Cuestiones económicas y pecuniarias

Cuestiones económicas y pecuniarias

Manfred NolteEl 17 de mayo pasado ha tenido lugar la presentación en Roma por parte de los dicasterios vaticanos de doctrina de la fe y de desarrollo humano, del documento titulado ‘Oeconomicae et pecuniariae quaestiones: Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero’.

A diferencia de la mayoría de las naciones cuyos ordenamientos jurídicos establecen una clara jerarquía normativa que sitúa en el más alto lugar a la Constitución del país respectivo, para ir reduciendo luego el rango de las normas hasta meras circulares administrativas, el Estado Vaticano no tiene establecida una clara graduación en las suyas, aunque se reserve un lugar destacado a los propios escritos del pontífice, muy especialmente cuando habla de fe y costumbres en forma de encíclicas y exhortaciones papales. No obstante lo cual, y como consta en el último párrafo del escrito, el Sumo Pontífice Francisco, ha aprobado las ‘Consideraciones’ y ha ordenado su publicación. O sea, que si no es la voz personal y directa del Papa, es algo que se le acerca mucho y puede incluirse sin violencia en las tesis del evangelio social de Francisco I.

En esta ocasión, el título del documento es explicativo por si mismo: la Iglesia propone unas consideraciones para interpretar y en su caso mejorar el funcionamiento y finalidad del sistema económico y financiero de mercado, operante en la actualidad en la inmensa mayoría de pueblos del planeta.

Como establece su preámbulo, la creciente influencia de los mercados sobre el bienestar material de la mayor parte de la humanidad exige, por un lado, una regulación adecuada de sus dinámicas y, por otro, un fundamento ético claro que garantice al bienestar alcanzado esa calidad humana de relaciones que los mecanismos económicos, por sí solos, no pueden producir. Es preciso un vínculo entre el conocimiento técnico y la sabiduría humana, sin el cual todo acto humano termina deteriorándose. Y en este recordatorio ético y moral, el documento, como en otros redactados por la Iglesia que abordan el tratamiento de la realidad económica, aporta perspectiva, centralidad en el ser humano, solidaridad y remisión repetida al bien común.

Para el economista de profesión, resulta muy importante al interpretar la doctrina social del papa, distinguir entre la moralidad de los mecanismos del mercado, en abstracto y la moralidad de las conductas corruptas, inmorales e ilegales en la utilización de los mecanismos de mercado. Respecto al primer aspecto, el escrito es razonable: el dinero –se afirma en el texto- es en sí mismo un instrumento bueno, la competencia estimulante, el beneficio necesario, el mercado como mecanismo de asignación de los recursos insustituible. Es en la perversión, inmoralidad e ilegalidad en el uso de dichos mecanismos donde se alza la voz de la Iglesia de Bergoglio. Y así debe ser. En ello coincide con la voz de los clásicos, padres de la economía, que junto a sus ingenuas propuestas acerca de manos invisibles y de mercados autocorrectores eficientes, ya advertían que la maquinaria económica solo funcionaría en ausencia de posiciones dominantes de mercado.

Dicho esto, y aunque asistimos a un conjunto de ‘consideraciones’ propositivas, el documento relata vulnerabilidades y lacras de los mercados financieros que son mayoritariamente reconocidos en la mayoría de los ámbitos políticos, académicos y prudenciales y que, además, en varias ocasiones se remiten a hechos ya pasados, en particular a sucesos relacionados con el estallido de la crisis de Wall Street en 2007 y que se hallan asumidos y en su mayoría acotados de cara a posibles episodios futuros.

Los párrafos de la declaración recorren episodios repudiados no solo por la doctrina social de la Iglesia o por la filosofía moral, sino por los órganos reguladores y supervisores multilaterales y en muchos casos por las diversas judicaturas nacionales. Todavía hoy, diez años después de la quiebra de Lehman Brothers, los jueces aplican multas estratosféricas a los banqueros yanquis que engañaron sistemáticamente a la clientela con la paquetización y venta de las hipotecas ‘subprime’ o a los que más recientemente manipularon el Euribor, referencia generalizada de múltiples productos de consumo financiero. En otro pasaje se advierte que el bienestar debe evaluarse con criterios mucho más amplios que el PIB, aspecto sobre el cual el estado del arte económico ha lanzado decenas de alternativas teóricas, que no logran sin embargo inutilizar el pragmatismo del viejo índice. Alude asimismo –como condenable- a la comercialización asimétrica de algunos productos financieros aprovechando lagunas informativas o la ignorancia del comprador, conducta que nos remite a ejemplos como la comercialización de preferentes, donde la venta en sí misma lícita ha utilizado el engaño, aspecto reconocido y castigado en su momento, como lo han sido algunas ampliaciones de capital bancario mal informadas y otros delitos similares. Una vez más el engaño y el fraude es el que resulta reprobado. Y así debe ser.

Junto a estos pasajes asumibles hay en la presentación de las declaraciones una reiterada condena de la especulación sin distinguir si se realiza con fondos propios o ajenos. La especulación no es mala ya que solo activa expectativas. Todos vivimos en un constante proceso diario de especulación. Solo es ilícita cuando arriesga capitales ajenos y también –siendo legal- debe ser combatida con políticas contraespeculativas del gobierno en circunstancias excepcionales. La referencia a tipos de interés de usura que también se condena se remite evidentemente a zonas geográficas distintas de las economías centrales. Todos los partidos asumen hoy en día la recomendación vaticana acerca de “la impelente necesidad de una adecuada regulación”. Dicha regulación y la vigorosa presencia del estado en la economía es la norma de la actuación política actual. Sugiere atinadamente el escrito la creación de una autoridad bancaria global, aunque comprende su dificultad. En ese contexto avanza la Unión bancaria europea, y los esfuerzos normativos del Consejo de Estabilidad Bancaria, el Comité de Basilea y otros organismos sectoriales multilaterales. La separación sugerida en los bancos de las carteras de inversión y otras más arriesgadas de ‘negociación’ está implantada en los bancos desde hace décadas y la no subordinación  por parte del Banco de la concesión de un préstamo “a la simultánea subscripción de otros productos financieros quizás no favorables al cliente” es una prescripción recientemente introducida por la normativa MIFFID.

Una propuesta interesante del escrito vaticano es el establecimiento de comités éticos para apoyar a los consejos de administración, todo ello para ayudar a los bancos, no sólo a preservar sus balances de las consecuencias de sufrimientos y pérdidas y a mantener una coherencia efectiva entre la misión fiduciaria y la praxis financiera, sino también a apoyar adecuadamente la economía real. Tal recomendación recuerda en parte a las comisiones de control operantes dentro de las normativas de las antiguas cajas de ahorro, hoy desgraciadamente extinguidas. La preocupación por regular los mercados de derivados es compartida por los reguladores bancarios que han avanzado en muchos de los puntos sugeridos en las Recomendaciones.

La carta contiene una decidida denuncia a una doble lacra de nuestra economía de mercado, y en ello hay una oportunidad de reflexión para denunciar la gigantesca falta de omisión cometida por la Comunidad de Naciones: la permisividad de esas cloacas financieras llamadas eufemísticamente ‘Paraísos fiscales’ y la impotencia para frenar la riada de la ‘elusión’ de las empresas multinacionales a través de sus precios de transferencia en beneficio de su centro ultimo de tributación. No queda aquí sino alzar la voz de la indignación y expresar la perplejidad por esta injustificable tolerancia.

El documento se desmarca de aquella condena generalista de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium de 2013 en la que se denunciaba al sistema económico como perverso en sus raíces (‘esta economía mata’) pero mantiene un vívido recordatorio de algunas cosas sabidas y aun corregidas junto a la acusación de otras que se perpetúan y no deberían tener cabida en nuestra sociedad.

Insustituible en el documento es el recordatorio de la hipertrofia (idolatría) del valor absoluto del dinero, el permanente riesgo del descarte de amplias masas sociales (la globalización de la indiferencia) y la sordera al grito de los pobres y de la tierra, de la inversión en una economía finalista que no advierte los daños colaterales de sus acciones y precisa de ingentes inversiones para reparar esos mismos daños que produce.

La economía de Jorge Mario Bergoglio se basa en el rearme moral, en la referencia constante al vínculo indisoluble entre una ética respetuosa del bien común y la funcionalidad real de todo sistema económico-financiero.

Un importante recordatorio que nos hace conscientes del largo camino que falta por recorrer.

cuestiones económicas

Imagen extraída de: National Catholic Register

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