La familia: calor de los derechos humanos

La familia: calor de los derechos humanos

Joan-Maria Raduà HostenchHoy se cumplen los setenta años de la proclamación de la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. La Declaración Universal de los Derechos Humanos es una recopilación de los derechos fundamentales de todas las personas que fue proclamada por las Naciones Unidas cuando hacía tres años que había terminado la Segunda Guerra Mundial. Esta Declaración nació como respuesta de la comunidad internacional para evitar que se repitiera la barbarie y el menosprecio de los derechos humanos sufridos en aquella guerra.

Aunque la eficacia de la Declaración depende de que sea asumida y puesta en práctica por cada Estado, no es menos cierto que a la vez es una llamada moral -no sólo para los Estados sino también para cada persona- a reconocer en los demás la dignidad humana. En el caso de los cristianos se convierte, además, en un llamamiento especial a reconocer en los demás la dignidad de ser hijos e hijas del mismo Padre.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos recoge una concepción común de derechos y libertades asumida por todos los Estados firmantes, y para hacerlo parte, tal como dice su propio Preámbulo, del “reconocimiento de la dignidad inherente y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana, que es el fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo”.

La Declaración considera a todas las mujeres y a todos los hombres como miembros de la familia humana dotados de una dignidad inherente y, por tanto, iguales en derechos. Por eso el primer artículo proclama que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Son dotados de razón y conciencia y deben comportarse fraternalmente con los demás” y, también, el artículo tercero afirma que “toda persona tiene derecho a la vida, a la libertad y a su seguridad”.

En una sociedad en constante movimiento y cada vez más globalizada, pero a la vez con graves diferencias, injusticias y desigualdades, la Declaración Universal de los Derechos Humanos es cada día más vigente y debe servirnos de guía para comportarnos individual y comunitariamente, pues todas las personas formamos parte de la “familia humana”.

En realidad, cada uno de nosotros y también cada una de nuestras familias está llamada a hacer real esta fraternidad de la “familia humana” en igualdad, libertad, justicia y paz.

La familia doméstica, como primera semilla de la “familia humana”, está llamada a ser motor de fraternidad.

La propia Declaración Universal reconoce en su artículo 16 que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad” y, por ello, insta a los Estados a protegerla. Este mismo artículo reconoce el derecho de los hombres y las mujeres a fundar una familia en la que disfrutarán de iguales derechos. Así pues, dentro de la familia no puede haber ninguna discriminación entre sus miembros, hombres y mujeres, hijos, hermanos, abuelos, ni tampoco en la familia más extensa.

Otros artículos de la Declaración Universal también hablan de la familia. Así, el artículo 23 nos dice que todo el mundo tiene derecho a un trabajo que le “asegure a él y a su familia una existencia conforme a la dignidad humana”, y el artículo 25 dice lo mismo respecto a la salud, el bienestar, la alimentación, el vestido, la vivienda y la asistencia médica para todas las familias.

La familia doméstica está formada por lazos de amor y solidaridad recíproca entre todos sus miembros y fundamentada en la igualdad de derechos y el respeto a la dignidad de todos sus miembros. Para los cristianos, además, la familia es un lugar especial para disfrutar y compartir el amor del Padre, y por eso la familia está llamada a ser parte fundamental del Reino del amor que Dios nos tiene.

Ahora bien, este amor y solidaridad no debe limitarse sólo a los miembros de la familia estricta, sino que debe transmitirse a la sociedad. Como ha dicho el papa Francisco: “Las familias cristianas no pueden olvidar que la fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él… Cada uno de nosotros tiene un papel especial que desempeñar en la preparación de la venida del Reino de Dios. La familia no puede pensar en sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí misma en la búsqueda solidaria. Así se convierte en un nexo de integración de la persona con la sociedad y en un punto de unión entre lo público y lo privado. Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales” (Amoris Laetitia, 181).

La Familia de Nazaret es el mejor ejemplo de esta actitud. Así, si recordamos la primera actuación pública de Jesús, en las bodas de Caná, se inicia con la mirada atenta y compasiva de María hacia las necesidades de los nuevos esposos, continúa con su petición amorosa a su Hijo para que actúe, para que el amor que Madre e Hijo se tienen se manifieste y se proyecte en los demás. En este caso, el amor de la familia de Nazaret se da y se derrama en la nueva familia de Caná.

Así pues, nuestra concreta familia está llamada a ser calor del amor de Dios entre sus miembros, es decir, un espacio de convivencia en el respeto, la solidaridad, el ofrecimiento, el diálogo, el perdón, el compartir las alegrías y tristezas, y la atención a las necesidades de todos sus miembros en todas las etapas de su vida y en todas sus circunstancias personales. Igualmente, la familia también debe ser calor para la transmisión de valores a los hijos y de reflexión activa de todos sus miembros para construir lazos de paz y fraternidad en la sociedad. Comenzando desde dentro para salir fuera, yendo hacia las fronteras de nuestro mundo.

Imagen extraída de: Pixabay

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.