujeres” editada en 1895 fue un acontecimiento cultural y eclesial esencial (iniciativa de un grupo del mundo protestante fundado por Elisabeth Cady Stanton) que tenía el objetivo de interpretar la Biblia rompiendo con esquemas tradicionales y denunciando el sexismo lingüístico en la forma de nombrar a Dios.

Este movimiento contribuyó a que en los años 50 naciera la “teología de la mujer” que fue reemplazada por la teología feminista en la línea de las teologías de la liberación con una denuncia enérgica ante los modelos andróginos eclesiales. Este espíritu llevó a repensar acerca de la representación de Dios y los modelos de participación y representación en el seno de la iglesia.

En este sentido, el desafío de la teología feminista es el de trabajar por un liderazgo dinámico, que contagie, que integre, que acoja y que libere en la búsqueda del Reino y la transformación de este mundo.

Es urgente construir espacios de correspondencia donde se puedan generar sinergias ya que esto será siempre fuente de riqueza y de crecimiento global. Para ello es esencial contar con el criterio o el discernimiento de las mujeres en los órganos de decisión.

No se trata de “pensar en las mujeres”, o de “dar mayor participación a las mujeres”, no es una autorización o un permiso de lo que estamos hablando; sería absolutamente infantil. Las mujeres ya participan en la Iglesia y de la Iglesia, porque son Iglesia, somos Iglesia.

La exclusión de las mujeres en la dirección y el gobierno de la iglesia es una muestra de la comprensión que internamente se hace de la dignidad de mujeres y hombres (es una comprensión muy limitada y fragmentada). Se trata de un tema central; de nuestra propia comprensión como seres humanos y la reflexión tan restringida que hacemos a cerca de Dios que no deja de invitarnos en la Escritura a romper con estereotipos e ideas arraigadas que nos hacen muy difícil vivir en libertad y en esperanza.

Mi idea de ti siempre se rompe

Y creo que es señal de tu presencia

De que recorres lo que soy continuamente

Para que no me instale petrificada en un concepto

No puedo hablar de ti

Y no diré nada

Y sin embargo te escucho

En un balbucir que va y que viene

Dejando un rastro inconfundible

Verbo creador omnipresente.

***

[1] La mujer, cuando tenga su menstruación, quedará manchada durante siete días. El que la toque quedará impuro hasta la tarde. El sitio donde se acueste o donde se siente, mientras está manchada, quedará impuro… Levítico 15, 19ss

[2] Cofundadora de la llamada Oración Política Nocturna de 1968, activista del movimiento de paz.

Imagen extraída de: Pixabay

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