Cultura (y) política en la escuela

Cultura (y) política en la escuela

Oriol Jiménez i Abadías (Grupo de trabajo sobre educación y justicia de CJ)La educación debe ser compasiva. Y la escuela debe dar respuesta a lo que está pasando en el mundo. La escuela debe estar viva, sentirse viva. Este inicio del escrito está inspirado en las palabras del último libro de Josep Maria Esquirol, La penúltima bondad: ensayo sobre la vida humana (Acantilado 2018). Siguiendo su trayecto filosófico desarrolla la necesidad de la resistencia íntima; la resistencia ante la desorientación y la alienación que se ha apoderado de nuestro entorno debido al consumismo descarado, la violencia y el malestar. Esta resistencia se construye desde la creatividad y la generosidad. A través del ensayo descubrimos que contempla en la política un papel esencial: es la dimensión donde la creatividad y la generosidad se conjugan. El autor quiere rescatar la política: «La política es la implicación de los ciudadanos en la comunidad y en su conducción. La política es imprescindible. La comunidad es generada por la fraternidad. Aspiración a una comunidad que se mueva por “la solidaridad de los conmovidos”». Relaciona la política con el entender nuestra vida desde la generosidad hacia el otro, desde atender al otro. La política y el construir con el otro una comunidad del nosotros. Una comunidad que se siente viva.

Hoy en día hablar de política en el aula se hace difícil. Es arriesgado por el contexto emocional y judicial donde estamos instalados. Tratarla en el aula puede ser desalentador por la devaluación que la política profesional ha hecho del término. Pero hay que educar en política porque sin cultura política no hay cultura. Hay que educar en política porque sin cultura política abandonaríamos nuestra dimensión socializadora. Es una obviedad que es necesario que recordemos que una escuela educa a los ciudadanos del futuro, personas que conformarán el mundo. En las escuelas despertamos la sensibilidad por el otro, la preocupación por los sufrimientos del otro, la aceptación de las otras culturas, y la curiosidad por cómo es el mundo.

Y es a través de la política que el ser humano convive y se responsabiliza de su entorno. Para Aristóteles la política era el arte total; el arte que reunía todas las habilidades humanas: la oratoria, la profundidad del pensamiento, la empatía, la retórica, la historia, la ciencia, la sensibilidad artística y la virtud ética. Esta última era imprescindible.

La siguiente lectura que os recomiendo es un ensayo en defensa de las humanidades: Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo, de Rob Riemen (Taurus, 2018). El título ya es suficientemente explícito. Nos advierte del virus del fascismo y su presencia actual. De su discurso demagógico y populista. El fascismo está muy presente en las ideas y se camufla sibilinamente. El fascismo vive de la masa, del colectivo sin conciencia. El único antídoto de este veneno es la cultura. Es la conciencia y el criterio. A través de la cultura, el cultivo del alma, resistiremos inmunes al «fascista que llevamos todas». «El objetivo de la democracia es la educación, el desarrollo intelectual, la nobleza del espíritu, para impedir que la democracia se degenere en una democracia de masas donde la demagogia, la ignorancia, la propaganda, la vulgaridad y los instintos humanos más bajos den luz al hijo bastardo de la democracia; el fascismo».

El fascismo vive de la frustración de la gente, del nihilismo. El fascismo atiza el miedo, especialmente, ante la extranjera, el refugiado, la diferente. El fascismo está bien vivo y, paralelamente, las humanidades son consideradas inútiles, inválidas, ineficaces…

Hoy más que nunca tenemos que educar. Hoy más que nunca, cultura. Hoy más que nunca, política. Hoy más que nunca debemos tener fe en el educar. Fe en la escuela. Y desde la escuela educaremos en política a través de la cultura. Educaremos desde la empatía, desde la compasión, desde el misterio, desde el atender al otro. Desde el amor. Desde el análisis del mundo que tenemos. Desde el cultivo del alma por medio de las artes, desde el pensamiento. Desde el criterio. Desde la firmeza interior, desde los valores evangélicos. Desde la educación crítica. Desde la creatividad para ofrecer alternativas. Desde la esperanza y desde la creencia de que otro mundo sí es posible.

Imagen extraída de: Pixabay

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