El exilio de Dios

El exilio de Dios

Víctor CodinaEl exilio de Dios (Fragmenta, 2017) es una de las últimas publicaciones de Lluís Duch, monje benedictino de Montserrat que murió el 10 de noviembre a los 82 años. Se trata de una obra de madurez, fruto de largos años de trabajo y reflexión intelectual en el mundo antropológico y teológico. Por ello, como un pequeño homenaje a su memoria, presentamos los rasgos fundamentales de este libro, a pesar del riesgo posible de traicionar y empobrecer su rico y denso pensamiento.

Según Duch, la crisis incontestable de las iglesias europeas no es lo más preocupante, sino que esta crisis es consecuencia secundaria de la crisis de la imagen del Dios de la tradición judeocristiana. Dios se ha convertido en un extraño en su casa, es un Dios ajeno, distante, en el exilio, y para muchos, inexistente; la modernidad ha socavado todas las certezas que se daban por descontadas. ¿Significa esto que Dios ha dejado de tener eficacia en la vida privada y pública?

El hombre no puede ser extra-cultural. Hoy se impone sobre el hombre y sobre Dios una cultura post-colonial, híbrida, sincretista, con inestabilidad de paradigmas. El Dios de Abraham y el Dios Padre de Jesús no se identifica con ninguna figura estática y metafísica. La historia de Europa es cristiana por su origen y anticristiana por sus resultados. Ha habido un cristianismo histórico muy evangélico. ¿Cómo volver a serlo hoy?, se pregunta Duch.

Hay una pérdida de la memoria, de la tradición cristiana, y se produce un hecho nuevo: separación entre Dios y religión. Si hace unos años se hablaba de un Dios sin religión, hoy se habla de una religión sin Dios, una religión a la carta, en las profundidades de uno mismo, esotérica, psicología en lugar de sociología. También se produce una feminización de Dios frente al Dios patriarcal de Occidente, hay que hablar de una materpaternidad de Dios.

Por otra parte, el capitalismo se ha convertido en la religión de hoy, la plenitud escatológica depende de la cartera y del consumo, pero no se habla del amor, que es el misterio que une Dios y los hombres.

En los años 50-60 se ha hablado mucho de secularización, desacralización de la vida, mundanización, desencanto del mundo, laicización de la vida. Hoy esta temática ha perdido interés y se ha difuminado; vivimos en el marco de la globalización, en el marco de una hibridación de la cultura. Lo que se ha producido en Occidente es una estatización de la naturaleza y del cuerpo humano, y una mitificación de la técnica, la economía, los mass media, con tendencias idolátricas. La idolatría no es nunca un fenómeno del pasado.

En la sociedad líquida de hoy se ha perdido el sentido escatológico de la salvación y del progreso en la historia, y se ha caído en la gnosis, que liquida la preocupación ética contra las injusticias y cae en el individualismo exacerbado, una iluminación y salvación interior, una experiencia de sí mismo, del yo, prospección psicológica, auto-salvación, revuelta contra el tú y el nosotros, inaceptación de la imagen de Dios tradicional.

Hay que decir que nuestro acceso a Dios siempre es mediado y simbólico y que la imagen que el cristianismo ha tenido de Dios ha sido siempre una traducción cultural.

¿En qué consiste el imprescriptible cristiano, el núcleo del evangelio de Jesús de Nazaret y de la correspondiente imagen de Dios?, se pregunta Duch. Estamos ante un proceso de desempalabramiento del Dios de la tradición judeocristiana occidental. Según la perspectiva antropológica, el imprescriptible cristiano debe ser algo estructural compartido por todos los seres humanos, fundamentado en el Espíritu Santo, que hace que todas las criaturas sean capaces de Dios como criaturas del mismo Padre del cielo. Pero esta capacidad estructural debe encarnarse en el tiempo y el espacio, aunque el uso de imágenes siempre es ambiguo y en lugar de construir iconos pueden convertirse en ídolos.

Según Lluís Duch, el imprescriptible cristiano es el cuidado del otro: el Otro en mayúscula, que es Dios y también cualquier ser humano. Dios-en-sí es inefable, inapalabrable, pero Dios en Jesucristo ha querido mostrar su cercanía al ser humano, con toda su ambigüedad, y por ello lo podemos descubrir en los pequeños (Mt 25,40). A Dios no lo podemos descubrir desde un a priori metafísico y ontológico ni desde un a posteriori simplemente moral, jurídico o litúrgico, sino fundamentalmente ético. Jesucristo, con su encarnación ha desacralizado lo sagrado y ha sacralizado al hombre.

A menudo pensamos que Dios sólo se hace presente en los explícitos de nuestra religión, pero Dios se hace presente en los implícitos y las alusiones, porque sus caminos no son nuestros caminos, Dios se hace presente siempre de incógnito. En nuestro tiempo y espacio concretos, la aproximación al otro y su reconocimiento son la gran oportunidad que Dios nos ofrece, en el mismo movimiento en que hacemos memoria de Él y hacemos memoria del prójimo. En cambio, el alejamiento del otro o su negación son muestras indiscutibles del olvido de Dios y del prójimo.

Dios es experimentable por las gramáticas de todos los tiempos, pero la gramática de la fraternidad universal es la única que puede empalabrar en un mismo movimiento el Padre y todos los seres humanos. La gramática del amor, a diferencia de todas las demás, que suelen ser exclusivas y autorreferenciales, es inclusiva y defensora de la igualdad en la diferencia. El verdadero conocimiento de Dios, concluye Duch, consiste en la praxis cotidiana de la misericordia, que es, en realidad, conocimiento de Dios a través del reconocimiento del prójimo (próximo).

Ahora Lluís Duch, que quiso siempre empalabrar el mundo, estará disfrutando al encontrarse sin palabras ante la Palabra única de Dios que expresamente se ha manifestado en Jesús de Nazaret. Mientras nosotros agradecemos su maestría y el testimonio de su fecunda vida.

Imagen extraída de: Ara.cat

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