Los “estupendos”

Los “estupendos”

Darío MolláÚltimamente me voy encontrando en el caminar diario con muchos “estupendos”. Sí: aquellos que van de “estupendos” por la vida. Por la vía civil y por la vía eclesiástica. Seguramente no son mala gente, pero ir de “estupendos” les hace daño a ellos (más del que se piensan) y les hace insoportables para los demás.

Los “estupendos” van con la sonrisa en la boca y les encanta escuchar aquello de “¡qué majo eres!”… Para ello, dicen siempre lo que el auditorio quiere oír, y no hay que negar su olfato para captarlo. Incluso se permiten excesos en ello: alguna crítica, algún taco: concesiones de “majez”. Pero no conviene fiarse: puedes estar seguro, casi al cien por cien, de que aunque a ti te baile el agua, por detrás no moverá un dedo a tu favor.

Les horroriza el conflicto, el ensuciarse las manos o el despeinarse (si tienen pelo). Les incomoda tener que tomar decisiones que no sean fáciles o evidentes o que les generen problemas o críticas. Huyen de conflictos y críticas como de la peste. Prefieren que las cosas se resuelvan por sí mismas (pretensión tantas veces inútil…) o que sean los otros los que se equivoquen. El “estupendo” nunca se equivoca, pero tampoco asume nunca sus responsabilidades.

No les importa hacer promesas que no tienen intención de cumplir, pero que les hacen quedar bien. ¡Qué majo es, qué “estupendo”: fíjate lo que nos ha dicho…! Luego, a la hora de la verdad, el “estupendo” siempre encuentra excusas para no cumplir lo prometido, excusas que, por supuesto, son sensatas y razonables: está ocupado, han salido otra cosas… pero no te preocupes que todo llegará. El “estupendo” nunca puede fallar.

Es un narcisista integral: se mira y se remira cada día y se encuentra satisfecho consigo mismo… Y, encima, le alaban tantas veces por día. Claro: el peligro es que lo que empieza siendo una pose acabe siendo una manera de ser. Entonces llegan a creer que todos los demás son estúpidos y que nadie se da cuenta de su juego… Pero el juego no puede durar eternamente: el “estupendo” puede engañar una vez, dos, cinco, diez… pero llega un momento en que se le toma la medida y ya no engaña a nadie. Entonces ya sucede al revés: los demás le siguen el juego, y el engañado es él.

Por todo eso, yo prefiero los “auténticos” a los estupendos. Aunque digan cosas que no me gusten, aunque se equivoquen, aunque alguna vez pierdan los estribos o la serenidad… Pero sé que siempre puedo, de verdad, confiar en ellos.

Imagen extraída de: Pixabay

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