Romero de América y de las periferias. Notas para entender la canonización de un excluido en el pontificado de Francisco

Romero de América y de las periferias. Notas para entender la canonización de un excluido en el pontificado de Francisco

Gerardo Cruz González. “Si el grano de trigo no muere”. Jn 12,24

Monseñor Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 de un balazo en el pecho disparado por un francotirador perteneciente a un escuadrón de la muerte en el momento que oficiaba la misa en la capilla del hospital Divina Providencia en la capital de El Salvador. Sin duda un hecho importante para la Iglesia latinoamericana ha sido la canonización del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero el 14 de octubre de 2018. Este hecho, además de ser el reconocimiento a un pastor que estuvo del lado de los más pobres de su país, representa una forma de rectificar el camino para la Iglesia que muchos años mantuvo la vida de monseñor Romero desde la invisibilidad y la exclusión, hasta la injusta denostación.

Para Juan José Tamayo, monseñor Romero vivió en una especie de “clandestinidad eclesiástica”, la exclusión desde las estructuras y sufrió también un “arrinconamiento” para que no fuera elevado a los altares. Tamayo no carece de razón, esas fuerzas que obstaculizaron a Romero son las mismas que se niegan a transformar a la Iglesia, dejar la oscuridad intramuros para que esté en salida como lo propone el papa Francisco.

Hacia atrás, la canonización representa la oportunidad de hacer memoria, hacia adelante es responsabilidad y compromiso de ese legado y reta a la propia Iglesia a la audacia para no hacer de “el Santo de América” un santo de estampita y devoción emocional.

Romero es un santo que va más allá de las fronteras del catolicismo. La Iglesia Anglicana, antes que la Católica Romana, reconoció la santidad de monseñor Romero y su martirio. En la Abadía de Westminster, también conocida como la Iglesia Colegiata de San Pedro en Londres, fue colocada su figura junto a otros nueve mártires del siglo XX como Martin Luther King y el franciscano Maximiliano María Kolbe.

Hacia adentro, Romero, en cada discurso y homilía, en cada uno de sus actos, mostraba su deseo de una Iglesia de pobres para los pobres en la que los laicos tuvieran una participación en la consecución del bien común, la paz y la justicia. Precisamente en un reciente discurso, Francisco retoma nuevamente la figura de Romero para impulsar a la actividad política de unos jóvenes latinoamericanos. Les dijo: “En América Latina tenemos un santo que sabía bien de estas cosas. Supo vivir la fe como amistad y el compromiso con su pueblo hasta dar la vida por él. Él veía a muchos laicos deseosos de cambiar las cosas pero que muchas veces se extraviaban con falsas respuestas de tipo ideológico” (4 de marzo de 2019).

En caminos paralelos, el papa Francisco, quien ha sido claramente un decidido impulsor de la canonización de Romero, recibió una Iglesia anquilosada y en crisis. Su propuesta de reforma, como toda verdadera reforma, ha encontrado muchas resistencias de parte de quienes han vivido un cristianismo desencarnado, ahistórico, lejano a la realidad social y económica. Una Iglesia que está acostumbrada a un cristianismo al modo de aquellos que prefieren vivir centrados en sí mismos dando prioridad al culto y las expresiones sólo formales de los ritos que recubren las intenciones de ciertos privilegios de clérigos sobre el Pueblo de Dios.

Esa Iglesia esclerótica no es la Iglesia del Vaticano II, ni la de Medellín, ni la del papa Francisco, ni la de Romero, ni la del Reino. Precisamente este 13 de marzo se cumplen seis años de haber sido electo papa el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, hijo de la teología de la liberación en Argentina. Entre ambos, Romero y Francisco, corren ciertas coincidencias.

Por eso Francisco ha entendido que modelos de vida como el de monseñor Romero son importantes para responder las exigencias sociales que nos toca vivir. En estas formas de vivir la fe se elaboran preguntas que versan sobre el sentido de la historia y la responsabilidad de la Iglesia y los cristianos. ¿Tiene sentido apostar por vivir e impulsar un evangelio encarnado en las realidades económicas, políticas y socio-religiosas, o es mejor permanecer en la pasividad de una religión intimista? Si se opta por la primera posibilidad, se carga de sentido el evangelio y se actualiza el mensaje del Reino que trajo Jesús, pero está el riesgo, para quien la asuma, del martirio y la incomprensión. En ese lugar están el papa Francisco y monseñor Romero.

Las verdades de la fe, aprendidas en la teología, permitieron a monseñor Romero reflexionar el mensaje del evangelio; pero no renunció por ello a acercarse a los pobres, a los excluidos y a las víctimas. Antes bien, dichas verdades dan sentido al cristianismo que reconoce en los pobres y excluidos al mismo Jesús. Francisco, desde el inicio de su pontificado no ha estado en ningún momento lejos de esos mismos excluidos, de los que, según sus propias palabras, son víctimas de una “cultura del descarte”. En esas coincidencias es que podemos entender la importancia que reviste Romero para el papa.

Monseñor Romero, ha dicho el papa Francisco, fue mártir pero no sólo por haber sido asesinado, sino porque fue difamado en vida y, además, lo fue también después de muerto. Al recibir a una delegación de El Salvador en vísperas de la beatificación del obispo, dijo Francisco que siendo él mismo un joven sacerdote fue testigo de las difamaciones posteriores al asesinato de Romero. A tal grado llegó la incomprensión que “su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado”.

En una carta enviada al arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar Alas, también con motivo de la beatificación de Romero, Francisco dijo sobre el obispo salvadoreño que “tuvo la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo”. Eso mismo podríamos decir de Francisco. El papa ha tratado de alzar la voz profética por los descartados y excluidos de este sistema socioeconómico que desecha seres humanos de diversas maneras, y lo ha hecho desde las víctimas.

En esta misma línea, Jon Sobrino dice que en la teología del papa no hay tanta exégesis bíblica, ni crítica histórica. Romero, dice Jon Sobrino, tampoco la tuvo. En este sentido, Juan José Tamayo tiene la intuición de que ambos personajes comparten una actualización del evangelio, más cercana y preocupada por las víctimas que de los dogmas.

No podemos hacer de monseñor Romero una devoción piadosa, un santo de estampitas. Sobre el obispo Romero, Tamayo, a propósito de su beatificación, escribió en El País de España, que “urge recuperar su figura profética y liberadora, su teología de la liberación, su dimensión política subversiva”. Con la canonización nos conviene aprovechar su espíritu ecuménico, su voz profética que pone al centro a los pobres y reclama las más inhumanas injusticias aún a costa de la propia vida.

Bajo esta clave se puede comprender al verdadero Romero y también podemos entender lo que está pasando en la Iglesia y los ataques a Francisco. El papa ha tocado de modo significativo las estructuras anquilosadas de una Iglesia aburguesada y esclerótica, autorreferencial y que no quiere tener una lectura de la realidad histórica, sino que se atrinchera en una Iglesia fuera del mundo. Lo que sigue para el papa, como la experiencia de Romero lo puede confirmar, es la crítica y los ataques, la incomprensión e incluso la difamación.

La recuperación histórica de la figura profética de Romero tiene que ver con lo que dice el filósofo Carlos Díaz en el texto biográfico que sobre él escribió: “Donde abundó Auschwitz, [es decir la deshumanización más atroz], sobreabundaron Kolbe y Romero”.

El reto para la Iglesia con la canonización es lo que vislumbraba el propio Romero: “Nuestro muertos han de resucitar, y las tumbas de nuestros muertos que hoy están selladas […] un día serán como la de Cristo, tumbas vacías. Mientras tanto hay que luchar, hay que trabajar para que el mensaje de esa tumba vacía de Cristo ilumine de esperanza todo nuestro trabajo en la tierra” (Diario, 2 de abril de 1978). Tal vez, es una gran oportunidad con Romero y Francisco, para que la Iglesia salga de su propia tumba.

Imagen extraída de: El Telégrafo

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