El Mayo del 68, de la movilización callejera al quinto poder

El Mayo del 68, de la movilización callejera al quinto poder

Xavier Garí de Barbarà. [Revista Descubrir la Historia] El Mayo Francés de 1968 fue un momento histórico único, un punto de inflexión en la Europa Occidental del siglo XX. Una Europa sitiada y dividida por la Guerra Fría, la más longeva de las conflagraciones mundiales contemporáneas, que dió lugar a cuatro grandes revueltas ciudadanas: la de Hungría (1956), la de Praga (1968), la del Mayo del 68 Francés y la de Berlín (1989). Ésta última dio caída al muro del mismo nombre, producto indirecto de la revolución soviética con la que el siglo XX comenzó su andadura, también con una movilización social de masas. Entre medio de esas cuatro revueltas ciudadanas: el Mayo Francés, que se centró en la movilización callejera, es decir, en los movimientos sociales, cuyo activismo dejaría una marca indeleble para la segunda mitad de la centuria. Tal fue el sello que el Mayo del 68 Francés daría un impulso notable a los movimientos sociales hasta catapultarlos al nivel del Quinto Poder, tras el de los medios de comunicación, que ya comenzaban a ser entonces el Cuarto Poder, y los conocidos tres poderes separados de un Estado (legislativo,
ejecutivo y judicial).

Según Grau e Ibarra[1], entendemos por movimientos sociales una forma de acción colectiva que implica la preexistencia de un conflicto, de una tensión que trata de resolver esa acción colectiva –haciéndolo visible, dándole dimensiones, o cambiándolo-. No obstante, no cualquier conflicto desemboca en una acción colectiva que toma la forma de un movimiento social. Otras definiciones clásicas de movimientos sociales son las que los explicitan así: “Empresas colectivas destinadas a realizar cambios en el orden social” (Lang y Lang, 1961); “Esfuerzos colectivos para controlar el cambio social o para alterar la dirección del cambio” (Lauer, 1976); “Formas más o menos organizadas de acción colectiva orientadas al cambio social”; o también: “Grupos de individuos reunidos con el propósito común de expresar el
descontento sentido subjetivamente de forma pública y de cambiar lo que se percibe como los fundamentos sociales y políticos de tal descontento” (Eyerman y Jamison, 1991); “Intentos no convencionales de un grupo de producir o evitar el cambio” (Wood y Jackson, 1982).

En cualquier caso, el Mayo Francés se presentó como un gran movimiento social que explotó en París afectando a media Francia, y que se alargó en el tiempo durante semanas pero su influencia alcanzó meses y años. ¿Anteriormente no habían existido movimientos sociales de esta índole? Los anteriores a 1968 existieron pero eran reducidos, puntuales o, simplemente, testimoniales. Previo al Mayo Francés pero todavía en el siglo XX, se podrían destacar principalmente tres. Por un lado, el movimiento de las Sufragistas (Estados Unidos, 1917), fraguado durante las últimas décadas del siglo XIX y liderado por algunas activistas norteamericanas, que se organizaron para reclamar el derecho de las mujeres a votar en elecciones democráticas. Se conseguiría en 1918, cuando el Congreso aprobó la Enmienda 19 a la Constitución, que prohhibía la discriminación de voto por razón de sexo.

En segundo lugar, en aquel mismo año 1917, Rusia vivía un movimiento social sin precedentes que desembocó en la Revolución de Octubre y la proclamación de un estado soviético sobre el antiguo Imperio Zarista Ruso. La situación política y social previa recordaba algunos elementos propios del feudalismo medieval, y la población vivía en la pobreza y sin un horizonte esperanzador, aún siendo el país mayor del mundo y disponer de incontables recursos para hacerlo fructificar.

Finalmente, y en tercer lugar, otro de los grandes movimientos sociales del siglo XX fue el que lideró el Mahatma Gandhi con la movilización noviolenta para la independencia de la India. Destacó especialmente la Marcha de la Sal, llevada a cabo personalmente por Gandhi en 1930, en la que se propuso recorrer 390 kilómetros para protestar contra los abusos del Imperio Británico. La Marcha convirtió a Gandhi en una referencia política mundial, y desencadenó la primera ola de desobediencia civil masiva contra un poder establecido, especialmente el británico. Sería necesaria aún una lucha de más de 17 años para que la India obtuviese finalmente su independencia.

La Segunda Guerra Mundial cortó en seco la movilización social hasta la década de los años 1960, cuando la posguerra mundial comenzaba a quedar lejos y una nueva generación nacida al final de aquel conflicto bélico tan traumático, comenzaba a avanzar para dejar atrás su pasado y entrar con fuerza en el futuro que querían construir diferente. Aquellos años 60 fueron los de la nueva política norteamericana que renovaba un admirado John F. Kennedy, pero también la del revisionismo que
Nikita Krushev impuso con valentía ante el XX Congreso del PCUS y la crítica al estalinismo. Fue la década de la defensa de los derechos civiles de los afroamericanos, que llevó a luchas noviolentas y de resistencia pacífica hasta la Marcha sobre Washington, de agosto de 1963, bajo el liderazgo de Martin L. King. Fue también la época del Apartheid, de la segregación racial en Sudáfrica, de la violencia de los
afrikaners aunque eran herederos de la época colonial y minoría blanca en el país, y por supuesto, fue la época de la revuelta de los negros sudafricanos contra la represión blanca.

No obstante, fueron años también de mucha violencia y agitación, y de reacciones contra las movilizaciones sociales. John F. Kennedy y Martin L. King fueron asesinados; Krushev fue defenestrado al mando del PCUS y de la URSS; Mandela fue encarcelado por casi tres décadas en Robben Island. Además, los años 60 fueron la década de la Guerra del Vietnam, cuyas protestas masivas y reiteradas se congregaron no sólamente en los Estados Unidos, sino también en parte del resto del mundo. Fueron
años de tensión armamentística y carrera nuclear, lo que también movilizó a miles de ciudadanos contra la proliferación nuclear y el aumento desmesurado del militarismo. Había revueltas en la Europa del Este contra el sistema soviético (Hungría y Checoslovaquia, y la original autonomía de Yugoslavia que a su manera era una especie de revuelta interna del Bloque comunista), además de otros conflictos territoriales propios de la Guerra Fría. En Roma, sede de la Iglesia Católica, un Papa diferente firmaba la Encíclica “Pacem in Terris” en 1963, y abría un Concilio Ecuménico que daría pasos de gigante en una institución y unos fieles que durante siglos habían cambiado mínimamente.

En todo este contexto, también apareció movimiento hippie, uno de los principales abanderados sociales no institucionalizados, que generó también cambios cívicos desde la defensa del libertarismo, el pacifismo o el amor libre. Estos grupos también incitaban a la gente a dejar de trabajar en las industrias bélicas, a abandonar el consumismo y, en consecuencia, cambiar el modo en que las personas estructuraban su vida, su profesión, su consumo o su compromiso sociopolítico. Dicho movimiento
tuvo un auge cultural que influenció a grandes artistas como John Lennon, recordado incluso hoy como uno de los principales activistas políticos alternativos de su época que, por cierto, también fue asesinado.

Los movimientos sociales que se dieron tras el Mayo Francés, impulsados en parte por éste o a los que se unió y reforzó, fueron principalmente el del pacifismo, el feminismo y el ecologismo. El primero se centró en la lucha contra ya citada carrera armantetística y de proliferación nuclear, que situaba al borde del precipicio al planeta entero ante cualquier conflicto que se descontrolara. El segundo, ponía en primer plano la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, denunciando la discriminación de la mitad de la población mundial, sometida a la hegemonía masculina y a la explotación de ésta sobre la mujer. El tercero, el ecologismo, se anticipó a lo que hoy día es de tan rabiosa y preocupante actualidad: la lucha contra el cambio climático ante un sistema económico que desgasta el planeta sin dejarlo recuperarse, o bien lo enferma y contamina tan peligrosamente.

En conclusión, ¿qué quedó del Mayo Francés posteriormente a 1968? Permaneció y permanece actualmente, especialmente en la sociedad occidental, una herencia indiscutible e i n crescendo durante todo el siglo XX, que marcaría inexorablemente incluso el inicio del siglo XXI. La capacidad de movilización de los movimientos sociales se erigió desde entonces como indiscutible, convirtiéndose en contrapeso de los poderes gubernamentales, de las instituciones, de la influencia de la economía y las
finanzas, e incluso de la cultura y las costumbres dominantes. El siglo XXI comenzó con los llamados movimientos altermundistas o de antiglobalización, que significaron una toma de conciencia de los riesgos de una Globalización descontrolada o, mejor dicho, controlada por poderes fácticos e intereses políticos pero sobre todo económicos y financieros internacionalizados. Sin el Mayo del 68 no habría habido, indudablemente, la movilización con la que se dió inicio el paso al convulso siglo XXI. Y más en concreto, los movimientos pacifistas que dieron la vuelta al mundo contra la invasión de Irak, no se hubieran globalizado como movimientos por la justicia internacional, contra las guerras, por la defensa del medio ambiente y contra la pobreza de un sistema económico predominante pero generador de desequilibrios y crisis cíclicas, tras la caída del mundo soviético, sin que el Mayo Francés hubiese existido.

¿Qué dejó en la Francia de la época? Parece que la mayoría de los especialistas concluyen que la revuelta de Mayo del 68, como tal, no provocó cambios realmente decisivos en la sociedad francesa. La Universidad sí cambió: los estudiantes y el profesorado progresista se adueñaron prácticamente de ella, pero luego fueron perdiendo ese poder poco a poco. En las fábricas, los trabajadores obtuvieron ciertas
mejoras salariales y de condiciones de trabajo, y los sindicatos, un aumento de su influencia. El Estado mejoró las prestaciones sociales reforzando el creciente Estado del Bienestar. Hubo, por tanto, consecuencias y mejoras para los franceses, naturalmente. Pero también hay quien defiende que todas esas mejoras, como los cambios que se fueron produciendo en las costumbres -en el estilo de vida, en la
familia, en las relaciones de pareja, en las formas de ocio- coincidían con lo que pudiéramos llamar la ‘evolución natural de la realidad’. La prueba fue que en otros países de la Europa occidental no hubo una revuelta tan llamativa, y sin embargo avanzaron en dirección muy semejante. No obstante, la particularidad francesa, que tiene desde luego relación con lo ocurrido en Mayo del 68, no estriba tanto en los resultados materiales obtenidos y visibles, como en el sólido fundamento social que les proporcionó. Y es ahí donde la herencia de los movimientos sociales sí ha que ha significado una consolidación de los mismos como actores a tener en cuenta en las décadas posteriores. Actores que marcaron a Francia, que marcan a la Unión Europea y que marcan el mundo globalizado del siglo XXI, imposible entenderlo ya sin sus diversificados movimientos sociales.

Si tras los tres poderes de un Estado, el cuarto poder siempre ha sido el de los medios de comunicación, me atrevería a afirmar que el quinto poder son los movimientos sociales. De aquella calle alterada y de aquella sociedad revuelta de 1968, en París y media Francia, se actualizaron, se organizaron y se empoderaron los movimientos sociales como actores ineludibles del panorama nacional de muchos países, y del internacional de buena parte del mundo. Un contrapoder que nace en la calle pero que
podemos reconocer claramente que se eleva como si fuera el Quinto Poder en influencia en el mundo.

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[1] Anuario de movimientos sociales. Una mirada sobre la red. Elena Grau y Pedro Ibarra (coord.). Icaria Editorial y Getiko Fundazioa. Barcelona, 2000; pág. 9.

Mayo del 68

Imagen extraída de: Wikimedia Commons

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