Caravana de migrantes centroamericana: refugiados de una guerra social

Caravana de migrantes centroamericana: refugiados de una guerra social

Fernando VidalLa violencia, la impunidad y la indefensión son las razones que justifican que cualquier padre y madre busque protección para su familia en cualquier otro lugar. Los migrantes centroamericanos son refugiados que huyen de una brutal guerra social.

En 1990, el director británico de cine David Wheatley dirigió la película “La Marcha” para la BBC. La trama partía de la tensión insostenible que vivían los refugiados en Sudán. Desesperados, deciden migrar colectivamente a la frontera de Europa con la esperanza de que viendo su dolor, la ciudadanía europea no les deje morir. A lo largo de la dura marcha a pie que atraviesa África, dicha caravana cobra forma de símbolo mundial y miles de migrantes subsaharianos se unen. Finalmente, llegan a la costa europea una marea de 250.000 personas. La película pone de manifiesto la hipocresía de los gobiernos occidentales, la impotencia y confusión de la ciudadanía europea, las corrupciones de los países africanos y aborda muchos de los nudos de conflicto que pone al desnudo esa marcha. Esta película visionaria tiene su reflejo en las caravanas de migrantes que han partido colectivamente de Centroamérica hacia México con la intención de llegar a la frontera estadounidense. “La Marcha” de Wheatley tiene un final abierto, aunque dramático. También el futuro de la caravana de migrantes está abierto, lleno de incertidumbre y riesgo, pero más seguro que quedarse en su país o migrar en solitario.

Ante todo, la Caravana de Migrantes Centroamericanos (CMC) es una estrategia de refugio y seguridad. Los migrantes dejan una zona de violencia brutal y lo hacen colectivamente para protegerse de las mafias que regulan el tráfico migratorio en la frontera entre México y Centroamérica.

Se produce en un contexto de desapariciones de migrantes que se extiende durante dos décadas. El Inter-American Dialogue es un think tank formado desde 1982 por líderes de todo el continente. En fecha tan cercana como el 6 de noviembre de 2018 ha publicado un informe sobre la migración centroamericana. En él se relata cómo el número de migrantes centroamericanos en Estados Unidos se ha duplicado desde el año 2000. El 80% de sus migrantes van al rico vecino del Norte. En ese flujo, las mafias de traficantes de humanos han encontrado un lucrativo negocio. Las caravanas de migrantes huyen de la violencia y se protegen colectivamente de la violencia del camino. Dramáticamente, en la frontera con Estados Unidos, les espera más violencia de militares y de milicianos del Proyecto Minutemen y los Voluntarios Patrulleros de Frontera, que suman unos cientos de ciudadanos armados. En este post, vamos a fijar la idea de que esos migrantes son refugiados de una zona de guerra social.

Los procesos más convulsos se dan en el Triángulo del Norte, zona resultado de un acuerdo de integración económica para el libre comercio, formado por Guatemala, Honduras y El Salvador. Es una de las regiones más mortíferas del mundo, con tasas de asesinatos superiores a las que se dan en países en guerra. El Triángulo del Norte se encuentra sumido en una guerra social sin precedentes. En un informe de Amnistía Internacional realizado en 2016, se declaraba que el Triángulo del Norte es “uno de los lugares más violentos del mundo; allí se mataba a más personas que en la mayoría de las zonas de conflicto del planeta”.

En el Informe de este año 2017/2018, Amnistía Internacional denunciaba no solamente la continuidad de una violencia insoportable, sino el estado de “impunidad generalizada que continúa debilitando la confianza pública en las autoridades y en el sistema de justicia”. El asesinato de la líder medioambiental Berta Cáceres en marzo de 2016, se convirtió en símbolo de una violencia capaz de callar a cualquiera que alce la voz contra la injusticia.

Los gobiernos del Triángulo del Norte han puesto en marcha planes contra la violencia. Aunque han logrado reducir las tasas de asesinatos, la región sigue siendo una zona de guerra con 13.129 homicidios en el año 2017. El promedio mundial de homicidios es 5,3 por cada 100.000 habitantes. Guatemala tiene una tasa de 32, Honduras 43 y El Salvador 60 homicidios por cada 100.000 habitantes. La Organización Mundial de la Salud sostiene que una zona con más de 10 homicidios por 100.000 habitantes, sufre una epidemia de violencia. En el triángulo del Norte la epidemia de violencia se triplica y hasta sextuplica. La onda expansiva de la muerte alcanza a prácticamente toda la sociedad, ya que por cada muerte hay de 5 a 8 familiares directos de la víctima.

La fuente de tal grado de violencia es la red de narcotráfico y pandillas. Las maras se han convertido en una mutación de la mafia, con un mayor poder de penetración y destrucción. Desde el año 2010, se ha ido reduciendo -siempre según las estadísticas oficiales policiales- anualmente entre el 1,5% y el 2%. Pero también es cierto que el ambiente de violencia ha ido permeando todo el territorio y todos los contextos. Eso se explica porque el principal motivo de reducción de asesinatos fue un acuerdo de 2016 para la no agresión entre las dos principales maras, Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18 (que une a los Sureños y los Revolucionarios), a cambio de un reparto de explotación de territorios. Eso explica que los muertos desciendan, pero la violencia estructural se intensifique. Además, han surgido otras maras como escisiones discordes con dicho pacto, como es el caso de la MS-503, una banda criminal de mayor virulencia que las anteriores.

En 2017, Estados Unidos inició el programa Alianza para la Prosperidad, dotado con 750 millones de dólares para la reducción de la violencia y la disuasión de la migración, pero sus resultados, obviamente, no han logrado todavía invertir la grave situación. Los graves acontecimientos políticos que están sacudiendo Nicaragua desde primavera de 2018, han introducido todavía más tensión en Centroamérica. Nicaragua era desde 2014 el país más seguro de Centroamérica, lo cual ha cambiado sustancialmente el balance.

La persistente violencia y la indefensión que sufre la población, han creado pánico social. La baja confianza en que las autoridades públicas van a lograr revertir la situación a corto o medio plazo, provoca que decenas de miles de familias se planteen lograr sobrevivir en otro lugar del mundo. La Agencia Italiana por la Cooperación y el Desarrollo (AICS, en sus siglas italianas, cuyo CEO es Salvador Burguet), consideraba en diciembre de 2017, que “los asesinatos, los secuestros, los atracos y las extorsiones son el día a día de la población regional, lo que provoca, consustancialmente, elevadas tasas de migraciones forzadas”.

Imagen extraída de: Instituto Humanitas Unisinos

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