Caminos políticos hacia la noviolencia

Caminos políticos hacia la noviolencia

Joan Morera PerichEl 2 de noviembre salieron a la luz los documentos de la Fiscalía y la Abogacía con altas peticiones de condena hacia los catalanes que, tal y como está sucediendo con otros presos anónimos de los que nadie se preocupa, llevan más de un año en prisión preventiva sin juicio justo ni presunción de inocencia. Por otra parte, desde mi especialización en noviolencia activa resigo las características de manifestaciones independentistas y encuentro algunos rasgos que de facto están rechazando el avance de la reconciliación, y que desde luego son contrarios a la noviolencia. Con este artículo pretendo pedir al lector tres cosas: (1) la valentía y honestidad para denunciar toda injusticia, se encuentre en el lado donde se encuentre; (2) la voluntad de empezar una transformación personal que nos capacite para la autocrítica y el contraste constante de información, y (3) que por desconocimiento no llame nunca más violencia a lo que de hecho es noviolencia.

Por un lado, quisiera denunciar la politización de los juicios. Dos personas como los «Jordis», liderando una manifestación pacífica de miles de indignados el 20 de septiembre de 2017 sin ningún herido, pidiendo la calma desde encima de unos coches donde habían subido minutos antes periodistas, desconvocando a la gente pacíficamente, como muestran decenas de vídeos, son ahora acusados de rebelión por la Fiscalía pidiendo 17 años de prisión: esto hay que denunciarlo como inmoral y fuera de toda ley (como declara Amnistía Internacional), porque impide el derecho a disentir pública y pacíficamente, un derecho humano. A los políticos que se organizaron junto con miles de catalanes para poner urnas y permitir una votación en la calle se les pide 25 años de prisión, cuando en Europa los demás políticos organizadores acusados ​​de lo mismo han sido dejados en libertad, evidencia que algo del sistema judicial español está fallando gravemente. Estemos a favor de la unidad de España o a favor de la independencia de Cataluña -son las dos muy respetables-, debemos denunciar lo inmoral e injusto desde todas las partes.

Este juicio se está volviendo vengativo y de escarmiento debido a la manipulación de la palabra violencia: primero se ha intentado imputar violencia a los organizadores (a los Jordis o a los líderes de las votaciones del 1-O) para procesarlos con las penas más altas de rebelión en lugar de buscar la raíz política del problema. En el caso de los Jordis, resulta sospechoso el interés en atribuirles la responsabilidad de los coches destrozados (en lugar de procesar a los autores materiales), coches estratégicamente aparcados cerca de la gente con armas en el interior (!), que nadie osó tocar. Sin embargo, al no encontrar rebelión violenta en los medios utilizados -indignación pacífica en la calle y urnas-, atribuyen sin pruebas la violencia a los fines (el deseo de independencia) para imputar a los que la defienden. Se juzga, pues, la idea y no el hecho: esto resulta muy peligroso y politizable. La independencia se concibe por algunos como una forma legítima y moral, y por otros como algo abominable e inmoral: si unos jueces, que tienen todos opinión sobre el asunto, dictarán sentencia según los fines, estarán juzgando la bondad o maldad de la independencia y no los hechos empíricos cometidos (manifestación o urnas), que es lo que les corresponde como profesionales, hechos donde no hay violencia sino estrategia noviolenta.

Esta forma de afrontar el conflicto catalán acaba por legitimar que un enemigo político sea criminalitzable por un estado y, por tanto, abre la puerta a encarcelar a la oposición en cualquier país. Me uno pues a las voces de petición de garantías del Estado de Derecho hacia las minorías culturales y la protección para las personas que luchan pacíficamente por una causa.

Por otra parte, quisiera denunciar que, aunque en muchas ocasiones el independentismo ha actuado desde acciones profundamente noviolentas, con demasiada frecuencia actos o palabras de algunos movimientos por la independencia son de hecho punitivos o alimentan el enfrentamiento, y por eso dejan de ser noviolentos. Quisiera concretarlo en cuatro puntos:

  • El hecho de combatir sin violencia por una causa no significa que esta acción sea noviolenta. La noviolencia es mucho más que la ausencia o incluso el rechazo de la violencia. Si la acción que se pretende organizar no desea que la otra parte quede incluida en la solución en lugar de ser aplastada o vencida, esta acción nunca será noviolenta. Acciones como lanzar pintura, quemar banderas o hacer pintadas en casa de un juez son expresiones punitivas que no suman sino que restan credibilidad, porque no se mueven desde la protesta inocente y creativa, sino intimidatoria.
  • La violencia puede catalizarse de forma sutil, aunque no haya agresiones físicas. Alentar a las masas con frases como “los venceremos”, “ni olvido ni perdón”, “son unos…” es la mejor manera de reventar la lucha noviolenta y acabar promoviendo el resentimiento y el odio. El odio a un colectivo, y mucho más cuando la lucha es entre identidades, es una violencia que se cuece en el corazón y que estalla con cualquier chispa. Por eso, contra esta situación es urgente una disciplina de transformación noviolenta personal y de grupos que capacite para canalizar la rabia hacia respuestas creativas, y permita comprender y humanizar relaciones hasta perdonar internamente al que me ha herido: así se gana en libertad. Aquí las espiritualidades y la fe en Dios juegan un papel fundamental.
  • El desconocimiento de la humanidad y de las razones del otro convierten un inicial rechazo de las ideas en un menosprecio a las personas, igualándolas a sus acciones, que son juzgadas desde la propia ideología como brutales (inhumanas o impropias de humanos, de animales brutos). Es un salto peligroso (animalizando al otro, justificando cualquier impunidad y demonizando al adversario) e injusto (reduce al otro a sus actos sin posibilidad de cambio). Contra esta deshumanización del otro, propongo contrastar con el conocimiento de la otra parte: atreverse a hablar con personas que piensen muy diferente sin juzgar ni estallar sino escuchando, o bien mirar habitualmente telediarios y prensa de perspectivas opuestas para conocer con interés diversas facetas de la misma noticia. Se requiere valentía para ser honestos hasta la autocrítica: no estamos obligados a defenderlo todo de los nuestros, sino a perseguir la justicia y la verdad en cualquier parte donde se encuentre.
  • Finalmente, denuncio que en demasiadas ocasiones, en los discursos políticos e institucionales no sólo se pretende animar la aversión al otro, sino que además se manipula a la gente basándose en emociones. Este punto es muy peligroso porque permite tomar decisiones equivocadas con gran rapidez, y también porque genera una fascinación que promueve las respuestas viscerales antes que las razonadas. Naturalmente, a corto plazo los políticos consiguen lo que quieren: unidad y deriva. Pero se parece a los remedios de la crisis económica, parches que parecen resolver el inmediato y destruyen la justicia a medio-largo plazo. Esta política de emociones se vio claramente el día 26 de octubre de 2017 cuando, ante la presión emocional de la gente, el gesto del presidente Puigdemont convocando elecciones -que podía ser razonable y tener sus motivos- provocó un estallido de insultos entre sus propios partidarios tachando de traidor al que minutos antes era un mesías. Estas respuestas viscerales cocinadas por medio del previo enardecimiento de los sentimientos son las que luego transforman vías noviolentas legítimas en decisiones equivocadas que sólo crean más tensión, y se pueden evitar si el discurso político e institucional no se basa en la emoción sino en la justicia y los argumentos.

En definitiva, con este artículo pretendo alentar a todas las partes del conflicto en el uso de auténticos medios noviolentos para defender legítimamente sus posiciones, y a una transformación personal centrada en la justicia y la honestidad, que humanice las relaciones para que, cualquiera que sea la realidad política final, asegure la paz verdadera: que ningún grupo quede aplastado por el otro.

Imagen extraída de: Pixabay

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