¿Qué fue Medellín del 68?

¿Qué fue Medellín del 68?

Víctor CodinaA una serie de importantes acontecimientos históricos del 68 (mayo francés, primavera de Praga, rebelión y matanza universitaria en México, asesinato de Luther King…) podemos añadir también Medellín. ¿Qué fue Medellín del 68?

Nos hemos de remontar al Concilio Vaticano II (1962-1965), convocado por Juan XXIII y concluido por Pablo VI. Pablo VI seguramente consciente del carácter excesivamente centroeuropeo del Vaticano II, para socializarlo en otros continentes, convocó  reuniones de los Consejos Episcopales de América Latina en Medellín (1968), de África en Kampala (1969) y de Asia en Manila (1970).

Pero Medellín fue mucho más que una mera socialización y aplicación del Vaticano II a América Latina: fue una relectura creativa del concilio desde un continente pobre y profundamente religioso, una recepción original del Vaticano II, desde un continente marcado por la pobreza y discriminación, con una fe tradicional muy dualista y ritual, poca evangelización y gran ignorancia, con estructuras eclesiales pesadas y obsoletas. Medellín fue un paso del Señor por América Latina, un tiempo de gracia.

Los obispos latinoamericanos en Medellín releyeron el Vaticano II desde un continente religioso, pero profundamente injusto, desigual y discriminatorio, en un contexto humano no de vida sino de muerte. Ellos parten de la realidad y en ella escuchan que “un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (14,1), un clamor que, como en el Éxodo, exige justicia, liberación y el paso a una vida más justa y digna.

Esta dura realidad es iluminada desde el evangelio de Jesús de Nazaret que pasó por el mundo haciendo el bien, desde  las bienaventuranzas como programa de un Reino que ya comienza aquí, desde la parábola del juicio final donde seremos examinados de nuestro amor y sensibilidad frente a los pobres, con los que se identifica Jesús.

Y en este clamor los obispos en Medellín disciernen un signo de los tiempos, descubren la voz del Espíritu que exige profundos cambios sociales y eclesiales, superación de la dicotomía entre la Iglesia y el mundo, necesidad de una mayor presencia de la fe en los valores temporales, manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del hombre, entre la historia de salvación y la historia humana, entre la Iglesia  Pueblo de Dios y las comunidades temporales, entre la acción  reveladora de Dios y la experiencia humana (8,4).

Por esto Medellín, antes de hablar de la evangelización (6-9) y de las estructuras de la Iglesia (10-16), aborda el tema de la promoción humana: justicia, paz, familia y demografía, educación y juventud (1-5). Y el primer tema  tratado es el de la justicia, donde se afirma que América Latina vive una situación de miseria e injusticia que clama al cielo (1,1).

Desde aquí surge en Medellín una nueva imagen de Iglesia, “el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres” (5, 14). Es la Iglesia de los pobres con la que soñó Juan XXIII, pero que el Vaticano II, demasiado centroeuropeo, no logró expresar.

Medellín  es la experiencia de un nuevo Pentecostés. Y esto sucede no en el mundo occidental rico y progresista, sino en el Sur, desde los pobres. Desde Medellín surgen obispos que son verdaderos Santos Padres de la Iglesia de los pobres, comunidades de base, ministros cercanos al pueblo, vida religiosa inserta entre los pobres, laicos comprometidos con la sociedad y la Iglesia y numerosos mártires por el Reino: Romero, Angelleli, Ellacuría, Espinal… Es el Espíritu  de Jesús  que siempre actúa desde abajo, genera vida desde el caos y lugares de muerte, siempre sorprende y genera novedad.

A Medellín siguieron las Asambleas episcopales de Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007), pero después de 50 años Medellín no ha perdido vigencia y su mensaje profético se extiende ahora a toda la Iglesia. La exigencia de escuchar el clamor de los pobres sigue siendo actual, aunque hoy los pobres tengan nuevos rostros: mujeres marginadas, pueblos indígenas y africanos, inmigrantes y refugiados, jóvenes sin trabajo, niños de la calle, las víctimas de la violencia de todo tipo y la dramática situación de nuestra casa común, consecuencia del actual paradigma tecnocrático.

El pontificado de Francisco es también heredero de esta tradición profética y pastoral latinoamericana  que nace de Medellín. Su sueño de una Iglesia pobre y de los pobres, de una Iglesia no autorreferencial sino en salida y de puertas abiertas, hospital de campaña, con pastores que huelan a oveja, una Iglesia solidaria con los descartados  y que sepa acompañar la fragilidad humana y discernir pastoralmente lo mejor en cada caso, una Iglesia que supere el clericalismo y el patriarcalismo recalcitrante, cuide la casa común y no viva la acedia y la tristeza sino la alegría del evangelio, etc. actualiza Medellín en nuestros días.

Podemos concluir que seguir la inspiración del magisterio y de la praxis pastoral de Francisco, hoy duramente cuestionado y criticado por muchos, es la mejor manera de llevar adelante el espíritu profético de Medellín del 68, 50 años después. En el convulso y oscuro mundo de hoy, Medellín sigue siendo un faro luminoso de esperanza.

Imagen extraída de: Religión Digital

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