¿Qué es el amor? (2): El amor de consumo en la familia y la pareja

¿Qué es el amor? (2): El amor de consumo en la familia y la pareja

Nicolás Iglesias MillsLas relaciones de pareja que hemos ido construyendo como sociedad, el matrimonio, el pololeo, el noviazgo, y otros tipos de vínculos que nos hemos esforzado en ubicar con la palabra amor, han sido también excusas para que emerja el patriarcado, una relación sumida por lógicas que todavía no superan la modernidad y el colonialismo. Colonizamos al otro en una conquista parecida al 1492.

A mi pareja le digo numerosas veces “mi amor”, y esta expresión tiene en su entramado dos significados: que el amor se puede poseer, porque es mío, y que se encarna en una persona que yo he conquistado. Al decirle “mi amor”, indirectamente (casi sin quererlo) le estoy exigiendo que sea mía. Atención, porque desde esto al “la maté porque era mía”, no existen tantos pasos. El amor se entrevé, entonces, en una sociedad de consumo y machista.

Es bien sabido que hemos podido confundir numerosas veces enamorarse con amar, pero el enamorarse es en sí una idealización de la persona, que implica necesariamente una exigencia de que el otro cumpla con determinados estándares que rozan (a veces) con la perfección. Este enamoramiento es tomado muchas veces como estrategia de márquetin, y la vida idealizada del cigarrillo de Marlboro, o la meritocracia del auto de Chevrolet, te enamoran. De alguna manera me estoy vendiendo al otro.

Enamorarse es bonito, pero no es amor. En la pareja, para pasar del enamoramiento al amor debemos aceptar al otro sin la necesidad de que justifique su existencia, es decir, de que realmente no sea otro con todas los errores que pueda cometer[1]. Por eso es que es imposible amar si estamos constantemente en un “estoy con él/ella porque sé que puede cambiar”: es una apuesta a futuro que lleva como base exigencias a un otro que se parecen más a un quiosco que a una relación de pareja. Nos es muy difícil entender que una pareja se hace de a dos, y que el amor se  construye entre dos, y al mismo tiempo de a uno. Nos alejamos del encuentro cuando le exigimos al otro que sea de una u otra  manera.

Al hombre, en cierto sentido, le pasa esto numerosas veces desde una postura de poder. Debemos reconocer el machismo en el enamoramiento y en la exigencia de que la mujer sea de determinada manera. Ejemplo de esto puede ser que como hombres nos manifestemos dentro de un movimiento feminista sin haber pasado antes por una reflexión conjunta que asuma que históricamente nuestro inconsciente ha sido educado en nuestro rol de poder y desestructurarlo.

Muchas veces me he cuestionado dentro de mis parejas cómo les exigía ser de determinadas maneras sintiéndome ofendido por lo que, incluso muchos, pueden haber considerado una ofensa absoluta. ¿Qué pasó cuando, años atrás, tenía una pareja que decidió estar con otra persona mientras yo estaba de viaje? Me pidió perdón, fue lo más hermoso que escuché en mi vida y no le tengo ningún tipo de rencor. Pero, ¿qué pasó, años más tarde, cuando tuve otra pareja que era excesivamente celosa? Me ha costado años, hasta este momento, asumir que yo también consentía y asumía esto, pensando que ella iba a cambiar. Le estaba exigiendo, en un amor capitalista, que sea como no era. En definitiva, en los dos casos era yo, como hombre, que decidía qué era el amor.

En la sociedad pasa algo parecido, nos damos cuenta de que las exigencias e idealizaciones que teníamos para con nuestro gobierno, o nuestro Estado (incluyéndonos) no se cumplen. Esto nos enoja, y nos hace demandar que este sea de otra manera. No hay amor, y nos es imposible reconocernos dentro de esa exigencia, en un cambio intrínseco como sociedad. Es más fácil siempre culpar al gobierno.

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[1] Exceptuando todo tipo de violencia.

Imagen extraída de: Pixabay

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