Retiro en la ciudad (III): Sábado santo: alegría. Alegría, no obstante

Retiro en la ciudad (III): Sábado santo: alegría. Alegría, no obstante

Josep M. Rambla BlanchLos gritos de angustia de los sufrimientos del viernes santo dan paso al silencio de la mañana del sábado santo y, en medio de este, irrumpe la alegría de la Resurrección.

A. Dios le ha glorificado (cf. Jn 12,28)

“Después de tanta aflicción verá la luz” (Is 53,11)

Jesús, bebiendo el cáliz amargo de la cruz, ha conseguido la plenitud de la alegría. Su condición divina ahora se manifiesta y llena de alegría su corazón y los nuestros. Esta alegría emerge en medio de los sufrimientos y resuena aún mucho más fuerte después de las lágrimas del viernes. Estamos quizás tentados a mantenerlas estas con el impulso de preguntarnos: ¿Es posible la alegría en nuestro mundo actual? ¿Quizás nos encontramos con “temblor y espanto”? (Mc 16,8)… Jesús, sin embargo, nos dice que sí, que la alegría es posible. “Que os alegréis conmigo” (Jn 15,11). Nadie nos la podrá quitar, aunque pasemos por caminos de tristeza. Una alegría extra, “completa”. Hay que trascender nuestras medidas de felicidad y de alegría para alcanzar la alegría de Dios. ¿Dónde nos propone Jesús la felicidad? Unámonos al grupo de los discípulos, que “se alegraron de ver al Señor” (Jn 20,20). “El Señor está cerca” (Fil 4,4-5).

Nuestra alegría va muy ligada a la oración. Porque la alegría es un don, incluso un fruto del mismo hecho de orar, del acto de pedir: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16, 24). Es que Dios es alegría (Mt 25,21-23).

B. Alegría, no obstante

Os invito a dejarnos llenar de la alegría del resucitado a través del cuadro de Pérez Esquivel, El Resucitado acompaña al pueblo. Con todo el colorido, transmite la exultación del pueblo latinoamericano que siente en Jesús un liberador.

Sin embargo, antes de pasar demasiado rápidamente a ver las consecuencias gozosas que tiene para nuestras vidas la resurrección de Jesús, San Ignacio nos propone alegrarnos no por nuestro bien, sino “por la alegría de Cristo resucitado” mismo . Con él hemos sufrido, y con él nos alegramos. Si de él nos hemos com-padecido, con él nos con-graciamos.

Jesús vive su propia alegría

Jesús comparte la alegría con el Padre. Al final de nuestra vida, nosotros también esperamos que el Padre nos diga: “Entra y alégrate conmigo” (Mt 25, 21:23). Y el Cristo, el primero de todos los vivientes, nos comunica ya ahora este gozo “completo”. No hablamos de una alegría superficial, sino de un sentido último de nuestra vida y de nuestras obras, “sentir la propia vida rodeada por el misterio insuperable de la gracia amorosa y salvífica” de Dios (Andrés Torres Queiruga). Una alegría esencial y profunda que irradia a través de diversas dimensiones de la vida personal y también comunitaria.

“Os lo repito, estad contentos”

Liberemos la alegría porque la llevamos dentro. ¡Rompamos la capa de la incredulidad! Los discípulos vieron a Jesús “con los ojos de la fe” y se alegraron. Una fe que es “contar de otra manera”. Esta alegría no es una alegría para ser vivida de manera individual, sino relacionada intrínsecamente con la vida eclesial, en comunidad. Os invito a meditar la felicidad a partir de cinco puntos:

a. El gozo de la fraternidad.“¡Qué bueno y agradable convivir los hermanos!”. Somos hijas e hijos de un mismo Padre, que nos concede decir gozosamente “Abbá” todos juntos.

b. Bienaventurados los misericordiosos, tal como se nos decía a las bienaventuranzas. Misericordia y alegría se hermanan, porque la misericordia nos hace semejantes a Dios, “Padre misericordioso”, aunque prolongando su bondad. “¡Ayudemos a Dios!”.

c. Una alegría ecológica. Con la resurrección de Cristo se nos abre la alegría de una fraternidad cósmica. La globalización puede convertirse en la universalización de la alegría…

d. Tumbar los muros de la enemistad. Dios, que nos resucitó en Cristo (cf. Ef 2,6) nos concede la dignidad y la alegría de compartir su obra de reconciliación, “destruir el muro de separación, aboliendo la enemistad”. Hoy ¿no tenemos quizás una tarea particular entre nosotros y una fuente de alegría?

e. El placer, una asignatura pendiente. El Resucitado es el “sí” de Dios en nuestro mundo. Un placer y una alegría que no son de baja intensidad… Y Dios nos invita a vivir la felicidad en plenitud, de manera sobreabundante. Y Dios mismo es sobreabundancia de amor gratuito y sin medida. Tal como ha dicho el papa Francisco: “Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor”.

sábado santo

Imagen extraída de: Pixabay

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