Por una conciencia ecológica

Por una conciencia ecológica

Javier Arregui[Estris] Uno de los mayores desafíos al que nos enfrentamos en el siglo XXI es, sin duda, el problema medioambiental y, en particular, el cambio climático, que ya está aquí. Se trata de un toque de atención del que muchos no parecen querer darse cuenta: la vida es vulnerable y finita, es precaria, si no se tiene cuidado, no es viable. Si hemos llegado hasta aquí, ha sido por un alejamiento progresivo de la naturaleza de la que formamos parte. El significado de naturaleza ha cambiado con el tiempo. El hombre antiguo nunca disoció dioses, hombres y naturaleza. Todos ellos compartían ser y destino. La naturaleza, como cualquier forma de vida, es portadora de dignidad y, en consecuencia, de normatividad. Los estoicos acuñaron una hermosa palabra, oikeiosis, que pertenece a la familia semántica de oikos, que significa casa y sugiere sentido de pertenencia con la naturaleza, convirtiendo a ésta en fuente de amor y de empatía. Nuestro alejamiento de la naturaleza está relacionado con la progresiva emergencia de la ideología del consumo y del materialismo, en la última centuria. Esta ideología del consumo requiere y exige, entre otras cosas, relativismo moral como código de conducta. Éste es una huida, y una huida es siempre la peor forma de salida. Además, supone admitir la incapacidad de unir en una posición moral. Mejor guiarse por una sabiduría moral que por la razón. La razón nos ha insensibilizado moralmente durante décadas. La autocomplacencia, esencial para el consumismo, abomina cualquier principio moral que tenga profundidad. Tal como Skolimowski argumenta, la ideología del consumo permite razonar y tomar decisiones evitando supuestos normativos, y por tanto, tratando de evitar la moral y la ética: “¡Vacaciones morales para todos!”.

Pensar con claridad y con rigor es un requisito previo para actuar correctamente. Una de las raíces de las múltiples desgracias que nos inquietan es que no tenemos una visión del mundo. Es decir, la deficiencia de la manera en que interpretamos la naturaleza conduce a la deficiencia en nuestra relación con ella. Tal como expone T. S. Elliot “una concepción errónea del universo conlleva en algún punto una concepción errónea de la vida, y el resultado es un desastre inevitable”. El hombre tiene que volver a aprender a interactuar con la naturaleza. Hay que liberar la naturaleza de su mera condición de objeto para reconocerla como sujeto de derechos. La naturaleza no deja de ser y de actuar como un organismo viviente donde cada una de las partes adquiere valor en relación a las otras.

Los problemas ecológicos nunca se resolverán adecuadamente por la tecnociencia. Sus implicaciones económicas y políticas exigen la cooperación de las humanidades, especialmente de la ética. Hay que transformar nuestra actual conciencia mecanicista en una conciencia ecológica. La resolución de nuestros problemas medioambientales y ecológicos se encuentra en la estructura misma de nuestros valores. Si no aceptamos algunos valores fundamentales, no hay edificio posible. Los valores informan y guían nuestras acciones. De ahí la urgencia en la necesidad de hacer una síntesis de valores éticos y hacerlos nuestros. Señalaré sólo tres valores ecológicos fundamentales:

1) Austeridad. Nos ayuda a disfrutar la gratuidad y el relieve de las cosas importantes como la amistad, la alegría interior o la libertad individual. Lo que da valor a las cosas es nuestra conciencia. Además, la austeridad no debe entenderse como abnegación o pobreza impuesta, sino como la capacidad de vivir una vida rica en propósitos utilizando medios modestos.

2) Reverencia. Éste es un valor clave que tiene un componente ético y otro cognitivo. La reverencia está relacionada con el nivel de conciencia que tenemos en relación al prodigioso desarrollo evolutivo. Cuando somos conscientes del tapiz exquisito de la evolución y de la mente humana, sólo podemos reaccionar con reverencia y admiración. Dicho de otro modo, la reverencia puede surgir de un acto de comprensión profunda. La sanación del planeta y la reparación de bienes ecológicos exigen esta comprensión profunda así como un sentimiento de compasión. Por otra parte, la ética es una extensión de la idea de reverencia.

3) Responsabilidad. La racionalidad sin responsabilidad es algo monstruoso. La responsabilidad actúa como vínculo espiritual que convierte la ética en la fuente que da sentido a la vida.

Somos responsables no sólo de las consecuencias inmediatas de nuestras acciones, sino también de las que se producen a largo plazo. Sin embargo, a nuestros contemporáneos no les gusta examinar las consecuencias de sus actividades a largo plazo.

Imagen extraída de: Pixabay

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