Afortunado

Afortunado

Santi TorresEn el mundo de las distopías y de las realidades virtuales y paralelas, de vez en cuando uno tiene el gusto de encontrarse con películas como Lucky (2017), opera prima del actor y director John Carroll Lynch. Una especie de western sin pistolas donde la única violencia es la de la misma vida, la que surge fruto del ciclo natural del envejecimiento y la perspectiva inevitable de la muerte. Un realismo que fue más allá de la película, ya que el actor protagonista, Harry Dean Stanton, de 91 años murió pocos meses después del rodaje.

Lucky es esto, la historia de un viejo con muy buena salud, en un pueblo perdido en medio de la nada, que combate el pensamiento de la muerte con ejercicios gimnásticos, café, rutinas muy estrictas, crucigramas y concursos televisivos. Un día, sin embargo, en medio de su rutina matutina se cae sin ningún motivo aparente y, a partir de allí, se desencadena todo un proceso, tremendamente humano que le lleva a hacer balance de su vida desde la perspectiva de su muerte. De la indignación a una progresiva humanización, donde sus vecinos, en un principio meros espectadores de sus rutinas, juegan un papel fundamental, simplemente estando.

El título parece al principio una ironía. Lucky no tiene motivo alguno para sentirse afortunado. Solo, viejo, pobre… pero poco a poco vamos descubriendo su secreto: Lucky es afortunado porqué ha llegado a experimentar el significado de una de las palabras que ha encontrado en uno de sus crucigramas: la palabra “realismo”. La aceptación de su situación, y una aceptación primero combatida pero después reconciliada, es la que lo humaniza y lo acerca a los otros.

Es la paradoja tantas veces experimentada de cómo la autosuficiencia que no nos deja apoyarnos en nadie, o cualquier imagen ideal (lo que pudo haber sido y no fue), no nos dejan vivir ni gustar la realidad. Lucky solamente tiene un motivo para sentirse afortunado: su humanidad necesitada que conecta con la profunda humanidad de los otros, especialmente aquellos que alrededor suyo, no tienen otro motivo para sentirse afortunados que su propia vida.

Como en muchas otras películas, el lugar donde se formulan las reflexiones filosóficas es la barra de un bar. Lucky comparte barra con un amigo, protagonizado magistralmente por David Lynch. Un amigo que está triste porque su mascota, una tortuga galápago de nombre “Presidente Roosevelt”, se ha ido de casa. La tortuga y la reflexión que sobre ella se desencadena se convierte en una metáfora de la propia realidad. “Lo que todos veis en las galápagos es su lentitud, pero yo lo que veo es el peso que carga a sus espaldas. Es para protegerse, sí, pero al final será el ataúd donde acabará enterrada. Y ha de arrastrarlo toda su vida. Vosotros os podéis reír, sí, pero a mí esto me conmueve”

Lucky vivirá seguramente menos años que la tortuga, pero se ha librado de su caparazón, el caparazón del resentimiento, de la amargura. Lucky ha entendido, en una lectura no creyente de su vida, que lo que hay es lo que hay, y que lo que hay solamente tiene sentido si se vive abierto a los otros.

Lucky, en definitiva, es afortunado porqué la vida no ha conseguido doblegarle la sonrisa.

Imagen extraída de: RTVE

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