La revolución de los cuidados. El 8 de marzo y la "cuidadanía"

La revolución de los cuidados. El 8 de marzo y la “cuidadanía”

Pepa TorresEmpiezo mi reflexión con un relato, porque creo que los relatos como las imágenes con frecuencia ejemplifican mejor la realidad que cualquier discurso. Aconteció durante una manifestación de apoyo a las personas refugiadas convocada bajo el lema «Queremos acoger ¡ya!». Un hecho imperceptible, que no recogió ninguna cámara ni ningún periodista, pero sumamente elocuente para el tema que tratamos aquí. La manifestación estaba dividida en dos partes. La primera iba encabezada por las grandes ONGs, sindicatos, algunas personalidades políticas y un pequeño número de personas migrantes. La segunda, por otro tipo de colectivos, menos institucionalizados, a la cabeza de ellos iban los manteros y lateros con una pancarta denunciando las agresiones de la policía municipal: «Sobrevivir no puede ser un delito». Entre la primera y la segunda parte de la manifestación algunas personas hacían de puente entre ambas. Entre ellas una mujer activista con su hijo, un niño muy inquieto de un año, que combinaba sus carreras en la marcha desafiando al cinturón de seguridad de la policía con sus juegos y el reclamo de los brazos de su madre. En uno de esos reclamos la mujer le cogió en brazos y el chico empezó a buscarle el pecho sin encontrarlo, por lo que empezó a llorar con fuerza.

Entre el nerviosismo de la manifestación y el intento de la mujer de no perder el ritmo de la marcha ni bloquear a los que venían detrás, madre e hijo no encontraban la postura adecuada para el amamantamiento y el niño lloraba cada vez con más fuerza. Por fin la mujer se paró y eso alteró el ritmo del grupo de manteros, produciéndose un cierto caos entre quienes llevaban la pancarta, hasta que Babu, uno de ellos grito al resto: «Hay que pararse ¿no veis que este niño tiene hambre y que su madre no puede darle de comer?». Los manteros se pararon y la mujer y el pequeño por fin pudieron coordinar bien sus movimientos. El niño se agarró bien al pecho, dejó de llorar y la marcha siguió nuevamente su ritmo. Este gesto del grupo de manteros y lateros de ajustar su ritmo y parar durante unos minutos la marcha por darle prioridad a la necesidad de cuidados de esta mujer y su hijo me parece sumamente gráfico y creo que puede ser una buena metáfora del reclamo que tantas mujeres
y hombres hacemos de que el cuidado y la sostenibilidad de la vida ocupe, el centro de la cultura, la teología, la economía, la política, etc., en lugar del capital o los mercados o la defensa de statu quo.

La «cuarta ola del feminismo»

En el contexto de este 8 de marzo y la segunda huelga general de mujeres convocada en todo el Estado, estamos siendo contemporáneos y contemporáneas de la «cuarta ola del feminismo», caracterizada por la deconstrucción del sujeto mujeres, la diversidad y la interseccionalidad; esto es, por una fuerte conciencia de que la opresión que sufre más de la mitad de la humanidad está atravesada por desigualdades y precariedades que sitúan a las mujeres en lugares muy diversos frente al patriarcado, el trabajo asalariado, los cuidados, el consumo, el ejercicio de los derechos, la formación…, por las diferencias de raza, clase, lugar de procedencia, edad y orientación sexual.

Los nuevos feminismos y, entre ellos, las teologías feministas, constituyen un grito global, transfronterizo y transcultural que planta cara al orden patriarcal, racista, capitalista, colonizador y depredador que violenta los cuerpos de las mujeres y el de la tierra con feminicidios y con el expolio de los recursos del planeta. Los nuevos feminismos forman parte de un proceso de transformación radical de las sociedades, de las culturas, de la economía, de las relaciones, etc. Proponen, en definitiva, otra forma de ver, entender y estar en el mundo, más allá de las impuestas por el poder hegemónico: un nuevo «sentido común» en el que en nombre de las diferencias (de clase, de raza, de género…) no se legitime la desigualdad, el empobrecimiento ni ninguna forma de violencia contra las mujeres. Reclaman una economía cuyo centro sea el cuidado y no el capital. Desde esta perspectiva, la reivindicación que hacen de la reorganización social del cuidado no constituye la vuelta a ningún tipo de esencialismo, sino que plantea la urgencia del sostenimiento de la vida más allá de los mandatos de género y de la división sexual del trabajo. «El cuidado» como valor y «los cuidados» como aquellas acciones que permiten, por un lado, que la vida se sostenga y, por otro, la reproducción social exigen la superación de una comprensión de las mujeres «como cuidadoras por naturaleza y renombrar la naturaleza masculina desde el cuidado».

El cuidado como la esencia de lo humano

La mitología clásica narra que en la formación del ser humano interactuaron dos dioses primordiales: la tierra (Gea), que le dio cuerpo y belleza, y el cielo (Urano), que le otorgó vida y energía. Sin embargo, para que el ser humano pudiese vivir como tal y mantener unido en sí mismo el cielo y la tierra –es decir, espíritu y trascendencia, materialidad e inmanencia–, debería ser acompañado por el cuidado durante todo el tiempo de su vida. El cuidado es, por tanto, la esencia de lo humano. Sin cuidado no hay vida.
Sin embargo, las culturas y sociedades occidentales presentan un gran déficit de cuidados. El capitalismo, con su racionalidad instrumental, su antropología individualista y autosuficiente, su modelo
de desarrollo competitivo, depredador y excluyente, violenta las relaciones entre las personas y, con la naturaleza, impone un modo de ser y estar en el mundo que bien puede denominarse «la dictadura del
modo de ser trabajo». Este modo se opone radicalmente a otra forma de estar en el mundo que es el «modo de ser cuidado». En el primero, la vida se mide según criterios cuantitativos de eficacia y eficiencia, y los espacios y tiempos se organizan a merced de los intereses de la productividad y el crecimiento económico. Su lógica es la instrumentalización de la naturaleza, el expolio de la casa común,
la negación de la vulnerabilidad del ser humano y las relaciones de interdependencia. En consecuencia, sus efectos no son solo la injusticia social, la inequidad de género y la crisis de sostenibilidad del planeta, sino también una tremenda soledad e infelicidad humana, porque el individualismo y la competencia terminan por ser una fábrica imparable de soledad y de vacío.

Frente a este modo de ser y estar en el mundo, el «modo de ser cuidado» es el mejor antídoto contra la indiferencia y el olvido de la alteridad; el mejor antídoto contra el frágil equilibrio del planeta y de
nuestras vulnerables vidas.

(…)

***

Para leer el Papel CJ completo haz click aquí.

Imagen extraída de: Pixabay

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.