Vivir la muerte

Vivir la muerte

Sonia Herrera. [El Periódico] Decía Mario Benedetti que “después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”. Pero las formas de rendir homenaje a nuestros difuntos, llorar su muerte y celebrar su vida, son muy diversas.

Si pienso en la relación que tenemos en España con la muerte, me vienen a la mente filas de coches subiendo al cementerio de Collserola el día de Todos los Santos, ramos de crisantemos envueltos en papel de aluminio, pasillos llenos de nichos y largas escaleras deslizándose en el suelo de grava, esquelas y necrológicas, velorios en tanatorios más o menos oscuros, y mujeres limpiando lápidas en un pequeño pueblo de Zamora con escobas de mano de brezo y vestidas de medio luto al más puro estilo de la película Volver de Pedro Almodóvar. ¿Y qué sentimos ante la Parca? ¿Miedo? ¿Negación? ¿Sugestión?

Como sea, mi impresión es que tenemos una relación cuanto menos raruna con ella. Cuando viví en México hace 13 años comprobé de primera mano que había formas preciosas de honrar el recuerdo de aquellas y aquellos que nos han dejado, ritos mortuorios menos grises y profundamente sanadores y resilientes, ceremonias repletas de cotidianeidad y cuidado, cultos que conectan la vida y la muerte, no como mundos opuestos y hostiles, sino como experiencias ligadas por un hilo invisible hecho de un material frágil y valiosísimo: la memoria.

A propósito de cómo se preocupan las diferentes culturas por los muertos he leído últimamente un libro escrito por la tanatopractora Catlin Doughty, impulsora del movimiento de muerte positiva y activista para la transformación de la industria funeraria, quien afirma que “no existe una manera única de ‘entender’ o de ‘vivir’ el fallecimiento de los seres queridos” pero que “es frecuente invocar las creencias religiosas para denigrar las prácticas de otros grupos” (De aquí a la eternidad. Una vuelta al mundo en busca de la buena muerte, Capitán Swing, 2017). Y es que al parecer, los prejuicios nos persiguen hasta la tumba.

Otra cuestión interesante del libro es lo que concierne a la mercantilización y el negocio de la muerte. ¿Con las pompas fúnebres hemos tomado? Parece que sí. Porque aunque la canción La Calaca de la magnífica Amparo Ochoa diga que “la muerte no enseña el cobre, tampoco hace distinciones, lo mismo se lleva al pobre que al rico con sus millones”, lo cierto es que morirse sale caro -en todos los sentidos- y para morirse también hay clases.

Por eso, ante la falta de apoyos políticos que ha encontrado el Ajuntament de Barcelona para su proyecto de funeraria pública, a una le viene a la cabeza Saramago y Las intermitencias de la muerte. Y la recuerdo, porque como en la novela, no estaría nada mal que “la ineludible” se tomara un descanso o se pusiera en huelga para que aquellos que se lucran con el dolor ajeno se replantearan muchas cosas sobre el derecho que todas tenemos a despedir dignamente a los nuestros sin que eso conlleve una hipoteca.

Imagen extraída de: Pixabay

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