Contemplación en la acción por la justicia desde Francisco

Contemplación en la acción por la justicia desde Francisco

Agustín Ortega. En su última y bella Exhortación Apostólica, “Gaudete et exsultate” (GE), el papa Francisco nos presenta una espiritualidad auténtica, coherente y creíble sin sesgos ni ideologizaciones en la que se abarcan e incluyen las diversas dimensiones de la fe, para realizar la vocación universal de la santidad que nos trae la vida espiritual. Una espiritualidad que, en el seguimiento de Jesús, está al servicio de la misión evangelizadora (buena noticia) del Reino de Dios y su amor, paz y justicia con toda la humanidad (GE 25). En la más valiosa tradición católica e ignaciana, Francisco nos muestra la unión profunda entre la oración y la misión con el servicio del amor al otro, en la búsqueda de un mundo más justo y fraterno. La unidad indisoluble entre el amor a Dios y a todo ser humano, que asimismo se efectúa en la promoción de la justicia con los pobres de la tierra, es esencial en la vida espiritual de la fe.

“Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión” (GE 26). Habitados por el Espíritu, la Gracia del Amor de Dios unifica la imprescindible vida de oración y contemplación con el ineludible compromiso por la justicia. Es la inter-relación inseparable entre la conversión personal, la transformación social e histórica y la renovación del cosmos. La espiritualidad encarnada de la fe, con la oración y vida contemplativa, se vive en la misión y se va desarrollando en el mundo como son las realidades de la familia, del trabajo y del ámbito de la ecología para ir anticipando el Reino de Dios con su justicia en la historia (GE 27-31).

De esta forma, Francisco denuncia las ideologías e ideologizaciones de la fe. Por un lado, el secularismo y activismo que no vive una mística del Amor de Dios en la oración, en la lectura contemplativa de la Palabra de Dios, etc. (GE 100). Y por otro, un espiritualismo desencarnado que no se compromete coherentemente en la defensa de toda vida y dignidad del ser humano, en la lucha por la justicia con los pobres. Frente a dichas ideologizaciones con sus relativismos, no hay que separar la espiritualidad y el compromiso moral que promueve la vida en todas sus fases o dimensiones. La mística se une con la responsabilidad sociopolítica por la civilización del amor, el bien común más universal, y la justicia con los empobrecidos del planeta. Por ejemplo, con nuestros hermanos migrantes y refugiados a los que hay que acoger con hospitalidad, defender su dignidad y derechos tal como nos enseña la Sagrada Escritura (GE 101-103).

Francisco afirma claramente que “es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si solo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden. La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GE 101).

Como se observa, el papa nos indica el camino de Jesús crucificado con la incomprensión, conflicto y persecución por el Reino que nos trae la vida, dignidad y justicia con los pobres, oprimidos y víctimas de la historia. Más, por paradójico que parezca, esta persecución conflictiva, cruz y hasta martirio que imponen los poderes de todo tipo, para acallar al Reino de la vida y de la justicia, se asume con alegría. En el gozo y la esperanza de la salvación liberadora, que se nos revela Cristo Crucificado-Resucitado (GE 90-94). El Espíritu Santo nos da la “parresía”, la valentía, audacia y el vigor profético para seguir en libertad con la misión al servicio del Reino de Dios y su justicia (GE 129-137) que, en el camino del Crucificado, nos libera del miedo y de todo mal (GE 174-175).

“Recordemos que «es la contemplación del rostro de Jesús muerto y resucitado la que recompone nuestra humanidad, también la que está fragmentada por las fatigas de la vida, o marcada por el pecado. No hay que domesticar el poder del rostro de Cristo». Entonces, me atrevo a preguntarte: ¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas, y te dejas mirar por él? ¿Dejas que su fuego inflame tu corazón? Si no le permites que él alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego, y así ¿cómo podrás inflamar el corazón de los demás con tu testimonio y tus palabras? Y si ante el rostro de Cristo todavía no logras dejarte sanar y transformar, entonces penetra en las entrañas del Señor, entra en sus llagas, porque allí tiene su sede la misericordia divina” (GE 151). Esta contemplación que, lejos de evadirnos del mundo, nos lleva a la relación profunda con los otros y al compromiso por la fraternidad en la historia (GE 152-153). Y alimentados por la Palabra de Dios y la Eucaristía, encuentro con la presencia real de Cristo, nos vamos trasformando cada vez más en la comunión de la misericordia e iglesia (GE 140-142, 155-157).

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Imagen extraída de: Pixabay

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