Salvini en el pretorio: ¿Barrabás o los emigrantes del Aquarius?

Salvini en el pretorio: ¿Barrabás o los emigrantes del Aquarius?

Pablo Font OportoUno de los pasajes del Evangelio más escalofriantes es aquel en que Poncio Pilatos, gobernador de Judea, intenta desesperadamente una jugada que compatibilice sus intereses y ambiciones personales con sus escrúpulos de conciencia: no encontrando modo de condenar en Derecho y justicia a Jesús, no pudiendo no condenarlo sin perjuicio para su carrera política, intenta externalizar la decisión: que sea el pueblo quien elija.

“El gobernador tomó la palabra:
—¿A quién de los dos queréis que os suelte?
Contestaron:
—A Barrabás.
Respondió Pilato:
—¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?
Contestaron todos:
—Crucifícalo.
Él les dijo:
—Pero, ¿qué mal ha hecho?
Sin embargo, ellos seguían gritando:
—Crucifícalo
—Allá vosotros.
Entonces les soltó a Barrabás, y a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran” (Mt. 27, 21-26).

La madrugada del pasado domingo 629 inmigrantes procedentes de las costas libias eran rescatados. Entre ellos hay menores y mujeres embarazadas. Ya saben lo que pasó desde entonces. Italia, violando las normas internacionales, se niega aceptar el desembarco de los rescatados. Matteo Salvini, líder de la Liga Norte y, a la sazón, flamante vicepresidente y ministro del Interior (tomó posesión del cargo el pasado 1 de junio), da órdenes de que el barco no acceda a ningún puerto italiano. Presiona a Malta para que lo acepte; ésta, manteniendo un pulso que arrastra desde hace tiempo y que se antoja ahora más difícil, se niega invocando el Derecho internacional y la ubicación del rescate. La situación es cada vez más tensa. El nuevo Gobierno español, presidido por Pedro Sánchez, se ofrece para acoger al barco y a los inmigrantes. Salvini anuncia en Twitter su victoria.

Hace algunos meses leí un comentario de Roberto Saviano donde el famoso escritor trataba de explicar cómo era posible que en las pasadas elecciones el Sur italiano hubiese votado masivamente a un partido nacionalista del Norte, de tintes claramente xenófobos. El descontento con Berlusconi y sus promesas siempre incumplidas habría abierto la puerta a la masificación del voto populista.

¿Qué es el populismo político? Tal vez podríamos definirlo, abreviadamente, como todo movimiento que ofrece al pueblo lo que quiere oír, incluso a sabiendas de que no es posible y/o conveniente para el bien común. Versiones más recias son aquellas que recurren a la manipulación, directa o subrepticia. Parece que, en estos tiempos de desencanto, crisis económica crónica, aumento de la desigualdad, miedo (a la precariedad laboral, al cambio acelerado, a la exclusión social, al terrorismo, al cambio climático, a la vulnerabilidad en general…), el terreno parece abonado para todo tipo de populismos. De hecho, parece más bien que todos los partidos se han apuntado, de una u otra forma, a los modos de proceder populistas. La interconexión globalizada y permanente, junto con el fenómeno de las redes sociales, ha hecho proliferar el fenómeno de las mal llamadas fake news y de la posverdad. Un impulsivo tuit de Trump le pone en el centro del discurso mundial, aunque lo que diga sea falso o improcedente. O tal vez precisamente porque lo que dice es falso o improcedente. Es lo que suscita morbo, interés y adhesión: un discurso contra lo políticamente correcto, contra las convenciones de los poderes establecidos…

Conocemos (o más bien, estamos empezando a conocer) los peligros de esta visión, pero parece que ha llegado para quedarse, al menos por un tiempo. El ascenso de los partidos de ultraderecha o antisistema se explica en gran medida por estos elementos, pero el fenómeno es más complejo. Algunos partidos antisistema responden que los que han laminado el sistema son precisamente los partidos que se arrogan su defensa, los partidos tradicionales. Y tampoco les falta razón.

En efecto, el tuit de Salvini resume un problema grave y preocupante. Cuando en 2015 se produjo la mayor crisis humanitaria de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, la Europa del bienestar miró para otro lado y firmó un tratado con Turquía que vulneraba el Derecho Internacional. ¿Con qué Derecho exige ahora la Comisión a Italia que lo acate?

Las cosas son más complejas, sí. Ciertamente, como me decía un amigo cura que trabaja entre un barrio marginal y otro obrero, el que tiene que lidiar con los desafíos sociales que conlleva la inmigración no es el progre del centro de la ciudad. De hecho, es sabido que los grandes graneros de votos ultraderechista europeo no son las clases acomodadas. Así, cuando los conservadores y xenófobos gobernantes de varios países del Este (con el presidente de Hungría, Viktor Orbán a la cabeza) cerraron sus fronteras y se negaron a admitir a los refugiados provenientes de Siria, en cierta manera acusaban a los países ricos de Europa de desentenderse de sus obligaciones. E Italia lleva tiempo insistiendo en que no puede absorber toda la inmigración que recibe y que la Unión Europea debería colaborar en la Frontera Sur.

Todo esto es cierto. Pero también lo es que hay muchos intereses en juego, y que detrás de los movimientos migratorios, que se llevan a cabo desde un derecho natural que el ser humano ha ejercido desde que es tal, hay situaciones creadas y mantenidas por el Norte dominador. Igualmente, hay muchos intereses en juego que explican el porqué no existen vías seguras para la entrada de inmigrantes y refugiados, y esto explica en gran medida el famoso asunto de las mafias.

Pero hay incluso algo más. El populismo se alimenta de lo que somos, sobre todo, de lo peor de nuestra naturaleza humana. Es más, lo alimenta. El populismo no es, pues, sólo lo que somos o lo que queremos, es también lo que quiere que seamos y queramos. Cabe aquí hacer paralelismos con aquel argumento falaz de los medios que emiten telebasura: “damos a la gente lo que quiere”. Estos mass media saben que con sus contenidos refuerzan las pasiones más bajas e instintivas de la persona, de tal modo que las masas poco educadas le devuelven a cambio más hambre de bazofia. Y ya sabemos que la bazofia no sólo es más barata de producir, sino que mantiene al sujeto entretenido, domesticado, alienado… Una sociedad manipulada es una sociedad esclava. Lo que es peor: una sociedad esclava que no lo sabe (¿recuerdan la película Matrix?).

Por tanto, ¿qué resulta más fácil? ¿Educar a las sociedades? ¿Redistribuir la riqueza? ¿Elaborar programas complejos y costosos de integración social? ¿Avanzar hacia una democracia participativa y deliberativa? ¿Someter a los grandes poderes fácticos y democratizar el poder económico que acumula ingentes ganancias en esta era de capitalismo globalizado? ¿Renunciar al mantenimiento de fortalezas de bienestar rodeadas por amplios cinturones de pobreza y exclusión, internos y externos? ¿Construir una Humanidad donde primen el respeto a la dignidad personal y los derechos de la persona? ¿Es eso lo que quieren los que mandan? Entonces, si no es así, ¿qué es lo que quiere oír la gente? ¿O más bien qué es lo que los que mandan quieren que la gente quiera oír? Ya sabemos que nuestra naturaleza es débil, pero es también maleable.

Cuando el poder que sólo busca más poder pregunta al pueblo lo que quiere, en realidad sólo espera escuchar el eco de sus propios deseos (y si no lo espera, o miente o se engaña a sí mismo). Ahora bien, sólo es posible ganar más a costa de que otros pierdan todo: los inocentes. Entonces surge la tragedia y nos llevamos las manos a la cabeza hasta que pasen a publicidad. Ellos lo saben y juegan a eso. Por eso vuelven una y otra vez a preguntarnos: “¿A quién queréis que os suelte?”

aquarius

Imagen extraída de: El Correo Gallego

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