"Los Ejercicios son un libro para no ser leído. Ha de ser practicado"

“Los Ejercicios son un libro para no ser leído. Ha de ser practicado”

Josep M. Rambla BlanchHay una serie de expresiones relativas a los Ejercicios que son o bien paradojas o afirmaciones desconcertantes. Y, con todo, son iluminadoras. He aquí unas cuantas. “Los Ejercicios son un libro para no ser leído”, claro, porque ha de ser practicado. “Los Ejercicios son el libro de la pregunta, no de la respuesta”, porque son una especie de guía para el peregrinaje espiritual, un manual de exploradores del espíritu. “Los Ejercicios no contienen nada nuevo, nada que no se haya ya dicho en la tradición espiritual y cristiana anterior a san Ignacio”, porque su originalidad no es el material que maneja el autor sino el edificio de iniciación espiritual que construye con su experiencia y la rica tradición cristiana precedente y, por tanto, la originalidad de los Ejercicios es su mistagogia. “Los Ejercicios son un texto literariamente rudimentario, de poca calidad”. Pero ahora se ha descubierto, entre otras cosas, que Ignacio es fundador de lenguaje, es decir, tiene una capacidad de expresión que cubre cuatro niveles diferentes… “Los Ejercicios son la autobiografía del santo, pero elaborada didácticamente”… Todas estas afirmaciones revelan directamente o por contraste algunos de los aspectos de los Ejercicios. Nos fijaremos, para empezar, en esta última afirmación.

  1. La autobiografía de Ignacio elaborada didácticamente (Henri Brémond)

Partimos, pues, de esta última afirmación: los Ejercicios son la autobiografía de Ignacio didácticamente elaborada. En efecto, no se entienden bien los Ejercicios si no se conoce un poco la experiencia espiritual del santo, que contienen de forma latente. Veámoslo con un poco de detalle.

De Loyola en 1521 hasta Tierra Santa en 1524, es el tiempo marcado por el “hacer”, hacer cosas por Dios y por los demás. En Loyola durante la convalecencia se realiza la conversión del deseo, deseo y anhelo de cosas grandes transformado en hacer las cosas que hacían el santos y buscar la gloria de Dios. Es el “coraje y liberalidad” (EE 5) que tanto aprovecha a quien comienza los Ejercicios. Mientras, descubre que Dios se manifiesta como el amigo del ser humano, sus movimientos llevan siempre a crecer, contra la engañosa acción del mal espíritu, “el enemigo del hombre” (EE 334).

En Montserrat, aquel peregrino loco por nuestro Señor Jesucristo recibe una maestría importante, ilustrado por la devotio moderna, pone un poco de orden y método a sus impulsos generosos de hacer cosas grandes, pero sin orden ni medida, “sin discreción “, decía él.

Es en Manresa donde la experiencia espiritual iniciada en Loyola cuaja en forma de una experiencia fundante. Es decir, en medio de oración y penitencia, de luces y de oscuridades, de ánimo y de depresiones, Dios se le comunica de manera inmediata y definitiva, “le enseñaba como un maestro de escuela”, hasta el punto que la fe le penetra tan adentro que ya podría prescindir de la Biblia. Y el Señor le hace ver la realidad del mundo con unos ojos nuevos, con los ojos de Dios. Desde entonces no piensa en otra cosa que en ayudar a las almas, la gloria de Dios y el bien de las personas.

Con este deseo, siguiendo el camino de los santos, se va a Tierra Santa como ya había proyectado en Loyola. Allí, sin embargo, queriendo sólo dedicarse a la devoción y a ayudar a los demás, se da cuenta de que lo que hay que hacer no es sólo hacer lo que se cree que es bueno, lo que es muy generoso, lo que han hecho los otros santos, sino que lo que hay que hacer es no anticiparse al Espíritu y dejarse guiar por Dios. Lo que parecía ser ya el último y definitivo paso de su vida, “hacer”, realizar lo que hacían los santos, se transforma y pasa de “hacer” a “buscar”. Buscar a Dios no sólo en la devoción personal y la ayuda privada a los demás o el apostolado, sino en la sociedad y la historia de su tiempo. Y vuelve de Tierra Santa no con una respuesta sino con una pregunta: “¿Qué tengo que hacer?”. Qué lucidez manifestó Roland Barthes cuando captó que el libro de los Ejercicios no es el libro de la respuesta sino el libro de la pregunta.

Durante los años siguientes, Ignacio va elaborando los Ejercicios ya como un método de ayuda a los demás partiendo de su experiencia personal. Y ahora no sólo elabora su experiencia sino que empieza a dar los Ejercicios. Y este periodo culmina cuando en París termina esta elaboración y se enriquece con los estudios. Fruto de esta experiencia, enriquecida con la práctica de ayudar a los demás y también de los estudios, es la plana mayor de ejercitantes de París. Son siete, entre los que están los santos Pedro Fabro y Francisco Javier y los teólogos Diego Laínez y Alfonso Salmerón. Son los que formarán el núcleo de la Compañía de Jesús. Nos encontramos en 1534 y aún pasarán 14 años hasta que en 1548 aparezca la primera edición de los Ejercicios.

  1. ¿Qué son los Ejercicios?

Las dos pasiones, casi obsesiones, de Ignacio eran: la gloria de Dios y la ayuda a los demás. Muchas veces se ha tratado de definir el sentido de los Ejercicios con la frase de san Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva; la vida del hombre es la comunión con Dios”. Con el convencimiento de que lo más grande, lo que más llena la vida de una persona, es la comunión con Dios, abrirse a su gratuita comunicación, los Ejercicios son una mistagogia para que el hombre se encuentre con Dios y que encontrándose con él se encuentre a sí mismo. Por ello, el punto central de la experiencia de los Ejercicios es la elección, el momento en que el ejercitante que se ha ido haciendo transparente a Dios, mediante la unión con Cristo, reconoce de verdad quién es él y cuál es el sentido de su vida. Es muy importante destacar esto porque la atención prestada a muchos valores espirituales y humanos de los Ejercicios (pedagogía, psicología, lingüística, liderazgo…) y la ponderación de ellos, puede ser como la mirada a los árboles que no nos dejan ver el bosque, es decir, el sentido profundo de los Ejercicios.

Ahora bien, el proceso de los Ejercicios se difracta en tres dimensiones, tres vectores, de una única experiencia: La disponibilidad o el desbordamiento, la encarnación o la historización y la búsqueda continua o el discernimiento.

a) La disponibilidad o el desbordamiento. Esta cara de la experiencia espiritual de los Ejercicios se puede definir con dos palabras típicamente ignacianas “todo” y “más”. “Todo” es una especie de definición subliminal de Dios. En los Ejercicios Dios es el “Señor de todas las cosas” (EE 98), “todos los bienes y dones descienden” de él (EE 237), lleva al alma “toda en amor” suyo (EE 330). De ahí que la relación con ese Dios, que lo es todo, lo unifica todo y da sentido a todo, pide una apertura de todo nuestro ser, un desbordamiento: “Todas nuestras intenciones, acciones y operaciones” (EE 46), y finalmente, el ejercitante hace una ofrenda entera de todo: libertad, memoria, entendimiento y voluntad y de todo su ser y lo que posee (cf. EE 234). En definitiva, los Ejercicios llevan a “la disposición de la propia vida para la salud del alma”, porque al ejercitante le basta con vivir con el “amor y gracia” de Dios (EE 234). Esta mirada a Dios como todo es una versión de la sustancia de la fe de Israel asumida por Jesús en el NT: Amar a Dios con todo el corazón, toda la mente, todas las fuerzas… Es también una actualización del “Dios mío y todas las cosas” de san Francisco.

Pero al “todo” corresponde el “más”. Si el “todo” es la utopía, el “más” es el dinamismo y el camino hacia la utopía, verdaderamente nunca lograda totalmente. Cuando la persona que se ejercita dice “más” y hace aún “más”, expresa su deseo y anhelo de un Dios siempre mayor, siempre más grande: “Más” es el continuum de un deseo que es la manifestación de un amor que nunca tiene suficiente con lo que quiere o hace, que siempre busca más, que quiere conocer más a la persona amada, seguirla mejor, imitarla del todo. Se trata de amar con desbordamiento, con un amor hasta rebosar, diría San Pablo.

b) La encarnación o historización de la experiencia de Dios. Este Dios que nos desborda sólo tiene una mediación para el ejercitante, el Cristo, pero el Cristo contemplado, amado y seguido en la historia del mundo y en la propia historia personal de cada ejercitante. Un Cristo que “por mí se ha hecho hombre” (EE 104). Este aspecto de la experiencia de los Ejercicios se encuentra pautada por el conocimiento, como relación amorosa, y por el seguimiento e imitación, que es una manera de “prolongar el Cristo” (Karl Rahner) en orden a “hacer la historia de hoy como Jesús hizo la de su tiempo” (Jon Sobrino). Porque la contemplación de los misterios de Cristo hasta la pasión, muerte y resurrección se “refleja” en la persona y las circunstancias del ejercitante, es decir, proyecta su luz a la vida e historia del ejercitante.

c) Buscar y discernir. Todos los Ejercicios están atravesados por este movimiento de “buscar y hallar la voluntad divina” (EE 1). Esta búsqueda, integrada en las otras dimensiones ya descritas, es una continua atención a las mociones y pensamientos que se producen en el interior con el fin de descubrir su dirección hacia el crecimiento en Dios o el decrecimiento y despersonalización (cf. EE 313). Todo el día y todos los días, la persona que hace los Ejercicios debe estar atenta a “hacer mejor los ejercicios para encontrar mejor lo que se desea” (EE 73). La elección, o el reconocimiento de la voluntad de Dios en la propia vida, es un punto central, si bien no es el final. Palabras como buscar, sentir, conocer, examinar, discreción, etc. marcan toda esta vertiente de la experiencia unitaria de los Ejercicios, el discernimiento.

En conclusión, en la medida en que “la persona que se ejercita” (EE 9) se va despojando de sí misma, y Cristo se va formando en ella (cf. Gálatas 4,19), escuchando las resonancias o reacciones que “en su alma se originan “(EE 313), llega a poder “en todo y del todo amar y servir a su divina majestad” (EE 233). Entonces, Dios y mundo se unen en una misma vivencia, fe e historia se iluminan y convergen. Así, se puede conseguir progresar en el ideal de “buscar y encontrar a Dios en todas las cosas”.

  1. Los ejercicios de los Ejercicios

Esta experiencia espiritual que he descrito se realiza con el apoyo de una serie de prácticas bien articuladas que constituyen la mistagogia de los Ejercicios. Prácticas o ejercicios muy variados: diferentes formas de oración vocal o contemplativa, exámenes también múltiples, discernimiento de los movimientos interiores y de los pensamientos, recogimiento y atención al ambiente, al cuerpo, al comer y al dormir, penitencia corporal, participación en la liturgia y lecturas espirituales… Sobre todo, diálogo con la persona que “da los ejercicios”, que es una especie de entrenador, que orienta, pero no interviene en la propia actividad del ejercitante. Dos cosas hay que destacar de esta mistagogia: el carácter holístico y la integración. El carácter holístico, porque en los Ejercicios intervienen el cuerpo, la sensibilidad y la imaginación, el pensamiento y la voluntad, el entorno donde uno se mueve, el comer y el dormir, etc. En resumen, toda la persona con sus dimensiones personales y sus relaciones con el entorno están implicadas. Además, esta experiencia tan rica y variada es una experiencia integradora, porque el ejercitante no debe estar “dividido en muchas cosas, sino poniendo todo el cuidado en una sola” (EE 20). Y todas las orientaciones que se deben tener presentes con mucho cuidado durante todos los Ejercicios deben confluir en el objeto que lo integra y unifica todo: “hacer mejor los Ejercicios y para encontrar mejor lo que se busca” (EE 73) .

  1. Conclusión

El libro de los Ejercicios es, como se ha dicho, un libro para ser practicado por quienes se interesen por la vida del espíritu, por la vida interior y por vivir en profundidad la vida humana. Quizás la mejor recomendación es del propio san Ignacio quien, a pesar de ser conocido por una proverbial aversión a las ponderaciones excesivas, dijo de sus Ejercicios Espirituales: “Son lo mejor que yo puedo pensar, sentir y comprender en esta vida, tanto para aprovecharse uno mismo como para poder dar fruto, ayudar y aprovechar a muchos otros” (Carta a Manuel Mion, 16 de noviembre de 1536).

Ignacio de Loyola

Ilustración de Ignasi Flores para Grupo de Comunicación Loyola.

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