¿Con o sin?

¿Con o sin?

Pino TrejoPuede que todo quede reducido a la opción de elegir entre dos preposiciones: con lactosa- sin lactosa, con gluten-sin gluten, con azúcar-sin azúcar, con conservantes-sin conservantes, con colorantes-sin colorantes… o al menos fue lo que pensé cuando al querer comprar un pan de molde con corteza, me contestaron que sólo tenían SIN y, si quería CON, tenían que encargarlo.

Ese hecho me confirma que, lo que hasta ahora consideraba “lo normal”, “lo de toda la vida” (que el pan tenga corteza) se ha vuelto excepcionalidad… para mí, porque si le preguntamos a los más jóvenes nos dirán todo lo contrario (que no la tenga).

Entonces, ¿qué es lo normal? Parece ser que la normalidad consiste en el poder elegir entre una extensa gama de productos de todo tipo dentro del supermercado en el que se ha convertido este mundo; y nuestro único y exclusivo papel consiste en pasearnos por sus pasillos mirando, cogiendo y llenando el carrito de los preciados objetos que harán más llevadera nuestra vida.

Creemos firmemente que este acto nos hace más libres porque nos da la oportunidad de escoger. Nos convencemos de que somos alguien por el hecho de ejercer nuestra libertad sobre las marcas que nos vende el mercado, porque siguiendo esta corriente no nos sentimos excluidos, no desentonamos, sino que cantamos a coro las excelencias de un sistema que dirige toda su propaganda para mantenernos en el carril del consumismo.

Hemos interiorizado tanto este estilo de vida, que nuestra identidad la han ido cambiando, porque, aunque consumir no encierra en sí misma ninguna maldad, sí lo es el que consideremos todo como objeto de consumo: emociones, relaciones, ideas, incluso a las personas; y que, por tanto, a todo le apliquemos las características de lo consumible: elegible, flexible, sustituible y prescindible. Sin casi darnos cuenta, miramos la realidad desde este prisma, desechando lo que no cumpla con estos requisitos.

Pero nos movemos en una vorágine competitiva donde llueven las ofertas y de todo tipo. Así que esas cuatro características se quedan cortas, por eso ha entrado en juego una quinta, que permite desempatar ante las posibilidades que se nos presentan: lo más barato y con las mismas prestaciones.

Con esta intención surgen las empresas low cost, la economía de plataformas, la mal llamada economía colaborativa… y las múltiples aplicaciones que la sustentan. Hemos elevado a otro nivel las relaciones económicas y laborales. Ahora todo es a golpe de click sin pensar mucho en las consecuencias de nuestros actos.

Aceptamos que se nos facilite tanto la vida, que no tengamos que salir a buscar la comida, pedir un taxi o ir a una agencia de viajes a reservar vuelo y hotel… pues todo lo podemos hacer desde el smartphone… para eso son smart, ¡inteligentes!

Nos alegramos porque se nos ponen a nuestro alcance muchos productos, servicios e incluso emociones para elegir. Si no nos gusta, lo devolvemos o buscamos otro que sea mejor, que me produzca más satisfacción, que esté al alcance de mi bolsillo o, simplemente, prescindimos de él. Esta práctica tan habitual en nuestro día a día está poniendo en peligro nuestra humanidad. No, no exagero.

Pensemos un momento en lo que se esconde detrás de esta situación. Detengámonos en el uso de en una de esas aplicaciones por medio de la cual encargamos la comida de nuestro restaurante favorito. Por supuesto resulta más cómodo que te lo lleven a la puerta de tu casa y disfrutar de esos manjares viendo la tele en zapatillas y pijama. Después de un largo día de trabajo quién se resistiría a tal placer.

Hasta aquí todo “normal”: ante una necesidad, la de comer, y un deseo, el de descansar, he elegido entre las diferentes opciones en el mercado. He ejercido mi libertad y mi derecho a decidir. Pero no he tenido en cuenta las repercusiones que tienen mis actos en los demás.

He escogido la precariedad laboral, que seguramente yo mismo sufro, porque quien me llevó la comida trabaja como autónomo para una empresa que dice que no tiene trabajadores, que le controla mediante una aplicación que sabe exactamente en qué sitio está y cuántos kilómetros ha recorrido, que le paga por pedido y no por horas trabajadas, es decir, que no cuenta los desplazamientos que forzosamente tiene que realizar para hacer las entregas. Que no puede permitirse el lujo de ponerse enfermo, ni sufrir un accidente laboral. Que difícilmente podrá irse de vacaciones o tener una pensión cuando le llegue el momento de la jubilación… si le llega. Que para conseguir este empleo ha tenido que pagar su alta en la aplicación, la caja para llevar los pedidos, comprarse una bici… Que probablemente será alguien con grandes dificultades para acceder al mercado laboral y que, por lo tanto, este empleo constituya su única fuente de ingresos.

El optar por esta vía, igual que las otras plataformas que te ofrecen servicio de transporte más barato, fabulosas casas en cualquier país al que decidas viajar y vuelos tirados de precio, son a costa del derecho a un trabajo y a un trabajo digno, pues se reducen gastos en recursos humanos para mantener un alto nivel de beneficios y seguir aumentando las cuentas en paraísos fiscales.

Nuestra forma de consumir marca, cada vez más, la diferencia e incide en el tipo de sociedad y persona que queremos construir. Y esa debería ser la verdadera elección que nos debería importar. Porque lo que no podemos es seguir ejerciendo una libertad que nos deshumaniza y genera nuevas formas de esclavitud, que destruye el planeta, nos aísla de los demás, nos lleva a desentendernos de sus vidas, siendo indiferentes al sufrimiento y las injusticias, olvidándonos de que somos seres sociales que necesitamos cuidar unos de otros.

Y relacionarnos… pero claro, ¡para esto también hay una app!

Imagen extraída de: Pixabay

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