Urgen las conversaciones cívicas

Urgen las conversaciones cívicas

Fernando VidalDesde que en 2004 se inventaron las redes sociales, la esfera pública se ha hecho más amplia y densa en datos, noticias y opiniones. Ya desde 1996 –año en que comenzó a operar Hotmail- las listas de correos electrónicos nos hacían llegar mucha más información y creaban cadenas de conciencia y solidaridad. Cada vez ponemos en circulación más sucesos, eventos, estadísticas, encuestas… La información con la que cuenta cualquiera de nosotros se extiende en todas direcciones.

Sabemos que esa información es vital para formar el relato que compartimos en toda la sociedad. Como dice el periodista Xavier Mas, “quien controla el relato, controla el mundo”. Estamos inmersos en lo que el sociólogo James Davidson Hunter denominó en 1991 “guerra cultural”. Cuando contemplamos el poder de los fake, las postverdades, el papel de los bots para influir en la percepción pública e incluso elecciones democráticas, parece evidente que estamos en estado de guerra, espionaje y sabotaje. En vez de una Guerra Fría, estamos inmersos en una guerra narrativa. La guerra cultural ha logrado que gane Trump, que nuestra amada Inglaterra se vaya de Europa con el Brexit y que el populismo se haya extendido por doquier.

La fanatización de una parte importante de las redes sociales va en la misma dirección. Los líderes de opinión tienen que soportar cada día en las redes duras campañas de acoso para atemorizarles. Trolls, bots, postverdades, fakes y memes son síntomas de que se ha abierto una nueva guerra cultural en la esfera pública.

Todo movimiento social busca cambiar las ideas y comportamientos de la ciudadanía y las instituciones para hacer un mundo mejor. Las ONG, universidades, organizaciones y todo tipo de agencias que forman parte de ese movimiento, cuentan con gabinetes de estudio y departamentos de comunicación que buscan impactar en la opinión pública y los centros de decisión. Generamos multitud de cifras, letras e imágenes destinadas a lograr el mayor impacto en el mayor número personas. Nos esforzamos porque la gente nos retuitee y los medios nos saquen en sus páginas. Y es necesario, pero no suficiente.

Hablaba hace poco con el pensador Sebastián Mora sobre la gran labor que realizó al frente de Cáritas Española durante los más duros años de la crisis. Los datos de FOESSA, las campañas públicas o la intensa presencia en los medios han impactado en toda la sociedad. Sin embargo, aunque reconocía el valor de todo esto, a Sebastián le parecía insuficiente. En su opinión, no basta con generar datos y noticias sino que hay que ser capaz de crear conversación cívica. Esta idea es clave para el futuro de la democracia.

Cuando viví en Boston, una de las cosas que más me influyeron fue el alto valor que se otorgaba a la conversación. La Filosofía de la Conversación es una estructura fundamental de la cultura estadounidense. Por eso la estrategia del populismo ultra siempre es romper las conversaciones con mentiras, provocaciones, denigrando al otro o levantándose de la mesa. El populismo siempre busca romper todas las mesas donde haya una conversación.

La Filosofía de la Conversación se aplica a todo: a las asambleas vecinales, a la pedagogía de la universidad, a la difusión de ideas puerta por puerta, a las campañas, a la pastoral religiosa, al debate político, etc. Muchos de los eventos que se organizan en una ciudad como Boston tienen como metodología la conversación: sentar a personas de ideas diversas a conversar sobre asuntos comunes.

Las redes sociales han permitido multiplicar las informaciones pero están muy lejos de hacer realidad su potencial de multiplicar las conversaciones. Quizás podríamos pensar que ha multiplicado todo lo contrario a la conversación: la mera autoafirmación, la descalificación y el insulto, la amenaza, la mentira… Las redes sociales son capaces de pulverizar cualquier conversación con una masa de mensajes de sabotaje. No pocos días termino cansado y desanimado porque a veces es difícil encontrar a alguien con quien dialogar en paz y discernir con cierta finura en las redes.

Por estas y otras razones, el papa Francisco ha puesto en el centro de su mensaje el mundo la cultura del encuentro. Lo cuenta el jesuita Julio Martínez en su nuevo libro en Sal Terrae, precisamente titulado La cultura del encuentro, destinada a hacer caer todos los muros que dividen y transformar las diversidades en lugares de creación.

Las conversaciones cívicas son una herramienta esencial para la Cultura del Encuentro. Una conversación cívica es compartir y discernir la diversidad de pensamiento sobre un asunto común. En la conversación uno no solamente comunica sino que comparte lo que el otro transmite. En toda verdadera conversación hay una dinámica de empatía, de conocimiento interno de lo que el otro es, siente, piensa y hace. La conversación no se mueve a la persuasión sino al encuentro con la verdad en el otro. Una conversación puede implicar discusión pero es mucho más que un torneo de debate, forma una comunidad de conocimiento, aunque sea temporal.

No es posible descubrir el bien común y las verdades universales sin conversación. De hecho, si quiere cumplir su función, la universidad debe ser también conversidad. Pero incluso en las universidades se ha degradado el ambiente de conversación académica, científica o meramente cultural. Es absolutamente urgente e imprescindible recuperar el hábito de la conversación, tanto digital como presencial.

Puede haber diferentes iniciativas. Queremos destacar una que conozco precisamente en Boston. Desde 1989 existe una plataforma conocida como Public Conversations Project (PCP), dedicada a crear relaciones, diálogo y comprensión entre grupos con visiones opuestas en asuntos públicos cruciales. Es clave el tiempo que dedican a preparar a cada una de las partes para el diálogo, así como a cuidar los propios encuentros. El método conversacional que emplean está dirigido a reducir la polarización, la estigmatización o la acritud. Por el contrario, favorece la atención, la escucha o el reconocimiento. El método se denomina “Reflexive Structured Dialoge” (RSD) y consiste en un delicado proceso donde resaltan el cuidado del otro, el arte de preguntar, el respeto a la diversidad y el compromiso con el bien común.

El PCP es una iniciativa de la organización Essential Partners, donde se puede hallar una amplia información sobre el método y su actividad. Quizás los jesuitas e ignacianos deberían poner en su agenda esta misión que implica tanto a la capacidad de discernimiento y la reconciliación. Quizás las universidades pudieran ser una buena plataforma para fomentar esa filosofía de la conversación. Quizás las ONG y movimientos sociales tenemos que hacer mayor esfuerzo en crear conversaciones cívicas que realmente transformen el corazón, la razón y la acción.

En todo caso, tenemos que hacer un especial esfuerzo en abrir grandes espacios de escucha y diálogo en las redes sociales donde solamente sea posible interactuar desde el espíritu de la conversación.

Nuestro futuro como democracia nos la jugamos en la capacidad que tengamos para generar conversaciones cívicas. No solamente en los centros de decisión o entre líderes de opinión, sino sobre todo en la base, en los vecindarios y comunidades primarias donde transcurren nuestras vidas. En una civilización progresivamente amenazada por la división y el individualismo, es imprescindible construir puentes y tierra común. El primer paso es sentarnos a una conversación cívica. ¿Hablamos?

Imagen extraída de: Pixabay

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