Puertas abiertas de la Fundació La Vinya, de Bellvitge y Gornal

Puertas abiertas de la Fundació La Vinya, de Bellvitge y Gornal

Joaquim CerveraLa Fundació La Vinya de acción social es una entidad que trabaja para atender a las personas en situación de riesgo social de los barrios de Bellvitge y el Gornal de la ciudad de L’Hospitalet de Llobregat. La Fundació cree en la solidaridad como herramienta transformadora de nuestra realidad social, participando así en la esperanza de un mundo más justo ya.

Uno de los proyectos de la fundación es Puertas Abiertas. Está formado por un grupo de 12 personas voluntarias, que hacen visitas quincenales a unos 50 vecinos o vecinas de nuestros barrios que se encuentran en los centros penitenciarios.

Hacia el año 1996, una religiosa del Corazón de María, trabajadora social de la Parroquia de Santa Maria del Gornal, planteó escribir cartas a los internos del barrio que estaban en centros penitenciarios. Conocimos otras experiencias de otras parroquias y nos animamos con las otras dos parroquias de Bellvitge (Mare de Déu de Bellvitge y Sant Joan Evangelista) a organizar un grupo de voluntarios/as para ir a las cárceles. Este grupo lo llamamos Puertas Abiertas para manifestar el deseo de todo preso de salir del centro. Algunos internos nos respondieron con escritos muy agradecidos y bellos.

Para acostumbrarnos al espacio de las cárceles y quitar miedos, constituimos un grupo que fuera a la cárcel de jóvenes de la Trinitat a hacer unos talleres de manualidades. Cuando trasladaron la prisión de jóvenes a Quatre Camins, el grupo no pudo continuar.

Constituimos también otro grupo de “visitadores”, que de manera regular visitamos a los presos (de Bellvitge y Gornal y algunos que ellos nos presentan o nos lo piden amigos) y vamos a Can Brians, que es el centro donde hay más internos de nuestros barrios, a Quatre Camins y antes, a la Modelo, y alguna vez hemos ido al centro de mujeres de Wad-Ras.

Cuando volvemos de la visita siempre tenemos unos sentimientos agridulces, como si no hubiéramos hecho nada: no podemos conseguir que los saquen de la cárcel ni podemos llevarles objetos que a veces nos piden. Hemos escuchado, y alguna vez hemos hecho alguna gestión con su familia o con los profesionales de tratamiento de la prisión. Nos afectan mucho sus problemas, sus miedos, angustias, enfermedades, toxicomanías, déficits de socialización, problemáticas familiares, de relación, las esperas demasiado escandalosas referentes a la lentitud de la justicia, su vulnerabilidad, los callejones sin salida; el sistema parece hecho contra ellos, las leyes caen implacables, sin distinciones, sin sensibilidad personalizada; sufrimos su rabia y la nuestra ante el hecho de que unos con una fianza salen del centro rápidamente y los más pobres están demasiado tiempo…

Compartimos relativamente, sin sentirlo ni pasar lo que ellos pasan, su sufrimiento; conversamos y reímos juntos… Pero también nos sentimos bien, satisfechos, contentos de que alguien nos haya confiado su vida, sin indagar. Quedamos muy sorprendidos de su apertura de corazón, aunque sea a menudo con “posibles mentiras” o falsificaciones o ilusiones, que quizás para ellos no lo son y las necesitan. Admiramos su confidencialidad y empatía más alta que la de otras personas del barrio o de la parroquia, y aprendemos mucho de su lucidez sobre la vida, la cárcel, la sociedad, el mundo, la humanidad… Hemos aprendido mucho de ellos. Hemos tenido conversaciones de aquellas que quieres guardar, grabar, recordar…, pero sabemos que estando en el corazón de nuestro Padre-Madre Dios, al que en nuestras eucaristías le agradecemos y pedimos por estas personas, las hacemos presentes. Así también nuestras comunidades se sensibilizan y ellos se pueden sentir personas pertenecientes a la comunidad aunque estén entre rejas.

Vamos tomando conciencia de que los centros penitenciarios cuestan mucho dinero a la población, que no sirven para la verdadera reinserción (sólo en algunos casos) y que a la vez son un negocio para muchas empresas.

Tomamos conciencia de que las primeras víctimas del sistema penitenciario son los presos, pero también los funcionarios, las familias de los presos, el sistema judicial y todos nosotros, toda la sociedad.

Escuchándolos encuentras mucha vida intensa y aventura. Se sienten bien hablando contigo y tú te sientes bien escuchando lo que son, lo que desean, lo que sufren, cómo ven la sociedad, y todo esto nos ayuda a ser personas, y a estar cerca del misterio de muerte y vida, el de ellos, el nuestro, el de Jesús vivo…

Visitar, escuchar, acompañar…, nos humaniza, nos da esperanza, nos hace conocer a fondo otras personas, nos comunicamos… Nos hace dar cuenta de lo que somos, de lo que es la condición humana.

Personalmente, decidí implicarme porque creí que la comunidad cristiana debe conectar con todas aquellas personas que sufren. En ellos y ellas encontramos a Dios. Somos -hemos de procurar ser- en nuestras comunidades, la voz de nuestros hermanos/as encarcelados, y por lo tanto la voz del Cristo sufriente en ellos. Tratamos de ser también la voz de las comunidades y de la ciudadanía de nuestros barrios para con ellos y ellas.

Visitar los presos es una tradición de la Iglesia que seguimos (“me visitasteis en la prisión”, Mateo 25). La Iglesia se forjó en las prisiones (ver Hechos de los Apóstoles: encarcelamientos de Esteban, Pedro, Pablo y otros). Muchos apóstoles, mártires y muchos cristianos/as han sido encarcelados y, de hecho, seguimos a un sentenciado a muerte en el madero de la cruz.

A menudo decimos u oímos: “lo merecen”, “lo tienen que pagar”, “viven como reyes”… Bueno, una vez los visitas te das cuenta de que son víctimas de un sistema injusto y a la vez, de una responsabilidad suya: ellos tienen conciencia de que deben “pagar” sus errores, el sufrimiento que han producido a sus familias, pero no a destiempo, como ocurre, ni a veces ¡tantos años!

Tienen ganas de salir de permiso o definitivamente. Quieren ver al abogado, al trabajador social, al psicólogo, e insisten pidiéndolos y cuesta mucho que les hagan caso.

Nos comentan su vida personal, de pareja, de familia, hijos… Conocen muy bien las normas, el sistema penitenciario y judicial. Muchos de ellos tienen ganas de avanzar, de salir adelante: de la droga, de las sentencias acumuladas, de las situaciones familiares, laborales… Piensan rehacer su vida.

A veces hablan de Dios, de la oración y comparten sus sentimientos religiosos, espirituales… El relacionarte más bien con gente joven te da vida. Para mí es un regalo de vida que viene del Misterio de Amor.

Nos preguntan cómo está el barrio, lo añoran de cómo era cuando eran adolescentes… Esperan y agradecen las visitas de los familiares y las nuestras.

El equipo de visitadores/as nos reunimos una vez al mes para intercambiar nuestras sensaciones, y así tratamos de mejorar nuestra atención y acompañamiento. Hemos constituido una pequeña comisión para gestionar los procesos personalizados y acompañar (búsqueda de vivienda, trabajo, salud…)  cuando salen del centro.

Otra tarea del proyecto de Puertas Abiertas es sensibilizar a nuestras comunidades parroquiales y al barrio. Una vez al año exponemos nuestro testimonio en las parroquias. Hemos llevado a cabo diferentes intentos de exponer todo esto en los barrios y en sus entidades, pero con poco éxito. La temática de las cárceles tiene muy “mala prensa” entre la población. Creemos que es buena la aproximación mutua de las dos realidades: internos y barrio, para quitar muchos miedos y prejuicios que a veces, con pocos conocimientos, tenemos sobre los internos y los centros penitenciarios. Todos somos responsables de lo que ocurre en el barrio y en nuestra sociedad y es muy conveniente que avancemos en la sensibilización sobre esta realidad compleja, que demasiadas veces nos suscita visiones falsas y descalificadoras de las personas.

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Correo electrónico: info@fundaciolavinya.org

Twitter: @fundaciolavinya

Página web: www.fundaciolavinya.org

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Imagen extraída de: Pixabay

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