Entre el miedo y la esperanza, a propósito del auge del totalitarismo (1)

Entre el miedo y la esperanza, a propósito del auge del totalitarismo (1)

Francisco José PérezEl auge de los totalitarismos se ha convertido en un signo de los tiempos actuales, de un presente que asoma ya algunas tendencias del futuro en marcha. Un totalitarismo que nos cuesta entender y analizar, también a las organizaciones que se definen progresistas, y quizás por ello abundan explicaciones simplistas, como que el auge de personajes como Trump, Putin, Orbán, Salvini, Bolsonaro… es fruto de la locura de unos cuantos individuos, que llegan al poder a través de astucias y engaños; o que su auge obedece a la falta de madurez política o democrática del pueblo.

Rara vez se hace un esfuerzo por indagar las razones que lleva a millones de votantes a poner su confianza en esos gobernantes y se recurre al simplismo: deterioro de sus condiciones laborales y socioeconómicas, incremento de su inseguridad… Una insuficiente lectura de lo que está pasando que puede estar relacionada con esa conciencia de irresponsabilidad que surge ante los hechos complejos y que lleva a que ni las personas ni las organizaciones quieran reconocer su implicación, por pequeña que sea, que conllevaría autocrítica y cambios en las propias prácticas.

En una entrada anterior, Nuestra humanidad amenazada, proponía una reflexión acerca del auge de la extrema derecha en clave de proceso de deshumanización; un proceso que lejos de verse contrarrestado por esa la ola de movimientos de protesta que desde 2011 ha recorrido diferentes países, las distintas primaveras de revuelta, el movimiento Occupy Wall Street, el 15M, los movimientos de los indignados, etcétera, sigue adelante y hace necesario seguir profundizando en sus claves.

Combatir las formas de totalitarismo moderno requiere un esfuerzo por captar la esencia de tales sistemas y dejar al descubierto los mecanismos que hacen posible la sumisión de tantas personas, e incluso que se estén apoderando de la vida social y personal de buena parte de la humanidad. Una situación en la que convergen nuevas formas de dominación combinadas con lo que podemos denominar como “nueva esclavitud”, expresión que quiere denunciar que esa servidumbre moderna es mucho más sofisticada y peligrosa que sus formas anteriores, de modo que no resulta nada fácil tomar conciencia de ella, ya que es muy sutil y se sitúa en las zonas más profundas del ser humano, en la zona del espíritu, que queda oprimido, secuestrado. Una forma de tiranía que se ha convertido en una gran amenaza para la libertad, pues hace que la persona sea cada vez más esclava creyéndose libre; que se siente más a gusto siendo esclava que libre.

Las nuevas formas de dominación

El totalitarismo actual es resultado de un proceso mucho más largo, cuyo origen podemos identificar con los del nacimiento de la Comisión Trilateral, fundada por iniciativa de David Rockefeller en 1973, y que reúne a jefes de las principales corporaciones y bancos, socios de firmas de abogados corporativos, senadores, profesores de asuntos internacionales procedentes de los principales países de las democracias capitalistas, como un lobby del ala liberal de la elite gobernante capitalista.

Su principal aportación quedó recogida en un informe de 1975, La crisis de la democracia, firmado por Michel Crozier, Samuel Huntington y Joji Watanuki, en el que se denunciaba un “peligroso exceso de democracia” en la última década, proponiendo para superarlo “un mayor grado de moderación en la democracia”. Esos peligros se concretaban en:

  • Los medios de comunicación, vistos como la “nueva fuente de poder más notable”.
  • Los “grupos pasivos o no organizados de la población” que comenzaban a organizarse y movilizarse de nuevas maneras para “establecer sus reclamos” y el “control sobre las instituciones”… Para ellos un requisito previo para la democracia es cierta medida de apatía y no participación de algunos individuos y grupos.
  • Las “propuestas para la democracia industrial” que buscaban aumentar la participación de los trabajadores en la administración de las empresas, mediante fórmulas como la codeterminación, cogestión, autogestión…
  • Los intelectuales que denuncian la corrupción, el materialismo y la ineficiencia de la democracia y la sumisión de los gobiernos democráticos al capitalismo. Desde su punto de vista, los “intelectuales orientados a los valores” representaban un grave desafío. Por contra, debía admirarse a los “intelectuales tecnocráticos”.

Esto es, a mediados de los 70 se plantea un programa para contrarrestar a los medios de comunicación y los intelectuales, para controlar a los “ciudadanos más políticamente activos”…, para limitar y controlar la democracia. Dicho proceso, que iba a ser de largo recorrido, presenta una novedad con respecto a las anteriores experiencias totalitarias: no pretendía anular la democracia, sino subyugarla. Así, en estos cuarenta y pico últimos años, hemos visto como ese programa se hacía efectivo y daba lugar a democracias de baja intensidad, secuestradas por el poder económico, en las que se permitía la alternancia política, eso sí, limitada a fuerzas políticas que se sometían el “estado de derecho”; a las que no, se les negaba el pan y el agua para subsistir: ahí tenemos la dolorosa experiencia del pueblo griego y Syriza. Ejemplo claro para el resto de los pueblos: o se asume el nuevo orden o se sacrifica a las poblaciones.

Este programa para asaltar recursos públicos, eliminar derechos, subordinar el país totalmente a los intereses internacionales, entregar los recursos naturales a grandes empresas y barrer todo indicio de justicia social posible, ha seguido en marcha, y es el que nos da pie para hablar de fascismo económico y financiero, porque su resultado ha sido que las élites económicas y financieras, “los mercados”, sean quienes están decidiendo el destino de la humanidad y determinando las políticas de los gobiernos elegidos democráticamente, imponiendo su programa en contra de la voluntad de los pueblos que los han elegido.

No se trata de especulaciones ni catastrofismos. Basta recordar como en Europa, y en España, esas élites han obligado a los parlamentos a cambiar las constituciones democráticas, han impuesto gobiernos tecnócratas con el objetivo de garantizar sus propios objetivos y prioridades… Ese creciente despotismo de las oligarquías económicas ha ido generando un progresivo vaciamiento de las instituciones democráticas, al tiempo que ha propiciado un enorme crecimiento de las desigualdades (empobrecimiento de las mayorías populares y mayor enriquecimiento de las élites). Baste recordar las políticas de austeridad, los recortes en los servicios públicos y sociales básicos, las políticas fiscales regresivas…, como mecanismos en esa nueva dominación. Los super-ricos están pudiendo actuar sin ningún control; asistimos a una rebelión de las élites.

Ese programa implica, por otra parte, la utilización de los medios de comunicación social y de diferentes instituciones a fin de justificar y legitimar el discurso neoliberal y la creciente desigualdad social. Para lograrlo no dudan en recurrir a la manipulación de los instintos básicos como miedo y la inseguridad, en presentar la libertad como valor opuesto a la igualdad, etc. El éxito de este discurso se refleja en que buena parte de la ciudadanía acaba prefiriendo ser explotada a estar desempleada; acepta resignadamente argumentos falaces como que los ricos serán más emprendedores si pagan menos impuestos, mientras que los pobres serán más holgazanes si reciben subsidios; que los sectores populares tenemos que pagar la factura de haber vivido alegremente por encima de nuestras posibilidades…

Y, si esto fuera poco, queda el recurso a la política del miedo y la economía del miedo: por el crecimiento de la prima de riesgo, por la caída de las bolsas, por la deuda pública, por la falta de beneficios de la banca… factores que, si no atienden conforme los intereses de los poderes económicos, causarían grandes catástrofes para los ciudadanos. Miedo al futuro de las pensiones, aconsejándonos los planes privados de pensiones que favorecen a la banca. Miedo al auge de partidos o fuerzas alternativas: se disparará la prima de riesgo, nos convertiremos en tercermundistas…; miedo a salir de la zona euro y sus políticas neoliberales. Útimamente se abusa del miedo al «otro», al que viene a disputar los pocos empleos, a los emigrantes, a los sinpapeles… Todo ello contribuye con el objetivo de crear en nosotros un estado de ánimo que nos impida pensar, a fin de seguir imponiendo políticas que garantizan los beneficios de las élites y su reverso, la creciente desigualdad social.

Particular relevancia recurre el recurso a los emigrantes y al terrorismo, como elementos que justificarían este nuevo totalitarismo y su sistema de dominación, que se extiende a todos los ámbitos de la vida social, dando lugar a lo que se ha dado en llamar “estados de seguridad interior”, basados en el uso del poder de los Estados para reprimir las reacciones de contestación y protesta; ahí tenemos la ley “mordaza”, las condenas a raperos, tuiteros…

Los brotes de indignación y rechazo a esas políticas, aun siendo de gran importancia y significatividad, no están logrando frenar esa dominación cultural e ideológica, ni el crecimiento de una forma de “nueva esclavitud” que es la que consiente y posibilita el auge del totalitarismo y sus programas de control y dominio.

Imagen extraída de: Pixabay

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