No podemos mirar hacia otro lado

No podemos mirar hacia otro lado

Dolors OllerHace unos días muchos de nosotros respiramos aliviados al saber que el nuevo gobierno español presidido por Pedro Sánchez ofrecía al Aquarius, el barco para rescatar migrantes de las ONGs SOS Méditerranée y Médicos Sin Fronteras, atracar en el puerto de Valencia por razones humanitarias. Las imágenes de este tipo de “boat people” en versión europea, que vemos en los medios de comunicación, nos indignan y nos hacen evocar un pasado que pensábamos que no volvería nunca más. El caso del Aquarius y los reproches entre los socios de la Unión ha vuelto a poner sobre la mesa la crisis de los migrantes y refugiados, que pone en evidencia la cara menos humanitaria de las potencias europeas. De Lampedusa al Aquarius, la falta de operatividad de la Unión Europea (UE) ha sido total y ello se ha visibilizado en la incapacidad para reubicar a los 160.000 refugiados a que se comprometió en 2015 (sólo se ha hecho con 30.000; ninguno de los socios ha cumplido los objetivos y algunos de ellos incluso se han negado a aceptar refugiados). Estamos ante una Europa que en vez de acoger, se amuralla por todos lados, poniendo en peligro sus valores fundacionales. Y quienes más sufren este drama humanitario son los más vulnerables. Este es el coste humano de las políticas de externalización. No podemos cerrar los ojos a esta desgarradora realidad.

La acogida del Aquarius por razones de humanidad es sin duda un hecho positivo, pero el drama continúa. Aunque la respuesta de gran parte de la población ha sido propicia a la acogida, y se ha visibilizado en la cantidad de voluntarios que se han ofrecido de mil maneras para ayudar, este hecho puntual no puede ocultar que los mismos días continuaban llegando, sin tanta cobertura mediática, cientos de migrantes a las costas de Andalucía. Tenían que ser rescatados y algunos morían en el intento, pasando a engrosar la larga lista de muertos y desaparecidos en esta gran fosa común en que se ha convertido el Mediterráneo, la ruta migratoria más mortal del mundo, en cifras de víctimas comparables a las de una guerra (desde el 2014, más de 30.000 muertos).

Aquí el debate social sobre el tema de las migraciones no lo hemos hecho todavía y no podemos quedarnos tranquilos pensando en la tarea realizada por personas y colectivos muy encomiables, ni en la capacidad de convocatoria de ciertas manifestaciones como la famosa del “Volem acollir” (“Queremos acoger”) de febrero de 2017 en Barcelona. Hoy gran parte de la ciudadanía europea está alimentando el discurso racista e insolidario y cabe preguntarse por qué. No somos inmunes a estos planteamientos que, de hecho, ya están presentes en nuestra sociedad y de ello tenemos dolorosos ejemplos.

Por eso sería bueno ser muy conscientes de lo que está pasando para no caer en sutiles manipulaciones y en el discurso insolidario del miedo. Así, es importante recordar algunas cuestiones que me parecen esenciales:

– Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) (Informe “Nuevas tendencias globales” 2017), 68,5 millones de personas -el equivalente a algo más que el número de habitantes de Francia- se han visto obligadas a abandonar sus hogares, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial (40 millones de desplazados internos, más de 25 millones de refugiados fuera de sus fronteras, y poco más de 3 millones de solicitantes de asilo). Más de la mitad de los desplazados son mujeres y niños y muchos de estos son menores no acompañados que corren el riesgo de desaparecer en manos de mafias de explotación sexual, de venta de órganos y de venta de menores para adoptar o para ser explotados laboralmente. Podemos decir, pues, que una de cada 110 personas en el planeta es refugiada, desplazada interna o está solicitando asilo. Nuevamente la política migratoria y de acogida se ha situado en la agenda política mundial, sobre todo por sus repercusiones políticas.

– De estos desplazados forzosos, se calcula que al menos 25 millones lo han sido por conflictos bélicos y persecuciones de todo tipo. Según el Índice de Paz Global 2018, los niveles de paz en el mundo van empeorando desde hace ya 4 años, aunque ha cambiado la naturaleza de los conflictos: de conflictos entre estados se ha pasado a un aumento de problemas internos y guerras civiles, lo que ha provocado, en parte, el incremento de los desplazamientos, sobre todo internos.

-No debemos olvidar que vivimos en sociedades y en un mundo extremadamente violento y que la mayor violencia aún es hoy en día la violencia estructural, consecuencia de la injusticia que supone un mundo con la riqueza tan mal repartida. Además, disfrutamos de una paz vinculada al armamentismo, que nada bueno nos puede llevar, pues es una paz falsa, que enriquece los grandes productores de armamento y sirve para hacer estallar conflictos armados de forma localizada cuando conviene al complejo militar-industrial-tecnológico. El mundo rico y desarrollado mantiene el expolio de los recursos del resto del planeta y las desigualdades gracias a una economía que, en realidad, es de guerra y que ayuda a mantener su supremacía. Por tanto, el ingente gasto militar mundial -que se sitúa en 1,6 billones de euros cada año- tiene poco que ver con una seguridad real de la población (sobre el negocio que esconde la guerra, cf. Pere ORTEGA, Economía (de guerra), Icaria, 2018). Además, los organismos garantes de la paz que tenemos, como las Naciones Unidas, no actúan previniendo los conflictos. Al contrario, éstos se dejan pudrir y se interviene una vez han estallado. Por eso es esencial trabajar preventivamente sobre las causas de la violencia y la guerra. La UE debería dejar de fomentar guerras por cuestiones geopolíticas o armamentistas y hacer la apuesta por la paz y el desarrollo.

Por lo que respecta a las migraciones, debemos ser conscientes de que:

– Hace falta explicar claramente a la opinión pública que los migrantes vienen y vendrán, independientemente de la dureza de la gestión de nuestras fronteras, que sólo provocará más muertes y no disuadirá a los que quieren entrar. Si toda esta gente desplazada viviera en países estables o en países donde no se pasara hambre, no vendrían. Porque nadie quiere irse de su casa. ¡El primer derecho es el derecho a no tener que emigrar! En este sentido, urge que ayudemos al desarrollo de los países de donde procede la emigración; no hay que escatimar esfuerzos. Sin embargo, debemos ser conscientes de que en muchas zonas, este desarrollo necesita décadas y este tiempo no lo puede esperar la presión migratoria, en gran parte debida a la presión demográfica, sobre todo de los países africanos. No debemos olvidar que el primer efecto llamada es la pobreza y la desigualdad en el nivel de vida y de expectativas de la población que hay en el mundo.

– Los migrantes, en su mayoría, han venido para quedarse; no disminuirán. El hecho migratorio se ha convertido en estructural y esto quiere decir que requiere también soluciones estructurales, más allá de gestos y tratamiento humanitarios. Hay que ir más allá y abordar el fondo de todo lo que nos pasa, sin edulcorarlo. Sólo así podremos encontrar vías de solución, lo que evidentemente no será fácil. Las ONGs no son la solución sino el síntoma de un desbarajuste del planeta. El principio humanitario debe ir acompañado de políticas que regulen de forma equitativa y solidariamente, con criterios de justicia, la inevitable llegada de inmigrantes a un continente envejecido.

– La inmigración es el espejo de nuestras contradicciones. Vivimos el contrasentido de una Europa envejecida que necesita y necesitará cada vez más la inmigración, y en cambio se enmuralla para cerrarle el paso. En un mundo global de sociedades abiertas, considerar la inmigración como una rémora ha sido un error que ha puesto a Europa ante una de las peores crisis de su historia, que amenaza su identidad y el horizonte en común. El dinero que se gastan para externalizar la represión contra los inmigrantes podría destinarse a acogerlos y todos saldríamos ganando.

ONGs y defensores de los DDHH hace años que piden un giro en las políticas migratorias de la UE, con el fin de poder hacer frente a este drama humanitario y evitar las muertes en el mar, y también en tierra atravesando rutas peligrosas para llegar al lugar de embarque. Sus planteamientos han sido ignorados, pero el problema persiste y empeora con el auge del racismo y la xenofobia en el seno de la propia Europa, atizados por populismos irresponsables que hacen demagogia con un tema tan delicado. Se habla cada vez más de seguridad y menos de humanidad; de externalización y de blindaje de fronteras para mantener el problema lejos de casa, en lugar de debatir un modelo de acogida y gestión más solidario, con un reparto equitativo del esfuerzo que supone la acogida por los diferentes países europeos. Las últimas propuestas del Consejo Europeo cara a la Cumbre que tendrá lugar los días 26-28 de junio parecen ir en la línea de construir grandes CIE en África a fin de discernir quién es refugiado, idóneo para pedir asilo y por lo tanto para entrar en Europa, y quién es inmigrante económico, al que se cerraría esta posibilidad. Este modelo que se propone -con versiones más suaves que colocan estas llamadas “plataformas de desembarco” dentro de territorio europeo- se acerca peligrosamente al modelo australiano, que confina migrantes y refugiados por tiempo indefinido en tres islas, vulnerando claramente los Derechos Humanos.

-La experiencia nos enseña que toda solución que pase por que la UE pacte acuerdos bilaterales o multilaterales con “no estados” (países donde no hay poder público institucionalizado), como Libia, está abocada al fracaso aunque destine mucho dinero e inversiones: la mayoría de este dinero termina en los bolsillos de personal corrupto. Y lo que es peor: la mayoría de los países con los que se externaliza la gestión de los flujos migratorios -recordemos el tan denostado en su momento acuerdo con Turquía (marzo 2016)- no respetan los Derechos Humanos, tienen graves déficits democráticos y, por tanto, no son lugares seguros. Además, el blindaje de fronteras ha tenido como consecuencia la apertura de rutas por tierra más peligrosas y la aparición del negocio de las mafias y del tráfico de personas, único recurso que les queda a migrantes y refugiados para acceder a un país seguro. ¡Hay que decir bien claro que las mafias son la consecuencia de las políticas de cierre de fronteras! Lo más grave es que alternativas, las hay: habilitar corredores humanitarios seguros para llegar a Europa sin poner en peligro la vida, permitir solicitar asilo en embajadas y consulados de países europeos que procedieran a dar visados humanitarios, etc.

migraciones

Ilustración La incertidumbre (2016) de Ricardo Gabriel Monroy M.

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